/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 22 May 2017 - 15:33

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Mongo, mi amigo (+Fotos)

Fotos: Archivo personal del autorSiempre lo recordaré sentado en la oficina de la dirección del periódico ¡ahora!, cuando estábamos en el Poligráfico, con su tono jovial, jaranero, su guayabera blanca, el gran sombrero de yarey y la campechana sonrisa de cubano genuino. Así fue para mí Ramón Castro Ruz, Mongo, como le decían todos, un hombre noble y cabal, quien me honró con su amistad desde los últimos años del siglo XX.

En sus visitas frecuentes al ¡ahora!, llegaba hasta el lugar de los custodios y anunciaba: “Voy a ver a mi hijo”, subía hasta mi oficina, en el tercer piso y conversábamos largamente. Era tanto su parecido con Fidel que a veces lo confundían y, al acercarse al Poligráfico, creían que era el Comandante.

Cuando recorría la provincia me pedía un fotógrafo, para dejar las constancias gráficas. Prefería a Rafael Nogales Fombellida, porque manejaba excelentemente el lente y, además, según Mongo, era experto en ponerles las vendas en sus várices. Aún con sus piernas enfermas y, con 72 años, no se detenía ni un momento a descansar. Era incansable, decían los que le conocieron de cerca.

En la oficina había una foto-montaje de Fidel, Raúl y él delante de su casa en Birán, la cual había sido hecha por el fotógrafo, desaparecido ya, Juan González, la observó detenidamente y confesó: “No tenemos muchas fotos los tres juntos, e inmediatamente dio su definición:  “el intelectual, el militar y yo, el obrero” y pícaramente sonrió.

Foto_001.jpgHablaba con absoluta lealtad a sus hermanos,  contaba con fidelidad las travesuras de la niñez y adolescencia en la finca Manacas donde vivió la familia Castro Ruz, los baños en el río, los juegos de pelota en el batey, donde Fidel fungía como pitcher, perdía por más de 20 carreras y decía que ganaba el juego. Era muy difícil quitarle la pelota.

Contaba los topes de boxeos que Fidel le pedía, muchas veces con sus propios trabajadores, por lo que era un gran dilema para él, estar de referid entre sus hermanos y los suyos de labranza.

Ya en Santiago de Cuba en los estudios: “Raúl quiso quedarse con nosotros, tenía unos cinco años, eso fue tremendo, era muy travieso, jugaba fuerte con Fidel, tirándose almohadas, ninguno de los dos querían apagar la  luz y entonces yo tenía que poner orden.”

En esas largas pláticas rememoró lo vivido cuando Fidel comenzó la Universidad, lo de  Cayo Confites, el Moncada, el jucio, las cárceles de Boniato e Isla de Pino, México y la Sierra, “cómo sufrió mi familia, era muy triste verla sumida en ese desesperado dolor, la preocupación era inmensa”.

“Luego fui a la cárcel de Boniato, al presidio de Isla de Pino, a La Habana, cuando salieron de la prisión. Fidel se retrató conmigo frente a la universidad y me dijo que se iba para México en un avión”.

Rememoró la historia del pavo: “Cuando lo de Granma, decían que Fidel estaba muerto, llegó un hombre vendiendo un pavo, lo compre y le dije a mi madre ´me lo comeré con él, estuvo guardado toda la guerra y a finales del 58 me llamó mamá por teléfono: “corre que Fidel está aquí”.

“Cuando llegué eso estaba copado de rebeldes, nos abrazamos y me apartó a un lado y me dijo necesito que me ayudes en la reforma agraria y vamos a comenzar por las tierras de la familia”.

No se sentía cómodo cuando le decían el hermano de Fidel y Raúl y alegaba “en definitiva soy el mayor” y comentaba “tener esos hermanos no es fácil, son muy exigentes con la familia”.

“Toda mi vida la he pasado pendiente de ellos y especialmente de Fidel y Raúl, quien me dice papá, siempre tan cerca del peligro. Nosotros perdimos el viejo cuando estaban en México y recién triunfada la Revolución murió mamá, he tenido que ser el cabeza de familia y te aseguro que no me ha sido fácil”.

Al referirse a Fidel y Raúl opinaba “deben vivir más que yo y si algo malo le va a pasar prefiero que sea a mí, la vida no me puede dar ese gran dolor”.

Jugamos dominó, bebimos tragos, visitaba, en las casas, a amigos y amigas holguineros, con quienes compartía sus ratos. Quiso entrañablemente a Holguín, le llamaba su gran familia, incluso aún en el Reparto Ciudad Jardín, en la capital de la provincia, le siguen nombrando Los Talleres de Mongo Castro.

Foto_006.jpgAl principio de la década del 60, siendo yo un muchacho, escuché hablar que cuando el triunfó de la Revolución Mongo se vistió de comandante. En la década del 90, durante una conversación, en una casa de visita de la Agricultura, aquí en Holguín, le hablé de ese comentario. Mongo me miró, se puso muy serio y me dijo tajante: “Eso fue una ignominia, jamás hice ni haré algo así, respeto mucho a Fidel, Raúl y la Revolución, lo que si siempre he sido es miliciano”.

Así de sencillo era este gran hombre de pueblo, quien prefería tararear: “Yo me quedo por todas esas cosas, tan pequeña, tan hermosa”  para luego enfatizar: pal/carajo, grabación que guarda el colega Aroldo, en sus archivos de voz recogida durante un recorrido hacia del central Maceo, a finales de la década del 90.

Al conversar con fundadoras de este periódico, por la década del 60 de Siglo pasado, me contaban cómo cuando se apretaba el pago para los trabajadores, porque dependían de anuncios  y ventas de los ejemplares, siempre Mongo Castro ayudaba a resolver la situación.

Así siempre fue, solidario, bondadoso, luchador incansable, con mucho orgullo de sus hermanos, de la familia, de la Revolución, de llevar los apellidos Castro  Ruz y muy consciente de quien era.

Tocaba diferentes temas, un día al definir el amor decía con tremenda jovialidad: “Un hombre enamorado es como un caballo ciego, aunque le hales las bridas siempre va para donde quiere” y ahí soltaba una carcajada por su ocurrente enunciación.

Mongo me dio lecciones imperecederas de respeto al hablar de sus padres. “El viejo, decía, nos enseñó a tratar a las personas mayores y era muy recto en la educación de sus hijos, por eso no entiendo cómo sin la edad requerida, en aquella época, me dejó fumar tabaco”.

Valoraba que de su papá aprendió el valor del trabajo. “Mi padre se esforzó duro y mucho, hizo un capital desde su sudor, era muy noble con sus trabajadores y nunca fue gastador”. Se queda sumergidos en sus recuerdos y sentencia: “Yo lo que más he hecho en la vida es trabajar”.

Sus más apasionantes historias pertenecen a caña y repletaron el corazón de este hombre, para quien su cultura en la agricultura es hija de su existencia práctica. He aquí algunas de sus sapiencias:

-La caña es como un niño chiquito, hay que quererla y atenderla, de lo contrario se pierde.

-Chapucería en la agricultura cañera y buenos rendimientos no pegan.

-Sembrar caña en sequía es botar el dinero. Los malos inventos de regar agua con pipas en  carretas  compactan demasiado el terreno.

-La paja es aliada del campo si hay cultivo, en esos años 90, se permitió el plantoneo, eliminaron los inspectores de campo, consintieron errores garrafales y trabajos mal hecho.

-Al central no pueden llegar materias extrañas.

-Hay que resembrar bien con el uso de la piochita, que se hace de una hoja de muelle de acero.

-Es mejor rehabilitar un campo, que no tiene muerte, que demolerlo.

-Son 150 los días de zafra.

-Medir la producción de azúcar por hectárea, no por arrobas de caña.

-Los estimados se caen porque no hay composición de cepas por edades, ni por variedades.

Sus ojos brillaban más cuando decía lentamente: “Será una fiesta en Cuba cuando podamos moler retoños de 13 meses.”

La última vez que lo vi fue el Birán, en septiembre del 2003, junto a Fidel, otras hermanas, en la presentación del Libro: Todo el Tiempo de los Cedros, conversamos poco por la característica de la ceremonia y al concluir me dijo luego nos vemos. Lamenté la muerte de ese gran amigo, el 23 pasado. A su memoria son estas líneas.

Nota: Este trabajo incluye ideas, en lo fundamental, no publicadas por ¡ahora! en una página 8 con el título: Su mejor oficio, el sábado 17 de abril de 1999.


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