Ojú-inú: mirar desde adentro
- Por Isabel Hechavarría Hernández
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Un buey agacha la cabeza sin saber todavía que el título ya lo ha condenado. En otra pieza, un rostro consigue sobrevivir entre una maraña de negros y rojos: apenas dos ojos y una boca amarilla bastan para que toda la superficie comience a mirarnos. Más allá, un recuerdo de infancia aparece fragmentado entre azules, arquitecturas y un ave que parece custodiar aquello que el tiempo no consiguió borrar.
Jorge Hidalgo Pimentel pinta desde lo que siente. Sostiene que, si pudiera explicar de qué manera un sentimiento termina convertido en algo tangible como un cuadro, probablemente no necesitaría pintar. Quizá esa sea una de las mejores maneras de entrar a Palimpsestos, Orikis, Odunes, Mitomorfos, exposición inaugurada por sus 85 años en las salas Principal y Transitoria del Centro Provincial de Artes Plásticas de Holguín: aceptar, desde el principio, que estas obras no fueron hechas para resolverse.
La religiosidad aparece por todas partes. Orula, Osaín, Olokun, Oyá, Shangó, los Ibeyis, el igbodú, el ebbo, el Palo y sus prendas entran en títulos y composiciones junto al Buen Pastor, la Anunciación, Ícaro, animales, santos, mujeres, recuerdos y criaturas que pertenecen menos a una mitología reconocible que a una imaginación acostumbrada a mezclar mundos. En Hidalgo lo religioso no parece funcionar como un repertorio tomado desde afuera. Él mismo habla de sus acercamientos a la religión yoruba, al Palo y, en menor medida, al vudú, que pudo conocer de cerca durante un viaje a Haití.
Por eso sería demasiado sencillo mirar sus cuadros buscando equivalencias: este color significa aquello, esta figura representa tal deidad, este signo pertenece a determinado rito. La relación parece bastante menos obediente. Lo vivido entra en la obra, pero allí se mezcla con literatura, memoria, miedo, deseo, imágenes anteriores y hasta con otros artistas. Lo religioso termina convertido en una especie de sedimento.
Algo parecido ocurre con el sincretismo. No está únicamente en aquello que Hidalgo representa. También parece haber contaminado la manera en que construye. Superpone. Cubre. Deja aparecer una figura debajo de otra. Permite que sobreviva dentro de una mancha o que un cuerpo termine atravesado por líneas que ya no sabemos si son ramas, heridas, raíces o escritura. Nada se mantiene demasiado tiempo en estado puro.
De ahí que la palabra palimpsesto resulte mucho más que el nombre de una serie.
En un palimpsesto, una escritura nueva ocupa el lugar de otra sin conseguir borrarla completamente. En Hidalgo ocurre algo semejante con las imágenes. Recuerdo de infancia lo muestra casi de manera literal: el recuerdo no aparece como una escena recuperada intacta, sino como restos. Una construcción verdosa, un gran arco, un ave, pequeñas figuras y una extensa zona azul conviven sin someterse a una perspectiva común. Así suele recordar la memoria: conserva una ventana y pierde una habitación entera; agranda un objeto insignificante y deshace los rostros.
Quizá por eso, a los 85 años, Hidalgo tampoco parece interesado en presentar una trayectoria limpia. En esta muestra una época no borra la anterior. El dibujante permanece dentro del pintor; el grabador sobrevive en la línea; el lector entra en los títulos; el hombre que conoció determinados cultos reaparece dentro del creador que ya no necesita ilustrarlos.
El catálogo de la exposición lo delata. En el reino de este mundo, Isla en peso, Caída del Ícaro, Tú jaula es tu cabeza, Reunión del diablo con perros y pájaros mudos, Donde hay Jigüe, hay sueño, Recuerda, Olokun tiene dos caras. En Hidalgo, titular no consiste únicamente en identificar una pieza. La palabra interviene lo que vemos.
Los tres Bueyes de matadero son quizá el ejemplo más inmediato.
El primero todavía permanece en pie. Otro parece hundirse sobre sí mismo. Un tercero, vencido bajo una forma circular oscura, adquiere una postura extrañamente humana. Hay muy poco alrededor de ellos: papel, espacio, línea. Sin embargo, la expresión “de matadero” modifica todo. El animal sigue vivo, pero nosotros ya conocemos su destino. Hidalgo concede al cuerpo aquello que el título le ha quitado: unos minutos más de existencia. Allí la deformación funciona mejor cuando no necesita explicarse. Las patas tensas, el peso de la carne, la cabeza caída y algún pequeño rastro rojizo bastan. En esos momentos su figuración alcanza una particular intensidad porque el símbolo no precede a la imagen. Nace de ella.
No siempre sucede así. Hay piezas en que la acumulación de referencias —religiosas, literarias, míticas, biográficas— exige demasiado de los espectadores menos experimentados. En determinados collages, una imagen intenta imponerse mientras otra reclama atención y una tercera abre una ruta distinta. El exceso forma parte de la lógica de Hidalgo.
Algunas de sus obras en cambio, consiguen algo más difícil: hacer sentir primero y permitir comprender después. Incertidumbre encierra un rostro dentro de círculos concéntricos que deberían conducirnos hacia él y terminan aprisionándolo. Otra pieza deja emerger un rostro rojo desde una selva de líneas negras; casi todo ha desaparecido excepto los ojos y la boca. No hace falta decidir si aquello representa miedo, posesión, angustia o revelación. La pintura ya ha construido un estado antes de que intentemos ponerle nombre.
Esa resistencia a la explicación atraviesa también los llamados mitomorfos. Sus criaturas no parecen ilustraciones de relatos específicos. Son figuras que han pasado por el mito hasta dejar de pertenecer completamente a la realidad cotidiana. Un ángel puede tener las alas vencidas. Una mujer puede surgir del agua acompañada por una forma que oscila entre pez, rama y amuleto. Un cuerpo puede encerrarse dentro de vegetación hasta parecer semilla, vientre o crisálida.
Hidalgo no abandona la figura humana; la fuerza a convertirse en otra cosa.
También ocurre con el cuerpo femenino. La serie Las Damas de Schiele introduce deliberadamente el diálogo con Egon Schiele y ayuda a comprender aquellas anatomías tensas, incómodas, alejadas de cualquier voluntad complaciente. Los cuerpos se repiten, se fragmentan y aparecen rodeados de otras imágenes. El desnudo deja de ser simplemente desnudo y se convierte también en memoria de todos los cuerpos que el arte ha enseñado a mirar antes.
Pero es el Homenaje a Ana Mendieta donde varias de las preocupaciones de Hidalgo parecen encontrarse con especial intensidad. Vuelo sagrado, Oriki para Ana Mendieta, Invocación del Ángel Roto para Ana Mendieta, otros dos orikis y Loas para Ana Mendieta conforman algo más cercano a una ceremonia que a una cita artística. Mendieta, cubana arrancada de la isla durante su infancia y autora de una obra atravesada por cuerpo, tierra, huella, rito y desaparición, murió en 1985 tras caer desde el piso 34 del apartamento que compartía en Nueva York con el escultor Carl Andre. Las circunstancias de aquella muerte nunca quedaron definitivamente esclarecidas.
Saberlo vuelve imposible leer del todo inocentemente palabras como vuelo, invocación o ángel roto. Sin embargo, Hidalgo no parece utilizar la tragedia para reconstruirla. Hace algo más interesante: la desplaza hacia su propio vocabulario. Mendieta deja de ser únicamente la mujer que cayó para entrar en una estructura de orikis, loas e invocaciones. No la representa tanto como intenta hacerla presente. Y existe ahí una correspondencia extraña. Mendieta dejó durante años siluetas de su cuerpo en tierra, barro, fuego o vegetación: hacía visible una ausencia. Hidalgo recoge después esa ausencia y la introduce en imágenes cuya acción principal es precisamente convocar, superponer, conservar.
Algo de esa operación atraviesa la exposición entera.
Los muertos regresan convertidos en memoria. Las religiones sobreviven dentro de otras religiones. Los libros terminan convertidos en títulos. La infancia reaparece bajo manchas. Un mito europeo puede convivir con un orisha. Un santo católico entra en el mismo territorio donde habitan una prenda o un igbodú.
No parece casual que El Monte, de Lydia Cabrera, haya acompañado durante años el trabajo del artista. En Hidalgo, el monte tampoco es únicamente paisaje. Puede ser lugar físico, memoria, depósito de creencias, refugio, amenaza o territorio donde lo visible deja de bastar. Por eso raíces, flores, ramas, animales y cuerpos aparecen con tanta insistencia: naturaleza y espiritualidad rara vez permanecen separadas.
Tampoco literatura e imagen. Hidalgo escribe, lee y pinta desde territorios que continuamente se contaminan. Sus títulos lo demuestran. A veces basta uno para cambiar por completo aquello que teníamos delante. El cuadro propone una forma y la palabra introduce otra. Entre ambas queda una pequeña grieta, precisamente el lugar donde comienza la interpretación.
Quizá ahí esté la coherencia de una exposición que, vista rápidamente, podría parecer demasiado heterogénea.
Palimpsestos, Orikis, Odunes, Mitomorfos reúne animales, santos, orishas, ángeles, mujeres, monstruos, recuerdos y homenajes porque Hidalgo lleva décadas trabajando sobre una misma operación: transformar.
Una experiencia en imagen. Una lectura en pintura. Un recuerdo en aparición. Una creencia en materia. Un cuerpo en mito. Quizá porque Hidalgo tenía razón: hay cosas que, una vez explicadas, perderían el motivo de haber sido pintadas. A sus 85 años sigue regresando a ellas, cubriendo una imagen con otra sin conseguir —o sin querer— borrar por completo la anterior.
Debajo de cada cuadro queda algo.
Y acaso una vida dedicada al arte consista precisamente en eso: seguir encontrándole cuerpo a aquello que todavía no ha encontrado palabras.
