Las 85 lunas de Elías
- Por Isabel Hechavarría Hernández
- Hits: 161

Hay instantes en que la realidad parece aflojar sus bordes. Una caminata deja de ser únicamente una caminata; una piedra, un árbol detenido bajo la tarde o la luz quebrándose sobre cualquier superficie adquieren una gravedad distinta. El mundo continúa en su sitio, pero algo ha cambiado en la mirada. Elías Daniel Rodríguez Velázquez reconoce allí uno de los posibles nacimientos de la poesía: en ese segundo impreciso en que lo cotidiano abandona su costumbre y comienza a revelar otra forma de existencia.
Para él, lo poético no habita únicamente en lo extraordinario. Puede esconderse “desde una roca hasta la mirada a un atardecer”. Está en todas partes y, al mismo tiempo, no aparece siempre. Hace falta cierta disposición, una grieta repentina en la percepción. Elías recuerda entonces a Lu Ji, poeta chino del siglo III, cuya concepción de la escritura le resulta particularmente cercana. “La poesía no tiene definición ninguna, es inexacta”, sostiene. A falta de otra palabra, habla de un golpe: un breve desprendimiento de la realidad, una sacudida íntima que suele encontrarlo mientras camina, cuando el cuerpo avanza y la mente parece quedarse escuchando otra cosa.
Quizás por eso su relación con la escritura se parece menos a la búsqueda deliberada que al reconocimiento. El poema no siempre llega cuando se le llama. A veces ocurre mientras no está escribiendo, mientras atraviesa una calle o contempla algo que, para los demás, podría pasar inadvertido. Es entonces cuando el exterior toca una fibra escondida y deja detrás una imagen, una pregunta o apenas una sensación difícil de nombrar.
Poeta y cuentista, miembro del taller literario Unidos por el agua, conducido por Luis Manuel Pérez Boitel, y de la Asociación Hermanos Saíz, Elías posee actualmente tres poemarios y trabaja en un cuarto. Sin embargo, reunir poemas no significa necesariamente tener un libro. Un poemario, piensa, necesita una respiración común, una corriente secreta capaz de pasar de un texto a otro sin desaparecer entre las páginas. Lo descubrió durante la construcción de uno de sus cuadernos. Los poemas estaban allí, pero el libro todavía no. Faltaba el hilo que los hiciera reconocerse entre sí. Tuvo entonces que regresar, mover piezas, encontrar correspondencias y reconstruir el camino hasta descubrir que todo había comenzado con un solo poema. Desde aquel punto inicial empezó a extenderse algo parecido a una hebra narrativa. “Tiene que haber un enlace”, explica. No necesariamente una historia, sino una afinidad profunda, una música interior capaz de convertir muchas voces dispersas en un solo cuerpo.
En esa arquitectura también necesita del contrario. El símbolo del yin y el yang aparece cuando intenta explicar la manera en que organiza sus libros: dos fuerzas que no se destruyen, sino que existen porque se enfrentan. Un poema puede encontrar su reverso en otro; una imagen luminosa puede necesitar una zona de sombra. Elías habla incluso de una “contrapoesía” o una “antipoesía”, como si todo libro necesitara escuchar también aquello que lo contradice.
Hay, sin embargo, dos presencias que regresan con mayor insistencia: la muerte y el tiempo. La primera nace del miedo. No de una idea distante, sino de una sensación física, cercana, algunas veces casi respirándole en la nuca. “A veces siento literalmente que voy a morir”, confiesa. Ese presentimiento termina filtrándose en sus poemas sin convertirse necesariamente en confesión. La muerte aparece como sombra, como sospecha, como ese conocimiento que acompaña al ser humano incluso cuando decide no mirarlo. El tiempo le provoca una inquietud semejante. Puede definirse desde la física, la filosofía o la experiencia, pero ninguna respuesta parece agotarlo. Está en todas partes y no puede tocarse. Avanza incluso cuando nadie lo observa. Quizás por eso ambos temas terminan encontrándose: el tiempo como medida de aquello que desaparece; la muerte como límite de aquello que alguna vez tuvo tiempo.
Su escritura, sin embargo, no nace únicamente de aquello que contempla. También su propia vida entra en los poemas, aunque evita hacerlo de frente. Desconfía de la literatura que se limita a trasladar una experiencia sin transformarla. “Siempre hay una parte verídica y otra parte que debemos crear”, explica. La memoria aporta el hueso, pero la literatura necesita construir alrededor de él otra carne. Para explicar esa distancia recurre a Dostoievski y a El idiota. Le interesa la manera en que una experiencia cercana a la muerte puede entrar en la ficción sin quedar adherida de forma literal al escritor. Lo vivido permanece, pero desplazado, oculto bajo otra voz. Elías prefiere ese mecanismo. Hay verdades que, en literatura, parecen conservar mejor su fuerza cuando se deslizan “por debajo de la puerta”.
Su relación con la literatura contemporánea parte, en cambio, de cierta inquietud. Como integrante de una generación muy joven de escritores, observa con preocupación parte de lo que se publica actualmente. No establece una frontera absoluta entre autores buenos y malos; insiste en que cada creador construye su propio estilo. Lo que teme es otra cosa: una literatura incapaz de dejar una herida, una pregunta, un eco. “Hay que revivir la literatura”, afirma.
Esa preocupación también ha moldeado su manera de leer. Elías escoge con cuidado aquello que permite entrar en su mundo creativo. Cree que las lecturas terminan sedimentándose en la escritura, incluso cuando no somos conscientes de ello. “Eres lo que lees”, dice. Cada libro deja alguna partícula detrás: una cadencia, una imagen, una manera de observar. Haber ejercido como jurado le ha añadido otra dimensión a esa relación. Leer para valorar obliga a detenerse en mecanismos que, como lector común, podrían pasar inadvertidos. También obliga a mirar las debilidades. Elías procura hacerlo sin convertir la crítica en una sentencia. Se reconoce tímido y evita que el desacuerdo estético termine pareciéndose a la humillación. Un poema puede no conmoverlo y seguir mereciendo respeto. El gusto, después de todo, no es una ley.
Con sus propios textos, en cambio, suele ser menos misericordioso. La corrección se ha convertido en una parte inseparable de su escritura. Algunos poemas llevan años cambiando de piel: palabras sustituidas, versos desplazados, imágenes que desaparecen para dejar lugar a otras. La escritura no termina cuando se coloca el último punto. A veces, apenas comienza allí su batalla más larga. Una idea escuchada recientemente se le quedó prendida: el escritor puede emplear unas horas en escribir y años enteros en rectificar. Elías parece reconocerse en esa sentencia. Siempre queda algo por modificar. “El escritor nunca logra reflejar lo que él quiere”, admite. Entre aquello que imagina y aquello que consigue escribir permanece una distancia imposible de cerrar del todo. Tal vez de ahí nazca también la necesidad de regresar: reescribir como quien intenta acercarse, una y otra vez, a una imagen que siempre retrocede unos pasos.
Ese rigor explica en parte la incomodidad que siente ante sus primeros poemas. Nacieron bajo una influencia romántica muy marcada, de la que hoy se mantiene en guardia. La cursilería se ha convertido casi en una alarma dentro de su proceso creativo. No porque quiera expulsar el sentimiento de la poesía, sino porque le interesa encontrar formas menos gastadas de nombrarlo. Hay metáforas que pertenecieron plenamente a otros siglos y emociones que necesitan, en cada época, inventar otra lengua.
La poesía, piensa, tiene precisamente esa capacidad de mutar. Entre los géneros literarios, la percibe como uno de los territorios más libres: puede desprenderse de la narración, quebrar la sintaxis, abandonar una historia antes de terminarla o sostenerse únicamente sobre la fuerza de una imagen. Y en ese punto su concepción del género se vuelve casi una declaración de principios.
“La poesía no lleva interpretación, lleva imágenes. La poesía es imagen”.
No significa que un poema esté vacío de sentido, sino que su sentido no siempre necesita presentarse de forma inmediata. Una imagen puede llegar antes que la explicación. Puede incluso permanecer sin ella. Leer poesía supone aceptar ese pacto: entrar sin exigir que todas las puertas conduzcan a una habitación conocida. Por eso defiende también el derecho al desconcierto. Algunos poemas pueden exigir cultura, referencias o incluso un diccionario cerca; otros encuentran su fuerza en una sencillez casi desnuda. Lo importante, para él, es no violentarlos buscando una respuesta única. A veces basta con permitir que una imagen conduzca hacia otra y dejar que el poema termine donde quiera terminar.
Los reconocimientos han comenzado a acompañar ese recorrido. En 2025 obtuvo el Premio de Poesía Adelaida del Mármol y el segundo premio de poesía Regino Pedroso. Sin embargo, cuando habla del futuro, los premios ocupan un sitio menor. Hay algo que parece preocuparle mucho más: la manera en que podría permanecer después de sus libros.
No quiere ser recordado desde una altura. Quiere que, si algún día alguien reúne sus textos para intentar descubrir quién fue Elías Daniel Rodríguez Velázquez, encuentre “a un humilde muchacho”. Alguien interesado menos en el prestigio que en compartir aquello que alguna vez necesitó decir. Le resulta extraño incluso cuando, en la calle, alguien lo reconoce y lo llama poeta. A veces escucha la palabra y duda durante unos segundos: “¿Seré yo un poeta?”.
La pregunta contiene algo más que inseguridad. También una manera de permanecer a cierta distancia de la solemnidad que suele rodear a la literatura. Elías no quiere convertirse en una figura inmóvil dentro de su propia obra. Prefiere conservar la posibilidad de dudar, corregirse, equivocarse, volver sobre lo escrito. Quizás porque entiende que ningún libro logra contener completamente a quien lo escribe.
Siempre queda algo fuera. Lo demás pertenece al lector.
Y acaso allí resida una de las libertades que Elías encuentra en la poesía: en no tener que explicarlo todo. En dejar una puerta abierta hacia algo que no necesita ser nombrado. En permitir que, por un instante, una imagen nos saque del lugar donde estábamos y nos devuelva después ligeramente distintos.
Como ese golpe del que habla.
Como la poesía.
