Soñar con terquedad
- Por Alionuska Vilche Blanco
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Fotos: Cortesía del entrevistado
Yanco León Arias es un joven cantautor bayamés para quien la música siempre fue algo serio. Desde la niñez y durante la adolescencia, escribir y tocar la guitarra fueron su actividad favorita: la melodía llegaba a su cabeza y El Gato azul, como también se le conoce, ya tenía ganas de subirse al tejado para cantarle al amor.
Era 14 de febrero y el bayamés había recibido una gran cantidad de cartas firmadas por niñas ensimismadas por el talento del incipiente trovador. Eso de “amenizar” los actos escolares lo había ubicado frente al ojo público, lo que provocó que ese 14 de febrero fuera elegido como el más popular en el Buzón del Amor. “No fue un momento fácil, me dio mucha pena”, confiesa hoy.
Pero después de aquello comenzó a entenderse a sí mismo como alguien que tenía algo que decir y que, quisiera o no, la gente estaba dispuesta a escuchar. Ya frecuentaba los escenarios a los 9 años, ya componía, ya observaba su mundo y el de los otros desde una perspectiva propia, y comenzaba a expresarlo porque le era necesario, urgente, apasionante. Él quería aprender música.
“Me fui a estudiar con Luis Alarcón, director de la comparsa y profesor en la escuela de arte”. Yanco se convirtió en su discípulo y fue la casa del profesor su primera escuela de música. “Alarcón me enseñó teoría, armonía, solfeo y a tocar el piano”. Lamentablemente, la crueldad de la COVID-19 se lo llevaría años más tarde, pero dejó en el joven cantautor una huella inmensa: el conocimiento primario que lo llevaría hasta el profesional que es hoy.
Su formación no terminó ahí. Después de formarse en el coro de Bayamo y en el canto, buscó espacio en la Asociación Hermanos Saíz (AHS), institución donde muchos jóvenes creadores cubanos han encontrado un lugar para germinar. El ingreso no fue sencillo: le rechazaron el proyecto dos veces antes de aceptarlo. Pero Yanco ya era colaborador desde los 12 años, frecuentando a trovadores y grupos que encontraban en la asociación un hogar. Y allí, en ese ecosistema de creación que le posibilitó la realización de diversas peñas, nació Pantomima, su primer disco, justo a los 19 años.
“Ese disco fue un punto de inflexión. Dejé atrás el romanticismo de la adolescencia y empecé a mirar la vida de frente.
Intenta parecerse a la ciudad de Bayamo, a su gente, a su día a día. Hay canciones como ‘Corre la vida’ o ‘Yo soy de donde hay un río’ que hablan del contexto, de lo que veía en las calles. Ya no solo era amor; era la vida misma, con sus complejidades, y también cómo enfrentarla con positividad”.
“Por Bayamo siento nostalgia”, afirma con cierto dolor en la mirada. Para él no es solo el lugar donde nació: es un personaje más de sus canciones, un territorio emocional que aparece una y otra vez en sus letras. Pero es una ciudad que, dice, ha ido perdiendo su armonía cultural. “Era una ciudad muy cultural: la gente iba al cine, al teatro, a los conciertos. Y eso se fue perdiendo, no por culpa de la sociedad, sino de las instituciones que fueron dejando morir los espacios”.
“En Bayamo me tildaron muchas veces de ir contra la corriente, porque a veces a la gente le duele escuchar la verdad. Y a mí no me gusta adornar las cosas. Si algo está mal, lo digo”.
Hay una canción, entre las muchas que ha escrito, donde Yanco se autodenomina “el embajador de la verdad”. “La verdad es incómoda, pero necesaria. Y el arte es un vehículo perfecto para expresarla”.
Como artista sabe que su misión primordial es contar, crear conciencia y detonar emociones y sentimientos a través de la música. Por eso el dolor de la emigración, ese tema tan presente en las conversaciones cubanas de los últimos años, Yanco lo aborda desde la experiencia más íntima: sus amigos se fueron, uno tras otro, buscando otros horizontes, persiguiendo sueños que Cuba ya no podía sostener.
“Me fui quedando sin amigos hasta el punto de que un día dije que tenía que conseguirme nuevos amigos”, recuerda. Y detrás de esa frase está el dolor de muchos, nuestro dolor punzando fuerte desde dentro y desde afuera.
Pero Yanco, que es también un gato azul, no puede permitirse la rendición, como no puede permitírsela ningún ciudadano de esta isla inmensa sostenida, sobre todas las cosas, por los sueños de sus hijos.
“Creo en los sueños, pero en los sueños que se persiguen con terquedad. He comprobado que cuando eres incansable, terminas logrando lo que quieres”. Y aunque reconoce que las condiciones no son fáciles, insiste: “Los jóvenes de hoy tienen que soñar más y no conformarse con lo que hay”. Quizá por eso sus canciones, aun en la oscuridad, buscan siempre un resquicio de luz.
Y tanta luz y amor lleva dentro que le es inevitable ofrecérselo a los demás como se ofrece dulcemente un abrazo a quien necesita consuelo. Su canción “Nené” es un abrazo perfecto. La gente cree conocer esta historia y supone que la escribió para su hija, pero la realidad es otra. “Nació del dolor de un amigo. La madre de su hija falleció y es una canción para todo niño o niña que haya pasado por una situación similar”.
Yanco toma, tal como lo haría un narrador o un cronista, las historias ajenas, las hace suyas y las convierte en universales. Y en esa canción, como en muchas otras, hay un mensaje de esperanza.

El músico no se nutre solamente de la experiencia personal y ajena. Escuchar a otros músicos es primordial. Menciona a Carlos Varela, a Santiago Feliú, a Frank Delgado y a Gerardo Alfonso. La trova cubana, ese género que fue y sigue siendo la conciencia musical de esta isla.
También hay influencias del son, la rumba, el jazz, el folk, el reggae, el country, el blues, el cha-cha-chá, el pop-rock, el rock clásico, el rock alternativo y la música afro, ritmos que mezcla con su trova y le otorgan un sello particular. “Me gusta mucho mezclar los géneros y al mismo tiempo romper el código de cada género”, confiesa. Su meta, como la de todo creador genuino, es intentar “crear algo diferente”.
Y, sin embargo, hay un territorio que para él es innegociable: el de la palabra. La poesía de las canciones, dice, ha influido en él más que la poesía de los libros. Aunque lee mucho, es en la música donde encuentra su verdadera fuente de inspiración.
¿Qué es un trovador? Para Yanco, la definición es clara: “Es un cronista, el artista de a pie que no se reserva para un escenario privilegiado, sino que está en la esquina, conversando con cualquier persona. Está en un bar, en un parque, dondequiera que haya una historia que contar y un sitio para cantar”.
“El trovador tiene que saber entender lo que está pasando, el momento que está viviendo”, afirma. "Y para eso debe escuchar. A todos. A sus vecinos, a sus amigos, a los desconocidos. Debe ser un artista que se rompe y se vuelve a armar en cada canción, que se refleja en cada dolor y en cada alegría ajena."
Es una definición casi sagrada, que lo coloca en una tradición larga de poetas-músicos que han dado forma a la identidad cubana.
Yanco León no solo es trovador: también es actor. El teatro llegó a su vida casi de casualidad, a través de Germán Reyes y la Guerrilla de los Teatreros. Durante cinco años, Yanco no fue exactamente actor: musicalizaba canciones, era “el trovador de la guerrilla”. Pero aquella experiencia, donde se enfrentaban a cualquier escenario, le enseñó algo fundamental: a ser humilde.
El amor lo hizo mudarse a Holguín, y aquí conoció verdaderamente el teatro y la narración oral. “No sabía que eso existía, pero cuando lo descubrí junto a la Compañía de Narración Oral Palabras al Viento, me encantó”, confiesa.
Para él, esta forma de expresión artística es una herramienta más para su oficio como trovador. El sistema cultural de Holguín, dice, le ha dado trabajo y la posibilidad de enfrentarse a un público culto, que sabe lo que escucha y que valora el arte en vivo.
Hay que hablar del proceso creativo, de esa alquimia misteriosa que convierte la experiencia en canción. “Tengo una musa muy mal educada”. Cuando las ideas llegan, no avisan. Si las circunstancias lo permiten, escribe. Si no, graba en el teléfono una melodía, una frase, cualquier cosa que pueda recordar después.
Pero también hay un método. La cachimba, el ron, la soledad de la casa donde se sienta a estudiar, a mezclar las cosas que ha escrito. Y le sobra disciplina porque sabe que el trabajo de pulir esas ideas exige constancia.
“El artista debe tomarse su tiempo, debe revisar su obra antes de mostrarla al público. No todo lo que se escribe en el momento de la inspiración está listo para ser cantado. Hay que dejarlo reposar, volver a mirarlo, entender si realmente dice lo que quería decir”.
Su trabajo le ha merecido diversos premios; el último, la Beca de Creación “El reino de este mundo”, que convoca la AHS. “El video de la canción "Creador de sueños", grabado en diversas locaciones de Bayamo, está lleno de datos escondidos, detalles que el espectador atento puede descubrir. Puedes escuchar la canción en mp3 y te transmite una idea”, explica, “pero cuando ves el video, te transmite otras ideas”. “Estoy muy orgulloso del resultado. La colaboración con el equipo de producción fue fluida, y mi hija participó en la grabación”.
Después de Pantomima vinieron muchas canciones, pero ningún disco. Hasta Amor Azul. “Es un álbum que habla del amor, sí, pero de todas las formas de amor: el de pareja, la familia, el amor a la tierra y el amor a uno mismo, porque para poder amar a los demás de la manera correcta, uno tiene que amarse primero a sí mismo”, afirma. Este álbum es una exploración honesta de lo que significa querer, y las canciones también dialogan con la realidad cubana.
Yanco está en proceso de crear otro disco. Las canciones ya están —muchas inéditas, esperando su momento— y pronto empezará a grabarlo; Jesús de Luna será el productor. Piensa participar en otra de las becas de la AHS, estudia en la universidad para superarse como artista y nunca deja de hacer, de intentar sus sueños. Los mismos sueños que desde su infancia lo han impulsado a seguir adelante, día tras día, canción tras canción, creyendo que la vida, con toda su complejidad, merece ser vivida y, sobre todo, cantada.
