Onelio: puro cuento
- Por Alionuska Vilche Blanco
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Foto: Alexis del Toro
Desde que era adolescente coincido con el humorista Onelio Escalona en las peñas artísticas de la ciudad y en los eventos de artes visuales que se celebran anualmente, así como en sus exposiciones y presentaciones teatrales. En estos espacios tuvimos la oportunidad de conversar en disímiles ocasiones. No sabe que su figura, desde que nos conocimos en aquella primera exposición de artes plásticas que cubrí para este periódico, me provocaba cierta curiosidad debido a su carácter inquieto, la expresión alegre que casi nunca abandona y esa actitud jaranera suya que le permite a uno reír hasta de lo que bien podría generar llanto.
La entrevista estaba prometida desde hacía mucho tiempo, pero cuando le dedicaron el Salón Municipal de Artes Visuales El Angelote, tuvimos la oportunidad de concretar el encuentro. Habíamos caminado muchísimo en busca de un lugar tranquilo en el cual pudiéramos conversar. El diálogo se extendió por horas que nos permitieron recorrer casi toda su vida profesional, pero lean esto solo como una aproximación a su labor creativa, imposible contarles las más de tres décadas.
—Si escribiera una obra basada en su propia vida, ¿qué título le pondría?
La cafetería de la Casa de Iberoamérica se hizo pequeñísima cuando Onelio abrió los ojos desmesuradamente. Imaginé a este personaje inflándose y desinflándose por toda la escena antes de que la casa y él volvieran a sus dimensiones naturales.
— ¡Ahora sí que me la pusiste en China!— dijo, antes de responder:— ¿Mi vida? Puro cuento.

Nació en Coloradita, un barrio rural de Niquero, Granma, rodeado de personajes ocurrentes. A los nueve años, al mudarse al pueblo, descubrió las caricaturas de Chevo (Eusebio Gutiérrez Saborit). Él sembró en Onelio la semilla de la vocación caricaturesca que germinó felizmente en la Casa de Cultura de Niquero, donde nadaba en un mar de materiales que hoy son inimaginables: óleo, acuarela, témpera, pinceles, cartulina Canson.
A los dieciocho años dejó Niquero. Estudió teatro en el Yarey, pero el llamado de la plástica era más fuerte. Se fue a La Habana, a la Facultad de Arte del Instituto Superior Pedagógico. Sintió el desbalance frente a compañeros que venían de academias, pero encontró el apoyo de algunos como Alexander Lobaina. Luego llegó el Período Especial. Para la mayoría de los cubanos, aquellos años noventa fueron sinónimo de carencias extremas. Para este humorista, fueron el laboratorio donde descubrió su voz artística. O al menos, una parte fundamental de ella.
—Como no había en Telecristal recursos para hacer máscaras, acudí a la posibilidad del papel maché. Y descubrí, que se podían crear esas cosas. De no haber existido Caricare, Clave de Sol, y el Período Especial, jamás, hubiera hecho una estatuilla de esas.

Esas estatuillas —que él llama "retraturas", una simbiosis entre retrato y caricatura— se han convertido en una de sus señas de identidad. Piezas tridimensionales hechas con papel maché que capturan la esencia de personajes populares con un humor.
— ¿Y vendes esas piezas?
—No vendo ninguna. Quien quiera, se la regalo. O se la roba.
— ¿Te han robado?
—Una exposición mía compuesta por estas estatuillas se exhibía en julio del año pasado en la Galería Holguín. Un día me llama Roilán, que es una persona a la que respeto muchísimo por el trabajo que ha hecho. Y le digo: '¿Qué pasó? ¿Se rompió la pieza?'. Dice: '¿Peor? Se la robaron'. Y yo lo escuché tan abatido por el asunto... Es un hombre que tiene vergüenza. Ese día comprobé hasta qué grado. Tenía vergüenza de verdad y le dije: 'Hermano, gracias de corazón a ti y a la institución'. Creo que se quedó asombrado, no sabía por qué le decía aquello. Entonces le dije: 'Gracias a eso, estoy en el selecto club de las personas cuyas obras han sido robadas'.
Pero él ya pertenecía desde hacía un tiempo a ese club.
— Me robaron una caricatura. Pasaron los años, fui a la casa de una figura notable de esta ciudad —no voy a decir quién, elemental principio— y estaba en la pared. Y le dije: 'Gracias por recuperar la pieza que me robaron. Ni me digas quién fue'.
Afirma que estos hechos, de alguna manera, lo hacen feliz, porque significa que a la gente le gusta su trabajo, tanto como para llevarlo a casa.

También en aquellos años conoció a Carlos Jesús García, Carlin. Gracias a él, le dio coherencia a lo que hacía como humorista. Lo acercó a Aquiles Nazoa, a Eduardo del Llano, a un humor satírico y parabólico que no necesitaba ser vulgar, y de ahí que el 25 de noviembre de 1995 naciera Caricare, el dúo que junto a Mireya Abreu lo llevaría a giras por México y Venezuela, y a recibir varios premios.
Hoy Onelio es también profesor. En la Escuela de Instructores imparte Diseño Teatral y Atrezo (realización de máscaras, elementos de utilería) y un taller de dibujo caricaturesco. En el ISA trabaja Iniciación al trabajo actoral, Actuación y Expresión Corporal para estudiantes de canto lírico.
—Un cantante tiene que saber actuar también. Tiene que irradiar energía, que esté a tono lo que está cantando con la actitud escénica que asume. Hace poco llevé a dos alumnos a una cola para el cajero automático. En medio de aquella multitud de personas agobiadas por la espera, le dije a una estudiante: 'Tú vas a pasar cantando de allá para acá'. Ella entró cantando lírico a pulmón, como si estuviera en un teatro. Se fue haciendo un silencio. Todo el mundo mirando. Cuando terminó, el aplauso fue tremendo. Repetimos la experiencia en la cola de Etecsa, esta vez con un dúo. Estaban caldeados los ánimos, algunos querían colarse, otros no alcanzaron líneas, pero los muchachos modificaron el ambiente. Estas experiencias ayudan a que se comprometan con la labor artística. Como profe me ayudan a vivir, espiritualmente me alimento, me olvido de los problemas.

Carlin y los años le pusieron los libros en las manos. Hoy cuenta con varias publicaciones: Caricare en Clave de 12, El chiste sí tiene vuelto, y Quien bien te quiere te hará reír. Confiesa que ahora le ha invadido la necesidad de escribir literatura.
— No soy cuentista, es un atrevimiento mío. Tengo algunos cuentos, uno de esos es La ventana. La historia de un hombre llamado Jesús, hijo de María, que nace en un chiquero, porque su madre cae sobre una puerca preñada. Del golpe, ambas paren simultáneamente. El niño cae en el chiquero y mama de la ubre de la puerca. La puerca, en lugar de lechoncitos, pare una ventana de pinotea. Eso es surrealismo puro. Una poderosa carga satírica, un final inesperado. Pero estoy consciente de que si lo leyera un escritor de verdad diría: 'Esto no sirve', pero es un gusto mío.
— ¿Cómo dialogan entre sí tus caricaturas, esculturas, la escritura, el teatro?
—En el caso del teatro, que es una manifestación donde convergen varias, uso en mis espectáculos la parte de la plástica a partir de los diseños que yo mismo hago, la realización de las máscaras como atrecista, la parte literaria por los guiones que escribo. De alguna manera, todos se complementan en un todo único que es el espectáculo como tal.

Sobre el estado del humor en Cuba comenta:
—Ahora mismo en la televisión cubana no hay ningún programa humorístico. La radio, que tuvo Alegrías de Sobremesa, ya no está. Los eventos nuestros están detenidos por las circunstancias económicas. Hoy es casi imposible sostener una programación en un teatro porque los apagones no lo hacen posible. Tampoco las publicaciones humorísticas viven su mejor momento. Ya no existe aquello del Dedeté, Palante sale con una tirada simbólica, desaparecieron Vigilita, Zunzún, las historietas de Cecilio Avilés... Pero tengo fe absoluta en que vendrán tiempos mejores. Se volverá a publicar humor, historietas y todo. Eso vendrá de nuevo.
