Ellas encienden el Sol
- Por Yani Martínez Peña
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Ellas encienden el Sol, despiertan al gallo y ponen olor y sonido al campo mientras cae en el jarrito el primer chorro de café recién colado. Todavía es de noche cuando el fogón empieza a crepitar, salpicando de pequeñas luces los caminos de tierra. Antes de que los niños se levanten para la escuela, ellas ya han ordeñado, han echado maíz a las gallinas y han ido a ver si la lluvia de anoche le hizo bien o mal al surco.
Nadie les paga esa primera jornada. Tampoco la segunda: lavar a mano, cocinar para toda la familia, cuidar al abuelo y atender el patio donde crecen el boniato, la calabaza y las matas de ají que salvan el almuerzo. Muchas veces ese trabajo no queda en ningún registro, y por eso tampoco aparece en las estadísticas.
Para nombrar esa labor invisible, la Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó en 2007 el Día Internacional de las Mujeres Rurales, que se celebró por primera vez el 15 de octubre de 2008. La fecha no es casual. Llega justo en la víspera del Día Mundial de la Alimentación, como recordatorio de que buena parte de lo que se come en el planeta pasa antes por manos femeninas. Este año tiene un acento especial: la FAO declaró 2026 Año Internacional de la Agricultora para resaltar el papel de las mujeres en los sistemas agroalimentarios.
Fotos: Cuabadebate
En Cuba, los números cuentan una historia de avances y también de deudas. Según un informe nacional sobre desarrollo humano citado por Cubadebate, las mujeres son el 46,3 % de la población rural, pero solo el 26,1 % de quienes están económicamente activos en esas zonas, al tiempor que representan poco más del 15 % de los ocupados en la agricultura.
En muchas cooperativas, las brigadas FMC-ANAP son el corazón de la vida comunitaria. Allí se organizan las asambleas, los trabajos voluntarios y la ayuda a los vecinos más necesitados. Varias notas de prensa en los últimos días dan cuenta de disímiles actividades desarrolladas alrededor de la fecha.
Pero lejos de los actos, la realidad tiene otras urgencias. Falta transporte para sacar la cosecha, los insumos no llegan y los apagones echan a perder la leche. Los hijos se marchan a la ciudad, o más lejos. Ante cada carencia, ellas inventan, vuelven a sembrar y esperan.
Cuando cae la tarde, regresan a la cocina. Con la cabeza envuelta en una pañoleta para protegerse del humo es difícil pensar en informes, proyectos, actos y cuanta historia más se invente sobre las mujeres en la ruralidad, a veces sin haber pisado jamás el campo. Ellas solo viven sus días, arropan sus familias, trabajan sus sueños, apagan las últimas brasas del fogón y mañana, otra vez, encenderán el Sol.
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