Vivir un poco

  • Hits: 118

reseña andy 01

Coincido con el escritor español Antonio Gala, cuando afirmó que "el periodismo es una excelente gimnasia", porque desacraliza la escritura, enseña síntesis y sintaxis, provee experiencias, sugiere atmósferas y aporta información para la construcción de personajes, piedra angular de los textos de ficción; entrena en el empleo de las formas elocutivas; acorta considerablemente el lapso entre la producción de contenidos y su consumo; barre con el mito de la inspiración y la musa, que ningún redactor jefe o jefe de información admitiría como excusa para el retraso en la entrega de un reportaje; proporciona retroalimentación sistemática casi inmediata. Y por último, enseña humildad, teniendo en cuenta el probable destino final de un diario, que para Gala podía ser envolver pescado.

A la usanza de los griegos antiguos, vierto su libacioncita para el espectro lenguaraz de Truman Capote, autor del clásico "A sangre fría", y por tanto, inventor de la novela de no-ficción. Invoco el alma pija y republicana del dandy Tom Wolf, ese viejo lobo, ideólogo del llamado Nuevo Periodismo, que patentó ese híbrido -que ya existía, por cierto- y validó el uso de los recursos estilísticos de la literatura en función de un ejercicio periodístico que "barriera lo efímero del diarismo e hiciera literatura de lo cotidiano". Y para demostrarlo publicó reportajes que parecen novelas y novelas que remedan reportajes descomunales. Wolf lo resumió en una frase: el periodismo es la mejor escuela para un escritor.

¿Por qué he arrancado con tal panegírico de mi oficio? Para congratularme porque el periodista Andy Jorge Blanco (Cárdenas 1996) sea uno más en la nutrida nómina de periodistas que han obtenido el Premio Celestino de cuentos desde 1999 hasta la fecha.

«Siempre soñé con el Celestino» confesó entonces desde Sevilla, donde cursa estudios de posgrado, al enterarse de que lo había merecido en su reñida edición 25, con 37 obras en concurso y un exigente jurado compuesto, de manera excepcional, por cinco integrantes, que nos las arreglamos para ajustar agendas y horarios y debatir incesantemente, nuestras propuestas desde París (Eduardo Manet), Ciudad México (Mario Bellatin), Holguín (Lourdes González), Mayarí (Emerio Medina) y San Marcos de Auras (un servidor).

¿Qué movió al jurado a otorgarle el galardón a la obra de Andy Jorge Blanco, que si lo miras bien unas veces se parece al cantante Marc Anthony y otras al actor Rami Malek. Pues lo centrado de las anécdotas (sin dispersión, digresiones ni alambicados ejercicios de estilo), la verosimilitud de las historias narradas, lo conciso de sus argumentos, la precisión y claridad en la definición de conflictos y la coherencia en su resolución, el buen diseño de personajes y atmósferas y la corrección formal, con pulcritud en el uso de la sintaxis, dominio de la gramática, elegancia en la redacción, armonía de las frases y otras cualidades del buen estilo literario; que el argumento de los relatos remita a la actualidad nacional con sus peculiaridades, pero sorteando de manera elegante clichés y lugares comunes; el buen manejo de los diálogos, la variedad en cuanto a los narradores elegidos y otras virtudes técnicas, así como la unidad en el conjunto y la lograda intencionalidad de su estructura. En resumen, que es un libro jodidamente bien escrito, que trasciende lo promisorio, y a criterio del Presentador, una obra que requiera de los buenos oficios del Editor puede ser un buen “prospecto” pero no un “caballito ganador”.

Estos méritos los podrá apreciar el amable lector cuando lea "Morir un poco", un libro que retrata las pequeñas muertes cotidianas que atraviesan la vida contemporánea en general, y la cubana en particular: la emigración que deja un vacío imposible de llenar, la soledad que se instala en los rincones de la intimidad, la desesperación que nace de un entorno complejo, las secretas crueldades, el desamor que desgarra y la prostitución como espejo de duras realidades.

No es solamente la muerte biológica lo que explora este libro de cuentos, sino esas «muertes en vida» que nos habitan: el duelo silencioso por un ser querido que emigra, la orfandad de quien se queda, la infidelidad que lacera un hogar, las precariedades consuetudinarias, el vacío existencial que no sabemos nombrar.

Con una prosa elegante, contenida y cuasi fotográfica, pródiga en tonos y rica en matices, pero sin perder su sobriedad sensible, Blanco nos sumerge en la cotidianidad sufriente de la Cuba contemporánea y toma como telón de fondo las ciudades que ha habitado dentro del espacio insular, como La Habana. También otros "sitios nombrados por el viento" sirven de escenario a sus historias, desde urbes europeas o estadounidenses, como Madrid y Fort Myers; o la geografía de eso que la poeta llamó "el hondón americano": Caracas, Managua, Tegucigalpa, Tapachula y las rutas tenaces del tráfico humano.

Lo hace bien, cambiando sus máscaras y trasmutándose en múltiples voces sin desmoronarse, a pesar de las humanas razones que ameritan el quiebre. Antes bien, protege el tono para no romperse en la propuesta minimalista del cuento "El abrazo mas largo" con su estampida rumbo a entornos menos austeros; ni desbaratarse en la bitácora migratoria de "Punto de no retorno" con su verosímil revelación postrera; o agrietarse a la cruda luz de "La luz", un relato pleno de dolores y ausencias que se "apechugan" con estoicismo; tampoco se astilla con la crudeza mesurada de "La embajadora" que explora los avatares de un protagonista trans; y que araña las obscuras causalidades de la depresión extrema en el texto elegido para titular el conjunto con su paradójica polisemia.

Hay que elogiar el erotismo que "transversaliza" las historias de este libro, sin morbosos desbordes, aunque pleno de sugerencias sensuales, que logran altas cotas en "Zona friendly" y "El encuentro"; aporta lo justo al describir la intimidad entre personas con edades dispares en "La luz" con su cuota de culpa dependiente; revela lo justo en "La embajadora" y roza lo revulsivo en "El patio vacío" con su lograda atmósfera y carga postraumática.

Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, Andy fue reportero de Cubadebate y corresponsal durante la pandemia; aprendió a observar, a documentar, a sumergirse en la realidad. Esa herencia late en los cuentos del libro que hoy nos ocupa, cuyas historias están ancladas en lo real, aunque pertenezcan al mundo de la ficción. Como grandes autores que ejercieron el oficio de contar la actualidad —desde Hemingway y García Márquez hasta Kapuscinski y Rosa Montero—, él deviene cronista de la circunstancia nacional y cultiva una suerte de literatura-espejo donde inevitablemente nos reconocemos.

Obtener el Celestino no es un detalle menor. Es un premio con historia, que se ha ganado un espacio en las expectativas profesionales de muchos jóvenes creadores y ha lanzado a varias generaciones de escritores cubanos. "Morir un poco" llega en un momento clave, cuando la narrativa nacional precisa de voces que hablen, sin estridencias ni concesiones, sobre lo que preocupa, ocurre y duele.

Este cuaderno, editado por Luis Yuseff y diseñado por Robert Ráez, con sugerente ilustración de cubierta del talentoso periodista y fotógrafo cubano Yuris Nórido, marca el debut narrativo de un autor que ya ha publicado el libro de entrevistas "La guerra no espera" y el poemario "Ciudades con nombre de mujer". Es, sobre todo, la puerta de entrada a una voz propia, a un estilo singular y hallará su sitio en la preferencia de los que busquen historias que duelen porque son ciertas, aunque pertenezcan al coto protector de la ficción.


Escribir un comentario