Ritos del paisaje, de Lexis Fernández
- Por Reynaldo Zaldívar
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Fotos: Webnex
La casa al fondo del paisaje permanece intacta, inamovible ante el paso de las estaciones. Sobre el cobertizo de paja se acumulan las hojas caídas del cerezo que, en las horas más intensas del día, extiende sus ramas sobre la construcción y limita el golpe del sol sobre el techo muerto. Por las ventanas anchísimas podría caber el galope de cien caballos. Y, sin embargo, permanecen cerradas.
El sombrero del padre descansa sobre el armario. Los niños crecieron demasiado pronto y dejaron de juguetear en torno a la mesa. Crece sin atajos la enredadera por sobre el brocal del pozo. Y es, quizás, domingo. A empujones, como doncella tímida, llega en el viento un olor a café recién preparado.

Estas imágenes sucederán con calma, dispersas entre los 20 poemas que forman el libro Ritos del paisaje, de Lexis Fernández (Buenaventura, Cuba, 1955). Para unos, la casa, en su forma física, desafiará el golpe de las estaciones mientras espera que regresen los cuerpos que la habitaron. Para otros, el sendero abierto en la maleza de la memoria arrojará la imagen nubosa de una cabaña que, en medio de la nada, susurra los nombres de los seres que insisten dentro.
Hay una sana tristeza en este libro. De esa tristeza imprescindible de la que tantas veces se habla cuando se habla de poesía. Una tristeza que no pesa como una piedra, sino que acompaña con nostalgia.
El cuerpo-lector deambulará despacio, casi arrastrando los pies, del patio a la casa y de la casa nuevamente al patio. Lo hará para interpretar las formas que asume el espacio ante las ausencias. O como quien busca en el texto los paralelismos con las ausencias propias.
«Una casa apremiada por el tiempo
desfigura el rito del paisaje
sin mutilar su forma en mi memoria». (Una casa)
El tiempo es aquí, una y otra vez, aguijón y latido. Marca su propio ritmo: sosegado a veces, desesperado otras. Será molde y océano, paisaje y red. Bajo la lluvia de diciembre, «un hombre, acosado por el tiempo», olvidará su sonrisa. O quizás, presa de alguna derrota, el sujeto lírico caminará «entre las piedras moldeadas por el tiempo».
A veces la vida escapará como «muros quemados por el odio». Pero, a pesar de todo, este no es un libro de desesperanza. Es un libro de nostalgia.
Y hay una diferencia que es válido recordar. En un caso, la voz poética asume la rendición, carga sobre sus hombros el peso de su soledad y muere. En el otro, avanza entre sus recuerdos y florece. Sobre todo (o a pesar de todo), florece. Por eso puede decir:
«siempre habrá un camino por hacer en el paisaje infinito del
tiempo». (Caminos)
Y también:
«La noche avanza y el alba es un desafío». (Encrucijada)
Quizás esa sea una de las claves para entrar en estas páginas: comprender que recordar no significa necesariamente regresar. A veces recordar es encontrar un camino para seguir. El pasado como trampolín, no como sillón.
El único poema donde la esperanza parece desvanecerse por completo es «Los Amigos». Pero incluso allí la oscuridad dura apenas un instante, una pequeña fracción de duda. Cristo de las redes frente al vacío de la cruz (Elí, Elí, ¿lama sabactani?). Es ahí cuando llega «Los Amigos II».
Una prolongación. Una nota al pie después del respiro. Las dudas se disipan y el sujeto lírico vuelve a cantar junto a todas las ausencias.
Porque las despedidas no son, en este libro, un «hasta nunca». Son un simple y, tal vez en tono quebrado y bajo, «nos vemos mañana». Y ese mañana puede ser enorme. O puede durar apenas lo que un chasquido.
Estas son, a mi entender, las imágenes más logradas del libro:
«La esperanza silenciosa, y repartida». (Íntimas horas)
«Padre es una ausencia al fondo de la mesa». (Ocaso)
«Una casa apremiada por el tiempo
desfigura el rito del paisaje
sin mutilar su forma en mi memoria». (Una casa)
«el pozo, ahora huérfano de magia». (Una casa II)
«¿Dónde está la batea donde mi madre lavó los sudores de la
tierra?». (Una casa II)

Lexis Fernández entra a la poesía con este primer libro publicado por la editorial uruguaya Café con Mate (2026). Y lo hace con delicadeza. Hay una manera refinada de expresión, sin derivar por ello en un tono elitista y hermético. La elegancia del texto nos acerca a lo espontáneo y natural, a lo que, en aras de la experimentación formal y la ruptura con el lirismo, se fue perdiendo entre las vanguardias del siglo XX y los cánones estilísticos de los talleres literarios. La poesía en este libro parece negarse a renunciar a la belleza ingenua del lenguaje.
El libro termina con un poema titulado «Deseo». Un viraje. Antídoto. Después de tanta nostalgia, de tantas ausencias, de la casa que se precipita amenazante sobre los lugares donde se fue feliz, el sujeto lírico decide mirar hacia otro sitio. Ya no quiere habitar el pasado, sino arrancar de él los recuerdos «como un soplo» y lanzarlos lejos: más allá de la ausencia.
Hay en ese gesto una voluntad de cambio. Una metamorfosis. Como si después de reconocer durante todo el libro los cantos de sirena de la memoria, pudiera finalmente abrir una ventana hacia la luz.
«Deseo» no niega el efecto bondadoso de la nostalgia ni pretende hacer desaparecer las heridas o el festejo del pasado. El poema introduce la posibilidad de desprenderse y avanzar.
Tal vez así, los amigos y los hijos, ya crecidos, regresen a la nueva casa. Y, acodados sobre la mesa, como en una imagen bíblica, vean los ritos del paisaje que anuncian la llegada de la primavera.
