Bajo el árbol de la familia

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Fotos: Elder Leyva

Y se está quieto uno, así, sin respirar, pero el año termina de igual forma. Llega la gente, con su olor a carne asada y ron, y la fiesta termina por arrastrarte tras de sí. Unos y otros anuncian que el nuevo año es real, que te sorprendió sin ahorros, un poco más viejo, y que la cama es una vuelta de tu cuerpo tras otra al amanecer. "Te echamos de menos, mijo", y mandas el mensaje con la esperanza de que lo vea pronto y responda con esa risa de siempre, oculta en cada palabra. "Aquí estamos bien", escribes, aunque por dentro se te esté rompiendo la vida por su ausencia.

Es el segundo día del año. ¿Invierno? Debajo del árbol de la familia cae despacito y muerto el ave nacional. El rojo de su cuerpo es dos veces la sangre que alguna pedrada estrelló contra su cuerpo. Tengo todo el miedo que se le escapó al siglo. Todo el miedo. "Mañana puede ser un día de lluvia", dices, porque el cielo siempre llora cuando le matan un tocororo. Y rabia también. Porque muy hijo de puta ha de ser quien mate un ave que nos representa a todos.



Tocaron a la puerta temprano. Nos sorprendió despiertos, pues aquí no se ha dormido nada. Está lloviendo desde bien comenzada la madrugada y la lluvia se nos mete en la casa. Hay que estar acomodando los muebles y secando el piso. La mano áspera de un militar llegó a casa y se nos puso sobre el hombro. Apretó despacito, con lástima. Ya sabíamos que en Venezuela habían entrado las huestes de Estados Unidos. Se veían videos en internet de helicópteros abriendo fuego contra la ciudad. Se nos coagulaba en la garganta la vida de nuestro hijito. Sin embargo, nos sostenía en pie la débil esperanza de la supervivencia.

La mano apretó despacio y nos miró el llanto en nuestros ojos, que era como si toda la lluvia se nos hubiese metido en el corazón. No necesitó decir palabras. La mano tenía un cuerpo y el cuerpo un rostro que lloraba como si también le hubieran matado a su único hijo. Entonces comprendimos que afuera no había caído ni gota, que el cielo estaba lleno de nubarrones y el suelo tan seco que el aire levantaba bocanadas de polvo. Llovía dentro de nosotros todos los malos presagios. Llovía el miedo de no volver a su abrazo y a su risa, llovía la bandera doblada sobre la mesita de la sala, llovía el árbol de la familia, que miraba bajo sus ramas, muerto por la pedrada del imperio, a nuestro hijo.


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