Puertas

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feria inaugurac 01Palabras inaugurales de la Feria del Libro en Holguín, a cargo del escritor Rubén Rodríguez González, a quien está dedicado el evento en nuestro territorio. Foto: Liban Espinosa

Fue en enero de 1986 cuando vi por primera vez a un escritor "de cerca". De hecho, no fue uno sino más de una docena de ellos. Cursaba el último año de bachillerato en la escuela vocacional José Martí y el instructor de su taller literario, Luis Delfín Hernández, nos llevó a participar en las jornadas de la semana de la cultura holguinera, que en ese año convocaba al Premio de la Ciudad por primera vez.

Me acuerdo del susto, los nervios, la emoción y aquellas libretas garrapateadas a lápiz con nuestros pininos literarios. No recuerdo si alguno de los escritores se atrevió a husmear en nuestros cuadernos; sin embargo, recuerdo una frase que entonces nos olió a "ninguneo": lean, lean, un escritor debe leer mucho. ¡Vaya paradoja, si aspirábamos a ser escritores! Los lectores leen, ¡los escritores escriben!

Cuatro décadas han pasado y pocos de aquella tropa nos dedicamos a la literatura. Me hice periodista, y luego, narrador. No obstante, muchas veces ha vuelto a mi memoria aquel consejo que nos dieran los otrora "jóvenes escritores prácticamente desconocidos", devenidos glorias de las letras cubanas, y lo he repetido por todos lados a otros pichones de poetas, narradores, ensayistas: hay que leer...

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La razón es simple: la lectura provee de ejemplos de escritura, ofrece nociones de técnica narrativa y del oficio poético, enseña a juzgar el texto literario ajeno y, en consecuencia, el propio; nos fija metas para alcanzar y superar y proporciona modelos a imitar. Uno comienza remedando a sus ídolos, a sus maestros y con esos retazos, ecos de voces prestadas, va conformando su estilo personal, hasta alcanzar su propia voz.

Durante buena parte de mi vida, los dos lugares donde mejor me sentí fueron las bibliotecas y las librerías, en ese orden. La memoria familiar guarda el dato de que escapé de mi casa a los tres años para visitar la biblioteca escolar del poblado de "Floro Pérez", cuando cruzar la calle sin un adulto protector era como cruzar el mar. El objeto de mi tentación fue una casa de madera pintada de verde con techo de tejas de alto puntal; tenía grandes ventanas, por las que entraban a raudales el aire y la luz.

Dentro de aquel templo del silencio, aguardaba un tesoro bibliográfico debidamente clasificado y organizado, que custodiaban celosamente las bibliotecarias Marlene, Teresa y Armelinda. Comencé leyendo los libros clasificados en la categoría de "sencillos", apropiados para pequeños lectores, pero pronto mi interés y pasión me propiciaron que se me permitiera leer otros más complejos, de otros géneros, y hasta curiosear en las hermosas colecciones de libros de arte y de ciencias. Todo desde aquella pequeña edificación que fue mi primera puerta al universo, y que ha hallado en la biblioteca pública Celso Henríquez una muy digna sucesora.

feria inaugurac 02Rubén Rodríguez.

En mi pueblo nunca ha habido librería. Sin embargo, cuando era niño existió una extensión de venta de libros en el Copelita, cuyas dependientas fungían como libreras y usted podía pedir, por ejemplo, un frozzen de rizado de chocolate y los dos tomos de El corsario negro. Con cuanta ilusión uno esperaba la llegada de nuevos títulos publicados por las editoriales cubanas... Si nunca llegaban aquellos anunciados, entonces los apuntabas en un papelito y se los encargabas a alguien que viajara a Gibara, Holguín o Velasco. Y esperabas ansiosamente la llegada de aquel volumen que abriría otra puerta hacia otro mundo.

Puertas, puertas, puertas hacia otra parte con solo abrir las páginas mágicas de los libros. Eso han sido los libros en mi vida. Puertas. Por eso los escribo: para abrir otras puertas por donde otros lectores puedan hacer lo mismo.

Una vez de este lado, que habito desde 1999, comprendí todo el trabajo, todo el esfuerzo, también el sacrificio contenido en la "fabricación" de un libro. Posible gracias a esa multitud, casi siempre anónima que participa del hecho editorial. Editores, ilustradores, correctores, impresores, encuadernadores, transportistas, promotores, libreros y otros oficios cuyos nombres ignoro y que se engloba bajo el sugerente nominativo de gente del libro.

Gente que hace libros donde puedo dejar testimonio de mi tiempo y de mi gente. Libros que seguiré escribiendo mientras pueda, porque es lo único que sé hacer y porque escribir historias es una fuente inconmensurable de felicidad.


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