Viejas costumbres para nuevos desamores
- Por Maite Santana Reina / Estudiante de Periodismo
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Vivimos tiempos extraños para el amor. La tecnología del siglo XXI es avanzada para comunicarnos donde sea que estemos, pero al parecer no está funcionando para el tema emocional y, muchas veces, las relaciones de hoy en día terminan convertidas en un campo de batalla donde reina el ego.
El cortejo respetuoso de antaño se visualiza utópico. Ahora se habla de técnicas, de juegos de seducción, de dar celos, de aplicar la ley del hielo o de “hacerse el o la difícil” para generar interés. Todo esto no es más que un repertorio de pequeñas manipulaciones disfrazadas de estrategia amorosa.
Se ha normalizado el medir los tiempos de respuesta, el crear incertidumbre a propósito, el condicionar el afecto para obtener lo que se quiere. Son dinámicas controversiales, porque en el fondo no hay un genuino interés por conocer al otro, sino por dominar la situación, lo cual conduce a relaciones construidas sobre arenas movedizas.
Las redes sociales han resultado también una vía para la toxicidad, donde se prioriza la validación externa, los likes, las visualizaciones de historias, la necesidad de mostrar una felicidad que muchas veces no existe puertas adentro.
No se trata de idealizar el pasado, porque siempre hubo infidelidades, hipocresía y matrimonios infelices que se sostenían por pura apariencia o por dependencia económica; pero resaltaba, socialmente, el respeto hacia el matrimonio y el compromiso público. Las personas cometían errores, tal como ahora, pero existía la conciencia de que se estaba fallando a algo grande; había una base ética, por más que a veces se pisara.
Hoy, esa base se ha hundido más. Se huye al mínimo conflicto, porque nos han vendido la idea de que el amor tiene que ser siempre fácil y gratificante, y cuando no lo es, en lugar de luchar, se desecha.
A nuestra generación le hace falta retomar algo de aquella vieja escuela. No para volver a las costumbres arcaicas, sino para recuperar el valor de la palabra dada, redescubrir la importancia de construir algo sólido, cultivar el respeto por el otro como un fin y no como un medio para llenar vacíos propios.
Nos urge entender que la conquista no es un juego de estrategias, sino un acto de entrega; que el amor de verdad no se demuestra con lo que publicas, sino con lo que sostienes en la intimidad del día a día, y, por encima de todo, si has encontrado el vínculo anhelado, merece el esfuerzo de pelear contra las adversidades hasta el final.
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