Algo se está rompiendo en el pueblo

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Algo se está rompiendo en el pueblo. Las mañanas perdieron el ritual tibio del café anunciando la llegada del sol para abrirse al ritmo de los golpes secos de las piedras. Sentados bajo los árboles, Elena y Yoniel se juntan con los vecinos para romper corojos.

No es un capricho de gente que enloqueció de pronto ni una escena pintoresca para distraer a los turistas. Del corojo sacarán aceite para cocinar, una técnica que las generaciones pasadas usaron antes del triunfo revolucionario del 59 y en el período especial de los años 90, pero que los más jóvenes han tenido que retomar en la última etapa como estrategia de supervivencia ante los altos costos del vital producto, comercializado en precios inalcanzables para la mayoría.

Escribir la historia de un país es, de muchos modos, narrar la historia de su gente: sus anhelos, sus pérdidas, esa insistencia casi terca de encontrar una ventana de estrellas al fondo de la noche más oscura. Pero la noche, esta noche, llegó un poco antes de lo que se esperaba.

La raíz del problema

En julio de 2026, el Gobierno cubano anunció un conjunto de transformaciones económicas y sociales que incluía la actualización del salario nacional, con aplicación prevista para el mes de agosto. Sin embargo, en las calles y en los mercados informales los precios no esperaron los tiempos oficiales. Comenzaron a moverse con una rapidez que volvió a colocar la inflación en el centro de las conversaciones cotidianas.

Bastaron pocos días —con mayor intensidad durante las jornadas finales de julio— para que el precio del litro de aceite diera un salto considerable, multiplicando tres o cuatro veces su valor anterior. El incremento se produjo en medio de la aplicación de nuevas medidas económicas, entre ellas las agrupadas en el Eje temático 13: Transformaciones en la política de precios , que descentraliza hacia las empresas y las administraciones territoriales y locales la facultad de aprobar precios y tarifas y elimina, de manera general, los topes de precios. El mismo eje establece nuevos mecanismos para la formación de esos precios, con referencias al mercado y a la posición que ocupa cada producto dentro de la cadena de valor.

El problema fue que ese movimiento de los precios avanzó con mayor velocidad que la capacidad de compra de muchas familias. El aceite, un producto imprescindible en la cocina cubana, se convirtió en uno de los símbolos más visibles de una tensión mayor: la distancia entre los ingresos reales y el costo de la vida.

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| Hay un gramaje establecido para las ingestas y cuando estas exceden los 26 pesos, el Estado subsidia el costo restante, que es hasta 40 pesos

La magnitud del salto resulta más evidente al observar su comportamiento en los últimos años. El seguimiento de los precios muestra una trayectoria ascendente: alrededor de 450 pesos por litro en noviembre de 2022; unos 680 en agosto de 2024; y, según los precios publicados por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) para enero de 2026, entre 500 y 525 pesos por libra de aceite a granel, equivalentes aproximadamente a entre 1 014 y 1 064 pesos por litro. Para febrero, el precio ya rondaba los 1 300 pesos por litro y, en junio, oscilaba alrededor de los 1 500 pesos. Lo que antes tardaba meses o años en aumentar unos cientos de pesos terminó disparándose en cuestión de semanas: para agosto de 2026, el litro de aceite podía encontrarse en el mercado informal entre 3 500 y 4 000 pesos, dejando a muchas personas sin posibilidades de asumir el nuevo valor.

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Respuesta institucional

Ante el descontento ciudadano, las instituciones locales comenzaron a adoptar medidas. La primera respuesta llegó desde el extremo oriental del país: el 5 de agosto de 2026, el Consejo de la Administración Municipal de Guantánamo informó que, tras analizar el incremento del aceite en el comercio minorista y evaluar los costos de comercialización, establecía un precio de referencia de 2 200 pesos por unidad. La medida no fue presentada como un tope arbitrario, sino como un resultado del estudio de gastos, acompañado de advertencias sobre sanciones a quienes incumplieran las disposiciones.

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| Publicación del periódico Venceremos, en Guantánamo

A partir de entonces, otros territorios comenzaron a pronunciarse. La preocupación principal estaba relacionada con la diferencia entre los costos de adquisición y los precios finales que enfrentaban los consumidores.

Sobre ese punto llamó la atención el escritor y economista Antonio Rodríguez Salvador, quien compartió en su perfil de Facebook (12 de agosto) datos sobre el precio de importación. Una unidad de 900 mililitros puesta en el puerto del Mariel tenía un precio CIF (Cost, Insurance and Freight; es decir, Costo, Seguro y Flete) de 1 273 pesos, una cifra que evidenciaba la distancia existente entre el valor de entrada del producto y algunos precios posteriores en los espacios de venta.

En Holguín, aunque las medidas no estuvieron entre las primeras anunciadas en el país, los gobiernos locales también comenzaron a actuar. Municipios como Moa y Banes adoptaron disposiciones iniciales, mientras que el 24 de agosto de 2026 la Asamblea Municipal del Poder Popular en el municipio cabecera comunicó orientaciones para enfrentar los precios abusivos y especulativos, apoyándose en normas como la Resolución 209/2024 del Ministerio de Finanzas y Precios, relacionada con los márgenes de utilidad para la gestión no estatal, así como en los decretos de contravención vigentes.

La intención de las autoridades ha sido encontrar un punto de equilibrio entre la protección de la economía familiar y las nuevas formas de gestión económica, utilizando la figura de los llamados “precios de referencia” como una herramienta orientativa basada en estudios de costos.

Pero la vida cotidiana suele moverse a otra velocidad. Mientras consejos de administración, inspectores y comisiones de control intentan ordenar el escenario comercial, en las redes sociales y mercados informales el litro de aceite continúa apareciendo con valores que oscilan entre los 3 500 y los 4 000 pesos.

Trincheras del pueblo

Ante semejantes cifras, la solidaridad vecinal se ha convertido en la primera trinchera de enfrentamiento. En muchos barrios, diversas familias juntan su dinero para adquirir los pomos importados de 9 litros; aunque la inversión inicial es alta, el cálculo final al repartir el líquido deja el litro a menos de 3 000 pesos.

Pero cuando ni siquiera esa solución comunitaria alcanza para resolver el problema de la alimentación, comienza otro camino. Uno más antiguo. Más áspero. Un camino que no pasa por las tiendas, las redes ni las decisiones tomadas detrás de un escritorio.

En los pueblos de campo, la gente ha vuelto los ojos hacia algo que siempre estuvo allí, creciendo entre la maleza, en los terrenos secos, a la orilla de los caminos: la palma de corojo. Y con ella, ha regresado también un saber que parecía dormido en la memoria de los abuelos.

Los frutos rezagados

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| Palmeras de corojo

El corojo es el fruto de una especie endémica de Cuba perteneciente a la familia de las arecáceas, típica de terrenos secos y calcáreo-pedregosos. En el paisaje oriental forma densos corojales. Su tronco y sus hojas están blindados por espinas temibles, como si la planta supiera que guarda un tesoro codiciado: un fruto redondo, pequeño, en miniatura, protegido por una cáscara dura que guarda una nuez blanca y sólida, de sabor graso, parecido al del coco seco.

Los frutos nuevos permanecen altos en las copas, pero los que sirven para extraer aceite son los rezagados de cosechas anteriores, aquellos que el sol ha tostado y el tiempo ha endurecido sobre el suelo del monte.

Familias enteras se adentran en la manigua antes del alba. Con las manos o auxiliados por un rastrillo fino, llenan los sacos. Un saco lleno puede traducirse, tras una jornada gigantesca, en un litro de aceite.

Trabajo de familia

Elena va colocando los frutos uno a uno sobre la piedra rugosa. Con otra más plana, semejante a un martillo, golpea los corojos hasta que se rompen. Sus manos contrastan con la crudeza del trabajo: lleva las uñas cuidadas, largas y pintadas con colores vivos y alegres, como si pertenecieran a alguien ajeno a aquella dura faena. Pero las mismas manos sostienen la piedra y golpean una vez, otra, hasta que la cáscara se rinde y libera la pequeña masa redonda de su interior. Así cientos de veces cada mañana. Elena tiene 24 años. Mientras trabaja, su niña de apenas dos años, juega a imitarla.

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| Parte interior del corojo

Es apenas el comienzo. Las nueces se tuestan al fuego ligeramente hasta que emiten un olor como de carne asada. El brillo en su superficie delata que la poca agua que en su interior contienen se ha evaporado, dejando el aceite en forma más concentrada.

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| El fruto ligeramente tostado se muele

Luego pasan por el molino de mano que Yoniel, de 26 años, hace girar sobre una mesa improvisada. La madera se tambalea con cada vuelta de la manigueta. Sus manos ásperas y curtidas parecen las de un hombre mucho mayor, y todo su cuerpo acompaña el movimiento, empujando, apretando, insistiendo hasta convertir las pequeñas nueces en una pasta espesa y oscura.

Después, esa pasta se mezcla con agua caliente y reposa unos minutos. Luego se deposita en un pedazo de tela limpia. Viene entonces otra prueba de fuerza: la tela se retuerce, se exprime y vuelve a exprimirse hasta que los músculos de los brazos parecen querer desprenderse de los hombros.

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| A la masa se le agrega agua y se exprime en un paño

De allí comienza a brotar un líquido blanquecino. La masa que va quedando, la llamada “gazofia”, tampoco se desperdicia. Sirve para alimentar cerdos y gallinas, sustituyendo un pienso que tampoco abunda.

En otro tiempo, con esto se hacían turrones y dulces, porque es riquísimo —recuerda Zoila, de 73 años—. Pero el azúcar que se compra hoy está muy cara y se cuida estrictamente para el café.

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| El líquido obtenido se lleva al fuego

El líquido obtenido se lleva finalmente al fuego para evaporar el agua remanente. Elena permanece atenta al hervor, observando las diminutas burbujas como quien ha aprendido a leer en ellas una medida exacta del tiempo. “Mientras se le vean burbujas de aire, es que tiene agua”, me dice.

Cuando el hervor cesa, queda un aceite de tonalidad ámbar clara, visualmente parecido al que se hace de soya, pero con una impronta aromática inconfundible. Su olor recuerda la carne de cerdo dorándose y el pollo asado al carbón. Ernestico, de 16 años, lo resume con entusiasmo: “Si se lo echas encima al congrí te dan deseos de comértelo solo”.

Fracturar la dependencia del mercado

Desde que sale el sol hasta que el aceite reposa limpio y frío en la botella transcurren aproximadamente ocho horas. Una jornada laboral completa para obtener un único litro.

La comparación con lo que podría ganar en ese mismo tiempo revela el peso del esfuerzo. Yoniel recibe 500 pesos por media jornada desyerbando fincas: en un día completo gana 1 000. Para reunir lo que cuesta un litro de aceite en el mercado, necesitaría trabajar aproximadamente cuatro jornadas enteras.

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Es necesario hacer notar que el trabajo en el campo se paga a ese precio por la dificultad que afrontan los campesinos para encontrar obreros capaces de trabajar en tareas que exigen mucho esfuerzo físico, durante jornadas laborales que se extienden por 5 o 10 horas, la mayor parte de las cuales se realizan bajo el intenso sol. Empleados de otros oficios, incluso pensionados, reciben un monto mensual que muchas veces no alcanza para comprar un solo litro de aceite.

Hacerlo en casa exige, en cambio, dedicar un día completo. El sacrificio físico es enorme, pero menor si dedica tiempo a hacer el dinero para comprarlo. Además, en esta tarea colabora toda la familia. Aunque, en realidad, la verdadera ganancia no está en competir con el mercado, sino en fracturar la dependencia absoluta de él.

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| El aceite obtenido se envasa y guarda para el consumo

No sabemos cuánto dure esta crisis —reflexiona Yoniel, con el rostro marcado por el cansancio que parece duplicarle los años—. Pero sí sé que es mejor pasarse el día entero trabajando para hacer el aceite de la comida, que pasarse una semana completa trabajando para comprar un solo pomo.

Romper el corojo

Durante la Protesta de Baraguá, un mambí levantó la voz para decir: “El 23 se rompe el corojo”. Nunca profundicé en la expresión. Di por sentado que significaba algo parecido a no descansar mientras quedara un hombre dispuesto a pelear por la libertad. Pensé que era una frase más, de esas que la gente va acumulando mientras envejece. Ahora comprendo que romper el corojo lleva más técnica que fuerza. Si se golpea con demasiado poder, el fruto se aplasta y se deshace; si se hace con demasiada delicadeza, tarda en abrirse. Lo preciso son golpes calibrados, a veces insistentes, que logran su objetivo sin importar si los brazos que los impulsan son de mujeres, de niños o de hombres. Así, como si se peleara para defender la libertad de un país.

Mi pueblo rompe el corojo como puede. Con piedras, con martillos, con molinos viejos, con las manos. Rompe una cáscara dura para sacar unas gotas de aceite y ponerlas en la sartén. Pero, en el fondo, también está rompiendo otra cosa: la resignación.

Está protestando a su manera contra todo aquello que, desde fuera y desde dentro, parece empeñado en asfixiar la vida cotidiana con hambre, carencias y necesidades. Unos lo hacen desde la distancia, agravando las dificultades de un país al que se le extienden sus penas. Otros, desde dentro, se aprovechan de la crisis para ganar cuatro veces más. O no encuentran con la debida prontitud la solución adecuada. Y en medio queda la gente. La gente que trabaja, que inventa, que comparte, que vuelve a mirar hacia el monte rebelde de los mambises y rompe con sus manos el cerco.

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| Aceite de corojo envasado

Por eso las mañanas han cambiado en el pueblo. Y con las mañanas los planes para que el día no desaparezca sin que se haya encontrado maneras útiles de invertir las horas. Para cuando el sol se ha deslizado como un corojo amarillo por el paño del cielo y ya chirrean los primeros grillos, como versa un cuento de Rubén Rodríguez, la familia se sienta a la mesa para comer tostones y congrí con olor a carne de cerdo.

 

| Procedimiento para la obtención de aceite de corojo

 

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PERIODISTA
Reynaldo Zaldívar Osorio

FOTOS Y VIDEO
Reynaldo Zaldívar Osorio

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