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El centenario de Pombito

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pombo centenario 01Fotos: De la autora y cortesía de la familia.

Él es el patriarca de los Pérez Leyva. Con su amada compañera de siempre (Ángela, ya fallecida) tuvo cinco hijos, dos varones y tres hembras, los que le han regalado una prole de nueve nietos y, estos, a su vez, 10 biznietos hasta ahora, pero sobre todo un ambiente de concordia, respeto y amor que resulta el sello distintivo esta familia, que vimos multiplicada este 14 de febrero en la celebración por el centenario de Pombo.

Por ese sobrenombre, ganado desde niño por su tez bien blanca, lo llaman todos los que conocen a Laudelino Pérez Pupo, nacido a la luz de un candil y con la ayuda de una comadrona en la comunidad rural de Alcalá, municipio de Báguanos, el 14 de febrero de 1926.

Es el segundo de ocho hermanos, los que apenas pudieron tener escuela en el monte donde nacieron, cuando aprender a leer, escribir y saber los números era un lujo, aunque a él de cifras no hay quien le eche un pie, pues saca las cuentas en el aire como tomar un vaso de agua, por eso ni a la altura de esta etapa de su vida nadie puede confundirlo si de especificar dinero se trata.

Este longevo ha sobrevivido, estoicamente, a tierras áridas, rigores de trabajos en el campo, pandemias, desastres naturales, fractura de cadera y otras muchas contingencias en estas 10 décadas, desde sus primeros años en Alcalá y luego en Los Jobos hasta que los padres con los ocho hijos decidieron buscar nuevos horizontes en la ciudad de Holguín.

De estos y los demás detalles de su vida él se encarga de decirlos, porque su mente está tan clara, como el “agua del Frayle”, como se dice por acá en el Holguín, ciudad que lo acogió hace ya bastante tiempo.

A Pombito solo le falla un poco la audición, pero no por ello deja de estar al tanto de lo que pasa en su hogar, el cual todavía dirige como jefe que dice ser hasta que deje este mundo. Come con buen apetito y se le dan unos cuantos gustos, aunque hay frenos para determinados alimentos, con el fin de evitar ingestas digestivas.

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Refunfuñón, testarudo, imponente, no pocas veces peleón, pero trabajador como pocos, así con los 100 años sobre sus hombros, las tres hijas que se alternan en su cuidado durante los días de la semana, no pueden darle un chance, deben estar atentas, porque en el menor descuido coge el azadón, sale a la calle para limpiar el frente y costado de la casa; repara lo que ve roto, a su entender, hasta realizar otras tantas tareas hogareñas imposibles de asumir a su edad.

Pero lo que nadie le puede impedir es que, en las mañanas, antes de salir del cuarto, su cama quede perfectamente tendida y cada objeto en su lugar, y él aparezca acicalado como si fuera de paseo. El orden es una de sus principales cualidades y también la exigencia. Todo a su alrededor debe estar limpio y en el lugar correcto.

Es conversador, le gusta recordar sus tiempos de juventud y de cuando formó su familia. Por eso no es difícil conocer que desde muy chico ya andaba por los campos chapeando, cortando caña y cuantas tareas agrícolas fueran necesarias para ayudar a sus padres, Amparo y José, en el sustento de la casa allá en Alcalá, primero y después en Los Jobos, ambas comunidades rurales de Báguanos.

“En 1949 nos mudamos para La Chomba, hoy reparto Alcides Pino y los mayores comenzamos a buscarnos la vida de manera honrada. Lo primero que hicimos fue armar una carretilla para vender viandas, frutas, leña a las tintorerías, lo que aparecía y así ganarnos unos kilos diarios. Una vida dura y riesgosa”.

Desde entonces el bichito de comerciante prendió a Pombo, quien en la medida que iba ahorrando su dinerito le dio por ser viajante de comercio de telas, ajuares de casa y ropa, por lo que iba de pueblo en pueblo con su carga.

Eran días y noches fuera de casa, a la cual regresaba, unas veces con mejores dividendos, pero en muchas con lo mínimo, para poder volver a comprar y emprender de nuevo otros caminos, además de contribuir con los gastos del hogar.

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“Los andares nos llevaron hasta las montañas del oriente cubano y en varias ocasiones llegamos a donde habían alzados del Ejército Rebelde. Para ellos trasladamos víveres y otros suministros escondidos entre ropas y tejidos”, asegura con regocijo, mientras se acomoda en su silla de la amplia terraza, el lugar que más le gusta de su hogar.

Después de 1959, ya casado con Angelita y con la mayoría de sus hijos compró su primera casita en el reparto El Llano, donde montó una “quincalla” o “abarrote”, para vender de todo un poco, de ese ventorrillo tengo lejanos recuerdos, porque allí me llevaba mi madre a comprar algunas fantasías antes de iniciar los viajes de fin de año al campo donde vivía su familia.

Emprendedor como siempre, años más tarde este centenario volvió a mudar a su gente con su tienda también, para otra casa un poquito mejor en la misma calle. El pequeño negocio fue parte de la vecindad hasta cerca de inicios de la década de los ʻ70, cuando Laudelino pasó a trabajar en el sistema de Comercio y Gastronomía, primero en el otrora Hotel Patallo, hoy Turquino; después en varias cafeterías de barrios hasta su jubilación.

Retirado de la vida laboral activa, él regresó, a tiempo completo, al hogar donde siempre lo aguardó su compañera de toda la vida hasta el 2018, cuando falleciera. Duro fue el golpe para el hombre que enamorara a la muchacha de 15 años allá en Los Jobos, pero un poco de conformidad le ha llegado con el manto protector de sus hijas, nietos y otros familiares, que no dudan en complacer caprichos y no pocas exigencias del “jefe” de los Pérez.

Y fue en su misma casa, esa que levantó a puro corazón y esfuerzos, donde este 14 de febrero la familia formada por él y la heredada de los hermanos, solo quedan tres con él, se reunió junto a vecinos para festejar su siglo de vida entre dulces, música y emociones, porque 100 años no se cumplen ni celebran con mucha asiduidad, sobre todo, con la vitalidad de este holguinero.


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