Símbolos y antorchas
- Por Reynaldo Zaldívar
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Sin sacudirnos el polvo del camino, llegamos cerca de las seis de la tarde al busto de Simón Bolívar que se encuentra en la avenida más transitada de Holguín. La Marcha de las Antorchas partiría desde allí hasta el parque de la ciudad que lleva el nombre de nuestro Apóstol. Era una nueva ruta, como si con ella se pretendiera dar un discurso sobre la independencia latinoamericana.
"Bolívar fue un hombre bueno que luchó por la unidad", me dijo uno de los muchachos que vinieron a la marcha. Recordé que en la escuela, a esa edad, lo que enseñan sobre el Libertador proviene del texto "Tres héroes", escrito por José Martí en 1889. El joven estaba emocionado y traía una antorcha que él mismo había hecho con un trozo de madera, un clavo y el recorte de una lata.
Aquella era su segunda Marcha. La primera la observó desde la ventana de su casa. "Era muy chiquito todavía para esos trotes", le había dicho su madre. Pero esta sí, esta sería diferente. Estaba con sus amigos, él mismo se había construido su antorcha y traía muchos deseos de gritar bien alto "¡Viva Martí!", "porque Martí fue un hombre bueno que luchó por el bien de todos".
Detrás de la imagen de Bolívar hay una palma real que permanece enhiesta, a pesar de estar sin penacho. Alguna tormenta quemó su verdor, pero no quebró su firmeza. Pensé en Cuba, en todo el sufrimiento que ha venido marchitando sus hojas; en los que odian su verdor y caen sobre ella como látigo de tormenta; en cómo permanece sin bajar la mirada, porque nadie clava los ojos en la tierra cuando siente justa su causa.
Miraba la palma y pensaba en las respuestas del muchacho, eso de que Bolívar y Martí eran hombres buenos. Tal vez en otro momento hubiera esperado un poco más de profundidad. Tal vez lo sensible de la ocasión, las canciones de fondo, los jóvenes llegando en grupos... no sé. Empezó a dar vueltas en mi cabeza la idea de que si todos fuésemos un poco más buenos, aunque solo fuera un poco, nos pareceríamos más a lo que deseamos que a lo que hacemos. Ser bueno sería la parte más importante de cualquier biografía.
Algunos opinan que, con tantos problemas que tenemos, no necesitamos festejar el 173 aniversario del nacimiento de José Martí. Luego salen las noticias de gente que pinta de sangre algún busto o lo rompe en un desafortunado intento de protesta contra acciones del gobierno. Y digo desafortunado, porque muy mal ha de andar una cabeza para creer que Martí es posesión de otro que no sea el pueblo bueno, de los que sean, en sus acciones, leales al bien de todos, como lo era él.
Se prendieron las antorchas a la misma hora en toda la isla. Miles de cubanos rendimos tributo al hombre que dedicó su vida a pensar en cómo hacer que el tiempo futuro fuese para todos un poco más digno. El sol tenue del amanecer sorprendió las mismas calles repletas de niños que, disfrazados de los personajes de "La Edad de Oro", venían a festejar el cumpleaños de quien dijera que ellos "son la luz del mundo, los que saben querer".