Jamila Medina: Soy una persona nostálgica

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Jamila MedinaLa escritora Jamila Medina. Foto: Carlos RafaelUn romántico diría que tiene la piel de arena, cabellos de trigo, ojos de mar. Un machista, que rompe el cliché de que las mujeres bellas no suelen ser inteligentes. Una feminista hablaría de género y empoderamiento. Sin embargo, Jamila Medina Ríos (Holguín, 1981) aborrece los clichés.
 
Diversa y curiosa, se ha dado a conocer como poetisa, narradora, ensayista, editora e investigadora. Ha obtenido los premios de poesía "David" (2008) y "Nicolás Guillén" (2017), así como el Premio de ensayo “Alejo Carpentier” (2012). Tiene publicados, entre otros títulos, los poemarios Huecos de araña (Ediciones Unión, 2009) y Primaveras cortadas (Proyecto Literal, México, 2012) y el volumen de ensayo Diseminaciones de Calvert Casey (Editorial Letras Cubanas, 2013).

Aunque se dice renuente a las entrevistas, nuestra amistad antigua y refractaria favoreció dos conversaciones, que publicaran el programa Café Milenio, de Radio Angulo, y el sitio www.ahora.cu en video. Aquí ofrecemos un resumen de ambas.

La niña que aprendió a nadar en Egipto, donde sus padres cumplían misión, e hizo pininos en programas infantiles de la radio provincial, reconoce como su primera pulsión por la literatura un librito de décimas ilustrado que dedicara a su familia, aunque no tuvo mucho éxito. Sin embargo, confiesa que “cuando me enamoré, sí entré de lleno en la poesía”.

¿Cuánto influyó estudiar la carrera de Filología en tu carrera literaria?

—Ha influido muchísimo porque, evidentemente, uno aprende no solo a escribir sino a leer, sobre todo. En realidad, llegué ahí porque era una lectora voraz; mi madre lo era, mi padre lo era. Por eso llegué a las letras. Lo volvería a estudiar si pudiera.

Has sido premiada en varias ocasiones, y existe un cliché al respecto: que los concursos te afianzan como escritor; y el cliché contrario, de que un premio no valida una obra artística. En tu caso, ¿cómo se manifiesta?

—Ganar un premio es simplemente un golpe de azar. También es una suerte, porque te promueven y, sobre todo, te publican el libro, que es lo más importante. Por otro lado, te dan un pago de derecho de autor, un pago de premio. En mi caso, el “David” es un tatuaje que tengo en el brazo, un armadillo; el “Carpentier”, la mitad de mi primer pequeño apartamento en Playa; y el “Guillén” es el apartamento actual, con una visión al mar que me recuerda las playas de Holguín.

Tienes una formación clásica: Filología, teología, griego, latín… sin embargo, tu libro ganador del premio Nicolás Guillén se titula País de la siguaraya…

—Todo se imbrica. Yo estudio mucho porque todo me da curiosidad. También los refranes, las frases hechas me dan mucha curiosidad; estamos rodeados de esas frases que a veces no sabemos qué significan y, sin embargo, las repite todo el tiempo, como que este es el país de la siguaraya o que vivimos en una isla de corcho. Uno se pregunta un poco por qué y ese libro responde a por qué la siguaraya, no de modo despectivo sino con el afecto de vivir desde ella.
 
¿Una exploración de tu circunstancia y la circunstancia nacional?

—Es ambas cosas. Mi poesía está atravesada por lo público y por lo púbico, por mi yo y mi circunstancia. Esto lo es, son como ventanas a diferentes paisajes que están ahí y uno deja de mirar porque se le empaña el espejo. Es como volver a esos lugares conocidos y desconocidos a la vez.

En ese caso, ¿Huecos de araña es una ventana al pasado?

—Son los huecos del patio de mi abuela en el Báguano natal de mi mamá; y también esos otros huecos que nos atrapan y a la vez uno se niega a echar raíces en ellos; por ejemplo, yo que siempre estoy buscando la libertad. Es el hueco del lenguaje, de las literaturas que nos han construido, del género, del país, de la familia.

¿Cómo han influido tu país, tu familia, tus amigos en la persona que eres?

—Yo traigo conmigo todo lo que voy siendo y todo lo que han sido mi familia, mis amigos, las afinidades que uno va encontrando; y el lenguaje lo demuestra. A veces una pequeña palabra es súper entrañable en relación con ciertos lugares, uno no esté hablando de ese lugar, pero la palabra sí. Como caguayo, que remite a Holguín, porque un habanero no sabe qué es un caguayo.
Jamila Medina junto a la escritora Maria Elena LlanaJamila Medina junto a la escritora Maria Elena Llana. Foto: Cortesía de la entrevistada

¿Por qué escogiste la figura del escritor Calvert Casey; qué te aportó esta investigación, este ensayo?

—Esa figura fue para mí un misterio, porque cuando escribí cuentos alguien me dijo que parecían de Ezequiel Vieta o de Calvert Casey; entonces fui a buscar qué era lo que había de mí en ellos y viceversa. Me interesó mucho Calvert, porque era un personaje misterioso, de cuya vida no se sabía exactamente cómo había sido y todavía hay muchas cosas que no sé de él. Además, está fascinado por temas como la muerte y el amor, así que me conecté muy fácilmente con él.

Te mueves con soltura entre el mundo académico y el editorial, ¿qué te aporta o te quita cada uno?
 
—Todos me aportan saber y todos me quitan un poco de libertad. Es tremendo porque soy muy liberal cuando escribo mi propia poesía y, sin embargo, cuando soy editora trato de ser flexible pero a la vez ponerle un poco de coto a la libertad de los demás. Son mundos que me han aportado mucho pero de los que siempre estoy tratando de huir. Siempre estoy como incómoda en esos trabajos y siempre pensando en hacer otra cosa.

¿A qué te dedicas ahora: investigas, escribes, creas?

—Estoy pensando en mi proyecto de doctorado que es sobre el tema mambí en la literatura y el arte contemporáneo cubano. En realidad, he estado arreglando mi apartamento con vista al mar.
 
Estás obsesionada con el mar, con la libertad, con elementos que sugieren búsqueda, apertura, salida a alguna parte… ¿Por qué?

—No sé. Es algo que quiero explorar en un libro de cuentos que quiero escribir que lo había dejado y estoy volviendo a él. Es un libro que se llama Psicoanalízame, por favor. Sé que tiene que ver un poco con que aprendí a nadar a los tres años, y siempre me pareció un espacio de libertad, un modo de ir a la deriva, donde pueda afluir todo lo que uno tiene en el consciente y el inconsciente, un poquito como el fluir de la memoria, de los recuerdos.
 
Tu narrativa, en el aspecto formal, recurre a la intertextualidad, a recursos de la ensayística, del lenguaje científico, y también está permeada de lo poético. ¿De dónde parte esta complicación?
 
—Parte de mí misma. Soy una persona a la que le gusta verle todos los lados posibles a las cosas, en la poesía también lo hago. Pero no creo que sea algo propiamente mío, otras personas que estudiaron Filología también lo han hecho, como Ena Lucía Portela, que nos gusta tanto. Tiene que ver con la ironía, con las maneras de la metaliteratura, lo metanarrativo. Si vuelvo a escribir cuentos puede que esté ahí, aunque quizás para el lector no sea tan interesante, para los críticos quizás sí.
 
No te pediría diagnosticar la salud de la poesía local o cubana a partir de tu trabajo como jurado; sin embargo, ¿qué opinión te merece el Premio de la Ciudad de Holguín?
 
—Es un premio que siempre me parecía interesante cuando yo vagaba por las calles buscando libros; tengo muchos libros premios de la ciudad de otra época, de cuando era estudiante, más pequeña o que eran de mi mamá. No podría medir la “salud” de una literatura porque no soy doctora de nada. Pero ha significado la alegría de volver a Holguín, al que no venía hacía tiempo; de reencontrarme con amigos; de poderme enterar de qué se está haciendo. Si puedo poner un granito de arena en un libro que va a salir el próximo año, yo estaré también un poco en la historia de los Premios de la Ciudad de Holguín.
 
Aparecer en los medios de comunicación, ganar varios premios importantes te da notoriedad, significa exponerse, ¿cómo llevas esta visibilidad siendo tímida?
 
—No me siento tímida porque soy bastante sociable. Pero odio aparecer en la televisión; en la radio no tanto; odio las entrevistas, aunque suene rotundo. Soy una persona que continuamente se está reescribiendo, que tiene mucho miedo de la imagen, de la proyección, que no se cree fotogénica. Por tanto, no me es agradable exponerme ante de la televisión, ni ante los periódicos. No tiene que ver con la vanidad sino que tengo miedo de lo etiquetado, de lo que está terminado. Me siento más como una persona que está en progreso de ser; y ya lo que está en la televisión, en los medios y las fotos, queda y permanece. Tengo miedo a esa cárcel de lo que ya queda.
 
Pero la literatura es también exponerse, exhibirse...
 
—La literatura te da el proceso. Soy muy espontánea, pero mi literatura no lo es tanto. Uno reescribe y tiene la oportunidad de pensar un poco más las cosas.
 
¿Por qué tanto énfasis en reescribirte, en volver a lo andado?
 
—Pienso que soy una persona que mira mucho hacia atrás, aunque también soy una persona que proyecta mucho, que hace planes, que le gusta planificar las cosas. Evidentemente hay una mirada del retorno, de lo que se puede volver a hacer. Soy una persona nostálgica.
Jamila Medina junto a Rubén Rodriguez en La HabanaJamila Medina junto a Rubén Rodriguez en La Habana. Foto: Cortesía de la entrevistada

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Comentarios  

# Ramona garrido cervante 26-01-2018 06:50
Felicidades jamila suerte para ti en lo adelante,te deseo mucha suerte.
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