José Martí, tiempo para la palabra y tiempo para la acción
- Por Redacción ¡ahora!
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Hay soles que se niegan al ocaso porque iluminaron una verdad tan honda que el tiempo no alcanza a apagarla. 131 años después, la hierba del potrero oriental guarda en sus raíces la sangre de un hombre que no amaba la guerra, pero que un día montó su caballo y fue a buscarla porque entendió, con la lucidez de los profetas, que hay paces que son mentira y guerras que son sagradas.
José Martí, el mismo que escribió “con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar”, fue un sembrador incansable de concordia entre los hombres. Quien recorra sus páginas encontrará un mandato que parece latido: “La paz es la dicha de los pueblos”. Lo dijo en Nueva York, en Tampa, en las noches frías del destierro mientras organizaba un levantamiento que él hubiera preferido evitar. Porque Martí no soñaba con cuarteles: soñaba con escuelas; no celebraba los fusiles: celebraba la palabra. Bastaría asomarse a su discurso del Liceo Cubano, aquel que llamó “Con todos y para el bien de todos”, para tocar con las yemas de los dedos su anhelo profundo de una República donde el puñal y el odio no tuvieran morada.
Pero el Apóstol sabía con certeza que la paz no es un regalo que cae del cielo, sino una conquista de los hombres dignos. “La guerra es un recurso extremo”, dejó escrito, “pero cuando un pueblo la hace con el alma puesta en la libertad, no hay crimen en sus disparos, sino redención”. Esta es la médula de su pensamiento: los pueblos tienen derecho a levantarse cuando la paz que les ofrecen es una paz de establos, una paz de cadenas disimuladas, una paz donde el amo sigue siendo amo y el esclavo solo ha cambiado de nombre.
En la carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado —ese testamento político dictado a lomo de mula, el día antes de caer— Martí desnudó su guerra: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber… de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. No era la confesión de un belicista; era el diagnóstico de un estadista que veía amenazado el equilibrio del mundo. Llamaba a “la guerra necesaria”, no a la guerra ambiciosa; a la que pondría un dique de repúblicas libres frente al avasallamiento imperial, no a la que enriquecería a unos pocos con el sudor de muchos.
Hay que imaginar la agonía íntima del poeta que organizó una contienda sin odios, que prohibió los ataques a los españoles pacíficos, que repetía: “El español bueno es mi hermano, y la guerra la hacemos solo contra los que oprimen”. Martí fue un soldado sin estómago para la sangre: su trinchera verdadera fue el verbo, y si empuñó el revólver fue porque la palabra sola ya no alcanzaba a romper el yugo. Como Bolívar antes, como Sandino después, entendió que la paz universal es un horizonte, pero que para alcanzarlo hay que expulsar primero a los que incendian la casa.
Los niños cubanos aprenden hoy, en las aulas que llevan su nombre, aquella máxima que resume todo: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre”. Pero igual aprenden, cuando crecen, que la libertad no se mendiga ni se recibe en bandeja de plata: la libertad se defiende, a veces con el pecho descubierto, a veces con el machete en alto, a veces con la pluma que desenmascara al poderoso. Martí no predicó el pacifismo inerte; predicó la paz que nace de la justicia, y cuando la justicia fue negada, predicó el deber sagrado de alzarse.
131 años después de aquel mediodía, mientras el mundo se debate entre guerras de rapiña y pueblos que reclaman su derecho a existir, la voz de Martí retumba con una vigencia estremecedora. “Los pueblos viven de la savia que les da la independencia”, sentenció. Y en esa savia está la raíz de su legado para las naciones del Sur: no hay paz sin soberanía, no hay soberanía sin justicia, no hay justicia sin la disposición heroica de defenderla.
Hoy, 19 de mayo, cuando un pionero cubano deposita una flor ante su estatua, no ofrenda solo al poeta que escribió Los zapaticos de rosa; ofrenda también al hombre que, habiendo sido el apóstol de la concordia, cayó con el sol en la cara, porque supo que había un tiempo para la palabra y un tiempo para la acción, y que la paz más alta es aquella que los pueblos conquistan con las manos libres.
