Dos formas de matar al héroe
- Por Isabel Hechavarría Hernández
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Quizá por eso lo verdaderamente extraño no sea que sigamos contando su historia, sino que todavía necesitemos cambiarle algo antes de permitirle regresar.
Jorge Rivera-Herrans y Christopher Nolan lo hicieron casi desde extremos opuestos. Uno convirtió La Odisea en cuarenta canciones repartidas en nueve sagas, atravesadas por el anime, los videojuegos, el teatro musical y una comunidad que acompañó buena parte del proceso creativo a través de Internet. El otro llevó el poema a una película de casi tres horas, filmada íntegramente en IMAX, con barcos reales, mar abierto y la intención de que la aventura no solo pudiera verse, sino sentirse físicamente.
La pregunta inmediata parece inevitable: cuál de los dos fue más fiel a Homero. También es, quizá, la menos interesante.
La fidelidad no consiste únicamente en conservar escenas. Puede encontrarse en una contradicción, una idea o incluso en la manera de traicionar aquello que se adapta. EPIC mantiene más dioses, magia y parte del ingenio del episodio de Polifemo, pero inventa enfrentamientos, transforma personajes secundarios y organiza el viaje alrededor de una evolución moral ausente de esa forma en Homero. Nolan concede mayor peso a Ítaca, Penélope y las consecuencias del regreso, mientras reduce el mundo divino y despoja a Odiseo de buena parte de la astucia verbal que lo caracteriza.
El Odiseo homérico era polytropos: el hombre de muchos giros. Su grandeza no residía únicamente en soportar lo imposible, sino en saber transformarse ante ello. Mentía, inventaba nombres, se disfrazaba, calculaba. Podía ser cruel y afectuoso casi sin contradicción, porque Homero nunca necesitó que sus héroes fueran moralmente cómodos.
En la cueva del cíclope, por ejemplo, Odiseo vence primero con la palabra. Se hace llamar “Nadie”, emborracha a Polifemo y consigue que el lenguaje proteja su huida. Cuando ya parece estar a salvo, grita su verdadero nombre. Su inteligencia lo salva; su orgullo le entrega a Poseidón la dirección exacta donde encontrarlo.
Rivera-Herrans reconoce a ese hombre, pero necesita romperlo de otra manera.
El Odiseo de EPIC comienza convencido de que existe una frontera entre sobrevivir y convertirse en aquello que teme. A su alrededor, varios personajes funcionan casi como posibilidades morales. Polites cree en recibir el mundo con los brazos abiertos; Atenea privilegia estrategia y eficiencia; Poseidón convierte la crueldad en doctrina. En medio queda Odiseo, obligado a decidir cuánto de sí mismo puede sacrificar sin dejar de ser el hombre que Penélope espera.
Por eso la muerte de Polites adquiere un peso que no posee en Homero. No desaparece con el personaje: permanece como una idea que ya nadie puede defender por él. Después llegan Poseidón, Tiresias, las sirenas, Escila, Euríloco y Zeus. Cada encuentro regresa, desde un lugar diferente, a la misma pregunta: ¿hasta dónde puede llegar alguien para sobrevivir y continuar llamándose humano?
EPIC no esconde esa arquitectura. La canta.
La música permite que la obra recuerde por sus personajes. Una melodía vuelve deformada; una frase pronunciada por un enemigo reaparece en boca de Odiseo; un timbre advierte que algo ha cambiado antes de que la historia lo confirme. Los leitmotivs funcionan como cicatrices: regresan, pero nunca exactamente iguales.
Así ocurre también con la crueldad. Primero es advertencia, después posibilidad y finalmente lenguaje.
Poseidón resulta esencial. En Homero es la presencia divina que castiga a Odiseo por haber cegado a su hijo; en EPIC, Rivera-Herrans le entrega cuerpo, voz y filosofía. No es solo el dios que impide el regreso, sino quien intenta convencerlo de que la misericordia puede convertirse en un lujo peligroso para quien pretende sobrevivir. Cuando ambos terminan enfrentándose físicamente, la distancia entre héroe y monstruo ya no parece tan sencilla.
Nolan hace casi lo contrario.
Su Poseidón no necesita aparecer. Está en el agua, el viento y aquello que puede ser castigo divino o simple consecuencia. Si Rivera-Herrans personifica el destino hasta permitir que Odiseo pueda golpearlo, Nolan lo convierte en incertidumbre: nunca sabemos del todo si el protagonista combate contra un dios, contra el mar o contra todo aquello que hizo antes de embarcarse.
Porque su Odiseo no necesita aprender a convertirse en monstruo.
Viene de Troya.
Ahí cambia casi todo. Rivera-Herrans construye un hombre que se endurece durante el camino; Nolan parte de otro que ya trae consigo la violencia. El caballo de Troya deja de ser solo una demostración legendaria de inteligencia militar y adquiere el peso de una culpa originaria. Sinón y la destrucción de la ciudad ensucian la victoria. Ya no se trata únicamente de cuánto debe hacer Odiseo para regresar, sino de qué clase de hombre merece volver después de ganar una guerra de esa manera.
Incluso Polifemo evidencia esa diferencia. EPIC conserva el juego verbal y permite que el enfrentamiento continúe siendo una batalla de inteligencia. Añade, además, una decisión decisiva: Odiseo puede matar al cíclope y no lo hace. Su misericordia parece demostrar que todavía conserva cierta humanidad, hasta que revelar su identidad convierte aquel gesto en el principio de la catástrofe.
Nolan reduce ese mecanismo. Su Polifemo es más físico, animal, cercano al horror que al adversario de un duelo de astucia. La victoria deja de sentirse particularmente ingeniosa; lo que permanece es otra escalada de violencia.
De ahí que ambas obras parezcan matar al mismo héroe de formas diferentes. Rivera-Herrans destruye progresivamente la inocencia que le ha concedido. Nolan destruye algo quizás más incómodo: la certeza de que regresar basta para recuperar aquello que se dejó.
Ítaca es donde esa diferencia termina de revelarse.
En EPIC, Odiseo vuelve, pero la casa no borra cuanto ocurrió fuera de ella. El hombre que llega no es el que salió. Ha sacrificado compañeros, elegido sobrevivir cuando otros debían morir y aprendido a utilizar la misma brutalidad que alguna vez temió. Por eso su verdadero reconocimiento no ocurre cuando demuestra quién es, sino cuando pregunta, en esencia, si todavía puede ser amado siendo aquello en lo que se ha convertido.
Penélope responde desde uno de los secretos más íntimos del poema homérico: la cama construida alrededor del olivo. EPIC conserva ese elemento y lo utiliza para cerrar su conflicto. Ítaca no devuelve a Odiseo la inocencia. Penélope tampoco lo absuelve mágicamente. Lo reconoce.
Y ser reconocido, después de haber dejado de reconocerse uno mismo, parece suficiente.
Nolan es menos indulgente. Su Odiseo mata a los pretendientes y recupera a Penélope, pero no el trono. Telémaco hereda el reino y el héroe parte nuevamente junto a su esposa. El regreso ocurre; la restauración, no. Volver a casa no obliga a la casa a permanecer detenida esperando exactamente al hombre que se marchó.
Es probablemente la ruptura mayor entre las dos versiones y, a la vez, el lugar donde mejor se encuentran. Ninguna entiende el regreso como una marcha atrás.
También por eso Penélope resulta fundamental. Ambas adaptaciones modifican o eliminan buena parte de las relaciones sexuales que el Odiseo homérico mantiene durante el viaje. Circe deja de ser amante; Calipso pierde o transforma esa dimensión; la fidelidad emocional hacia Penélope se fortalece. Se simplifican así algunas contradicciones del héroe original, pero se revela también qué clase de personaje romántico construye nuestra época: uno cuya brújula moral puede desviarse casi hasta romperse, pero continúa apuntando hacia casa.
Existe además una diferencia que pertenece menos a Odiseo que a la forma de narrarlo.
EPIC necesita que recordemos sonidos. Allí la música no acompaña la historia: es la historia. Una melodía contiene información, un ritmo puede pertenecer a una idea y el regreso de un motivo convierte el pasado en presencia.
Nolan utiliza el sonido de otra manera. Bronces, percusión, voces, instrumentos antiguos reconstruidos, objetos metálicos y sintetizadores forman un paisaje que busca darle peso al mundo. Si EPIC hace que una memoria vuelva convertida en melodía, Nolan necesita que el mar tenga volumen, el barco pese y Troya haga ruido.
Uno musicaliza la memoria.
El otro sonoriza la materia.
Por eso resulta poco útil decidir cuál entiende mejor a Homero. Ambos lo desobedecen, lo simplifican y encuentran zonas que el otro pierde. EPIC conserva con mayor entusiasmo los dioses, la magia, al Odiseo estratega y una tripulación cuyas muertes transforman al protagonista. Nolan encuentra mayor espacio para la política de Ítaca, Penélope, las consecuencias de Troya y la pregunta sobre qué ocurre con el héroe cuando termina la guerra y alguien debe vivir entre las ruinas de su victoria.
Quizás allí se encuentre la fidelidad que importa.
La Odisea nunca ha sido únicamente la historia de un hombre que tarda demasiado en llegar a una isla. Es también la distancia entre quien parte y quien consigue regresar. El mar ocupa ese espacio, pero también la muerte, el deseo, el orgullo, la memoria y todo aquello que puede ocurrirle a una identidad mientras intenta encontrar otra vez el camino hacia casa.
Rivera-Herrans convierte esa distancia en transformación: para alcanzar Ítaca, Odiseo mira al monstruo tantas veces que termina descubriendo sus propios rasgos en él.
Nolan la convierte en responsabilidad: sobrevivir al viaje no concede automáticamente el derecho a reconstruir la vida en el punto exacto donde quedó interrumpida.
Uno pregunta qué debe sacrificar un hombre para llegar a casa.
El otro, qué puede reclamar cuando finalmente llega.
Quizás por eso, después de dioses, cíclopes, sirenas, cadáveres, canciones y mares inmensos, las dos historias terminan dependiendo de algo mucho más pequeño: alguien esperando al otro lado.
Porque Ítaca nunca fue solamente una isla.
Puede ser una cama construida alrededor de un árbol. Una mujer que conoce un secreto. Un hijo que ya creció. Un reino capaz de continuar sin su antiguo rey. Aquello que permanece cuando todo lo demás ha cambiado.
Odiseo consigue volver en las dos historias, pero ninguna le permite regresar hacia atrás.
EPIC le concede algo parecido a la aceptación.
Nolan le entrega otra partida.
Y entre ambas posibilidades permanece el mismo hombre, todavía navegando: demasiado cambiado para ser aquel que salió de Ítaca y demasiado aferrado a ella para convertirse por completo en alguien distinto.
