Crónica de otra muerte anunciada

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Iba caminando el otro día y encontré un chisme, una criatura pedestre que reptaba, camuflándose de cosa cierta. Se nutría del oído crédulo de los amigos. Pensé patearlo, aplastar su cabeza. Dudé si valía la pena semejante gasto de energía en una aberración que iba a morir de cualquier modo, calcinado por la verdad absoluta.

¡Ah, la maledicencia de esa gente que no tiene vida por vivir la ajena! Qué triste existencia la de ese individuo, tan hastiado de su vacuidad, que busca en la persona otra, en su privada cotidianeidad, alimento, combustible para poner algo de calor a su alma.

El chismecito corrió asustado a guarecerse en la sombra de una lengua maldita, sibilante protectora del animalejo, y no pude más que sentir pena de los que le prestan oídos, los que amplifican el seseante monólogo del engendro, los que se dejan arrastrar por su ponzoña y por el ser abyecto a quien parasita, ese que invierte en el relato insidioso tanta imaginación y tiempo, que bien empleados casi valdrían un nobel de literatura, eso si el portador del chisme tuviera talento.

¡Ah, la maledicencia recurrente! El chisme muta y se replica es un monstruo que puede habitar cualquier espíritu dispuesto a nutrirlo de envidia y maldad, sin que sepa su anfitrión que, como un bumerán o el karma, el bicho regresa a morder la lengua que lo cobija; porque él corroe, envilece y amarga la epidermis, la sonrisa, el alma.

Iba caminando el otro día y el chisme pasó frente a mi presuroso. Lo dejé ir, que lo ignorase le dolió más que una patada, enmudecido, repugnado de sí mismo, murió frente a mis oídos sordos.
Liset Prego Díaz.
Author: Liset Prego Díaz.
Yo vivo de preguntar… porque saber no puede ser lujo. Esta periodista muestra la cotidiana realidad, como la percibe o la siente, trastocada quizá por un vicio de graficar las vivencias como vistas con unos particulares lentes
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