Cine cubano brilla en proyecciones en Gibara
- Por Alionuska Vilche Blanco
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Fotos: Centro Provincial de Cine
Este miércoles, en el Museo Municipal de Gibara, comenzaron las proyecciones de las obras a concurso del XX Festival Internacional de Cine Pobre, con una nutrida muestra de cortos de ficción y documentales –mayoritariamente cubanos o en coproducción– que reflejan la vitalidad de la isla y su diálogo con Latinoamérica.
La sesión inaugural de competencias dio inicio a una programación que se extenderá hasta el 18 de julio. En el bloque de ficción, la jornada ofreció un recorrido por temas que van desde la memoria afectiva hasta la denuncia social, con una abrumadora mayoría de sellos cubanos.
Abrió el bloque "Te doy mi voz", de la realizadora María Karla Recio Mederos, un cortometraje de apenas cinco minutos que sorprendió por su giro narrativo: la historia presenta a Camila, una joven que comparte en una entrevista íntima su vida marcada por el abandono y la explotación, pero el espectador descubre que su voz es prestada y que la historia real corresponde a Kiara, una perra labradora víctima de la explotación reproductiva, un relato que invita a repensar la empatía más allá de las especies. La misma directora cubana presentó también "La lata", una coproducción con México de siete minutos que compartió bloque con el resto de las ficciones.
La delegación cubana continuó con Intemperie, de Amén Gorría, y Servida, el primer cortometraje de Reilys Griñán García, producido por Lía Videos, que marcó el debut de una de las varias cineastas noveles que este año dan vida a la sección competitiva.
Le siguió Julia, de Sailin Carbonell, una realizadora con una trayectoria ascendente que ya había firmado cortos como Añoranza, Tolerancia, Pulsación Inerte, Hilda y La prueba, y que para este proyecto obtuvo la beca "El Reino de Este Mundo" de la Asociación Hermanos Saíz, un respaldo que evidencia el apoyo institucional a las nuevas generaciones del cine insular.

La única ficción foránea de la jornada fue la brasileña "Aprendí a llorar" (Aprendi a chorar), dirigida por Santiago José Asef, mientras que el cierre del bloque de ficción llegó con "La flor del Prángana", de Jorge Molina, el corto cubano de mayor duración entre los exhibidos.
En el apartado documental, la muestra comenzó con "El VIH se enamoró de mí", una coproducción colombiano-argentina de nueve minutos dirigida por Mariana Iacono y Juan De La Mar, que narra la historia de una mujer seropositiva que abraza su sexualidad y se reencuentra con el placer desafiando los estigmas sociales. De La Mar, abogado y activista colombiano, es conocido por su ópera prima "De Gris a POSITHIVO", que acumula 16 premios, mientras que Iacono aporta más de una década de trabajo en redes de apoyo a personas con VIH en Latinoamérica y el Caribe, lo que dota al filme de una sensibilidad documentada desde la experiencia directa.
La producción cubana cobró fuerza con "Lo más maravilloso", una coproducción con Argentina dirigida por Mauricio Centurión, que sigue las aventuras de Luna y Tiago, dos hermanos de 9 y 10 años que deciden construir una cámara con objetos encontrados para recorrer su pueblo y entrevistar a los vecinos, en una búsqueda que se convierte en una lección sobre el valor de la comunidad y la memoria compartida.
Le siguió "Las tres muertes de un sol", documental colombiano de Nicolás Ortega Baquero e Iván Santiago Londoño Gallego, y cerró la jornada "Nido: Un espacio para crear y soñar", de la novel realizadora cubana Aniela Dumas, un mediometraje de 39 minutos que explora los espacios de creación artística en la isla y que se convirtió en el trabajo más extenso de toda la sesión.
El festival, que este año cumple dos décadas de existencia, mantiene viva la esencia que le imprimió su fundador, el mítico director de "Lucía", y se distingue por la amplia presencia femenina tanto detrás como delante de las cámaras, un rasgo que los organizadores han destacado como uno de los principales valores de esta edición.
Las proyecciones continuarán en los próximos días con nuevos estrenos, debates con los realizadores, y muestras paralelas, todo ello en el ambiente único de la pequeña villa holguinera que cada año se viste de cine para recordar que, incluso con pocos recursos, el séptimo arte cubano sigue latiendo con fuerza y originalidad.
