Honor y gloria
- Por Liban Fernando Espinosa Hechavarría
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El aire de la mañana de este viernes en el parque Calixto García es denso, cargado de un peso que no era solo el de la humedad oriental. Bajo el frontis neoclásico del Museo Provincial La Periquera, centinela de tantas historias, una bandera cubana y de la gesta del 26 de Julio, inmóviles y pesadas, cubren un espacio que ya no era un monumento, sino un féretro simbólico. No se oía el habitual rumor de la ciudad. La Periquera guarda un silencio nuevo, el silencio que solo precede al tributo a los hijos que no regresan.
Dentro, bajo los altos techos que han visto desfilar la vida holguinera por siglos, la patria se hizo pequeña, íntima. No es una ceremonia habitual; es el tributo de una familia extendida, el pueblo. En el centro, cuadros con treinta y dos rostros. Treinta y dos miradas fijas que interpelaban a cada uno de los presentes. Aquí está la fecundidad de la Isla, entregada y truncada en la tierra bolivariana.
La gente no entra de prisa. Lo hacen con una lentitud reverencial, como quien pisa un lugar sagrado. En el salón solo de vez en cuando se escucha el sollozo ahogado de una madre que, al reconocer la juventud de un rostro en el mural, quizás veía al suyo propio. Una mujer, con el pañuelo bien anudado al cuello, extendió la mano y tocó la imagen de un joven de uniforme. Su gesto no era de adiós, sino de reconexión, como acariciando una mejilla a través de un abismo.
En un rincón, un veterano de pantalón verde olivo, sus sienes plateadas y su espalda aún recta, contemplaba el cuadro de un muchacho que bien pudo ser su nieto. No derramó una lágrima. Solo asentía lentamente, con los labios apretados en una línea de dolor y de feroz orgullo. Su mirada decía lo que las palabras no podían: “Yo también estuve lejos, hijo. Yo también supe que el regreso era una promesa, no una certeza”.

El museo, habitualmente lleno de ecos de batallas pasadas, se convirtió en una cámara de resonancia de un dolor presente y colectivo. Las imágenes del Comandante en Jefe Fidel Castro, observan con orgullo desfilar a su pueblo y la hazaña de estos nuevos internacionalistas. La historia de Cuba, esa que La Periquera custodia con celo, se escribe otra vez con tinta de sacrificio.
Afuera, la cola para entrar serpenteba por la calle. Estudiantes con la rigidez impecable de sus uniformes, obreros con la gorra en la mano, mujeres con los ojos enrojecidos esperaban su turno para pasar. Para mirar. Para afirmar, con su sola presencia, que ningún héroe es anónimo en la tierra que lo parió. Un niño, no mayor de diez años, preguntó en voz baja a su padre: “¿Todos eran de Holguín, papi?”. El hombre, con la voz quebrada, respondió: “No, hijo. Pero todos son de Cuba”.
La Periquera, testigo de la Revolución, de las luchas clandestinas, del triunfo, volvió a ser, por unas horas, el corazón de la provincia y de la nación. Un corazón herido, pero latiendo con una fuerza terrible. Cada flor, cada lágrima contenida, cada mano que se posó sobre un rostro de papel, fue un acto de reconstrucción. No se estaban despidiendo de treinta y dos hijos. Los estaban incorporando, para siempre, a los cimientos de la patria.
En el silencio que volvió al final, ya no había vacío. Solo la certeza, tallada a fuego en el alma de quienes estuvieron allí, de que la gloria no es un eco lejano. Es la luz que queda en los ojos de una madre, el peso de una bandera sobre un hombro, y el rostro sereno de un joven que, desde una fotografía en un museo, mira hacia el futuro por el que entregó su mañana.
