Cada adopción, una victoria
- Por Isabel Hechavarría Hernández / Estudiante de Periodismo
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En Alcides Pino no hubo sirenas ni cámaras, solo una perrita tirada en el asfalto y la gente pasando de largo. Llegó herida, sin nombre ni dueño, con el cuerpo rendido y la mirada aferrada a una última posibilidad. Para ayudarla hubo que decidir rápido: cómo moverla sin causarle más daño, quién la trasladaba, quién cubría la primera atención veterinaria y quién podía ofrecerle un hogar temporal. La rescatista Yadira Garrido la llevó a su casa. Lo temporal se volvió adopción.
Después de ese primer rescate quedó claro que no era un caso aislado, sino un patrón. La perrita atropellada en Alcides Pino era una escena repetida: animales abandonados cuando enferman, golpeados, amarrados sin agua ni sombra, o dejados a la deriva como parte del paisaje. A esa repetición se sumaba otra constante: la falta de recursos y de una cultura más sólida sobre el bienestar animal.
Así, el 8 de febrero de 2022 nace la Sociedad Protectora de Animales de Holguín: una respuesta concreta a lo que se estaba viendo cada día en la ciudad. Lo que comenzó con un caso puntual se convirtió, desde temprano, en un modo de operar frente a una ciudad que no siempre tiene cómo responderles a los que no pueden defenderse.
Night
Con el tiempo, la Sociedad entendió que rescatar es solo la primera puerta. Lo más complejo viene después: curar, alimentar, dar seguimiento y sostener. Ahí aparece el conflicto que atraviesa todo: desde su creación han solicitado un local. No un lujo ni una oficina con cartel, sino un espacio mínimo para organizar la atención, hacer cuarentenas, garantizar recuperación y no depender —caso por caso— de la buena voluntad de una casa disponible. La respuesta más frecuente no ha sido un “sí” ni un “no”, sino el silencio o promesas que no se concretan.
Sin espacio físico, la organización funciona como un cuerpo desarmable: se arma y se desarma en hogares prestados. La recuperación depende de temporales, casi siempre asumidos por miembros del grupo o solicitados en redes. Eso exige coordinación constante: quién puede recibir un animal con sarna, aislar un cachorro, sostener una dieta especial o asumir el costo emocional y material de un caso que dura semanas o meses. Cuando no hay hogar temporal, no hay plan B: no existe sala de observación ni lugar seguro para estabilizar. El impacto es directo: se limitan los rescates, se dilatan tratamientos, se multiplican traslados y se encarece cada solución, porque lo que un local concentraría hoy está disperso.
Ese punto volvió más dura la historia de Night, una perrita macheteada en la cabeza. No solo por la herida, sino por su actitud: triste, temerosa, como si esperara otro golpe, incluso mientras intentaban ayudarla. Su rehabilitación fue larga, hecha de cuidados y paciencia diaria. Se recuperó y fue adoptada, pero para que ese final ocurriera alguien tuvo que poner casa, tiempo, dinero, traslado, medicinas y calma. Sin sede, cada caso grave es una cadena de favores coordinados, y el riesgo no es solo la falta de recursos, sino la ausencia de un lugar donde la recuperación no dependa siempre de la resistencia individual.
Mojito
Detrás de cada foto que circula en redes —un cachorro en brazos, un perro con sarna, un gato deshidratado— hay un trabajo colectivo que no siempre se ve. La Sociedad Protectora de Animales de Holguín comenzó con seis voluntarios, muchos ya acostumbrados a rescatar sin estructura ni respaldo; hoy son alrededor de 21 activos. No hay cargos rígidos, las funciones cambian según la urgencia. Las decisiones se toman en conjunto, con un coordinador que orienta, pero el impulso es colectivo.
Cuando coinciden varios casos, priorizan a los más críticos: animales con heridas graves, enfermedades avanzadas, neonatos, cachorros, embarazadas o deshidratados. Aunque desde fuera parezca improvisado, el sistema tiene orden. La mayoría de los reportes llega por Messenger: denuncias, fotos con ubicación, llamados urgentes. Allí se evalúa si el rescate es inmediato o requiere coordinación y quién puede intervenir con los recursos disponibles.
Si la recuperación es larga, el animal pasa a un hogar temporal, a veces durante meses, hasta estabilizarse física y emocionalmente. Solo entonces se abre la adopción. Para la Sociedad, “adopción responsable” implica entrevista previa, contrato con cláusulas claras —incluida la devolución obligatoria si no pueden cuidarlo— y seguimiento posterior. Ha habido devoluciones por problemas de adaptación o cambios imprevistos, y cada una refuerza su criterio.
También están los casos que justifican el desgaste. Mojito era un perro adulto cuando fue rescatado, y su rehabilitación no fue rápida ni sencilla. Pasó meses en recuperación, aprendiendo a confiar, a convivir sin miedo, a adaptarse a una rutina estable. Hubo gastos veterinarios, traslados, cuidados diarios y la constancia de un hogar temporal que sostuvo el proceso sin saber cuanto tardaría el desenlace. No era un cachorro “atractivo” para adopción, sino un adulto con historia y marcas visibles e invisibles.
Finalmente, apareció una familia que entendió que adoptarlo no era recibir un perro resuelto, sino acompañar un proceso. Le ofrecieron espacio, paciencia y límites claros. Funcionó. Para el grupo, su adopción no fue solo un buen final, sino la prueba de que evaluar, esperar y seleccionar bien puede romper el prejuicio de que solo los cachorros tienen oportunidad. En Mojito confirmaron que incluso un caso complejo puede encontrar un hogar definitivo.
Choco
Choco llegó con 11 meses y con el pasado marcado en el cuerpo y en el carácter. La Sociedad cuenta que en su “vida anterior” estuvo amarrado y fue maltratado. El Decreto-Ley 31/2021 de Bienestar Animal es claro: quien tenga un animal debe garantizar alimentación, salud y refugio, y tiene prohibido el maltrato y la negligencia. Pero la calle muestra otra cosa. Cuando esas obligaciones no se cumplen, el resultado no es abstracto: son perros que aprenden a defenderse antes que a confiar. Choco quedó, como dicen ellas, “un poquito huraño y mordedor”. No era maldad; era un mecanismo de supervivencia que no desaparece con una caricia apresurada.
Rescatarlo no fue solo sacarlo de un lugar malo. Fue activar, otra vez, la economía frágil de una organización sin sede, sostenida por donaciones, rifas y, cuando no alcanza, por el dinero personal de sus miembros. Hubo que pagar lo urgente y sostener lo cotidiano porque rehabilitar no ocurre en una tarde ni se resuelve con buena intención. Su caso también obligó a decir algo duro, la adopción no puede ser un impulso. En el anuncio fueron claros. Choco tenía carácter fuerte y preferían un hogar sin niños, para evitar accidentes y para protegerlo a él también. Una familia con paciencia, experiencia y límites firmes podía empezar a reparar lo que el maltrato había desordenado: enseñarle que la mano no siempre golpea.
Esta vez, el proceso llegó a destino. Choco fue adoptado. La frase es breve, pero contiene meses de trabajo. Porque cuando un animal con un pasado duro encuentra un hogar adecuado, el circuito se completa: rescate, cuidado, rehabilitación y adopción responsable. En una ciudad donde la ley existe pero no siempre se cumple, que Choco tenga familia no es solo un buen desenlace; es la prueba de que, aun sin sede física, la red sostiene. Y que, al menos en su caso, el daño no fue lo último que habló.
Hoppy
Hoppy llegó como llegan casi todos: en una notificación. En la Sociedad Protectora de Animales de Holguín no hay mostrador ni sala de espera; hay un teléfono que vibra y trae la ciudad entera en la pantalla: una foto borrosa, una esquina reconocible, un “ayúdenme con este”, a veces un video que no hace falta terminar. Así apareció ella, “muy enfermita”, invadida de parásitos y con un hongo en la piel que parecía no tener remedio.
La red social es el punto de partida y también el centro de operaciones. Allí se arma el equipo por turnos, se consigue medicación, se piden donaciones y se informa cada avance. Pero no solo se solicita ayuda, también se explica. Se habla de esterilización, se desmontan mitos, se insiste en que la tenencia responsable no es un eslogan, sino una rutina de obligaciones diarias. La misma herramienta que encuentra hogares también forma criterio.
Cuando llegó el momento de buscarle familia, Hoppy volvió a exponer el problema con claridad. “Prácticamente nadie la quería”. Muchos pedían cachorros más pequeños, repitiendo la idea de que los perros grandes no se adaptan. Ese filtro invisible pesa tanto como la enfermedad: rescatar no basta si el imaginario colectivo sigue eligiendo por capricho. Para la Sociedad, la adopción es un proceso, no un impulso.
Por eso valoran tanto lo que hizo Betsabé: insistir, tocar la puerta más de una vez, empujarlos a ir, demostrar que el deseo de adoptar también puede sostenerse en el tiempo. Cuando conocieron a la familia entendieron que el circuito estaba completo: una casa dispuesta, un compromiso real, aceptación sin condiciones. En ese punto el animal deja de depender de la red y empieza a tener vida propia.
Cuando cuentan la historia de Hoppy no están solo compartiendo una buena noticia. Están mostrando que el método funciona: rescatar, cuidar, educar y ubicar bien. La imagen final es sencilla y suficiente: la perra que un día llegó flaca, parasitada y con la piel marcada, ahora duerme tranquila en una casa donde la llaman por su nombre. En un contexto donde el abandono todavía se normaliza, eso no es una consigna optimista; es una victoria concreta. Y cada adopción, como repiten, es una victoria.
