13 de Marzo: 69 años después, la misma valentía
- Por Liban Fernando Espinosa Hechavarría
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Cuando uno se para hoy, móvil en mano, frente al antiguo Palacio Presidencial —ahora Museo de la Revolución—, es difícil imaginar el fragor de la metralla que un 13 de marzo de 1957 sacudió sus paredes. Para un joven del 2026, acostumbrado a la inmediatez de las redes sociales, hablar del asalto a ese edificio y de la toma de Radio Reloj podría parecer una clase de historia más. Pero si rascamos la superficie, descubrimos que aquella gesta no es un capítulo polvoriento, sino un espejo donde mirarnos.
Hace 69 años, un puñado de jóvenes, con edades entre los 18 y los 25 años, decidieron que ya estaba bien. José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, y los miembros del Directorio Revolucionario no eran superhéroes de película; eran jóvenes estudiantes, que iban a la universidad, que soñaban, reían y tenían una vida por delante. Pero tenían algo que no se podía postergar, el compromiso inquebrantable con su país. No les movía el like, ni el reconocimiento fácil. Les movía la dignidad ultrajada por la dictadura de Fulgencio Batista.
Esa tarde, mientras un comando de 50 jóvenes se colaba en la mismísima guarida del tirano en furgonetas de una empresa de mensajería, otro grupo, liderado por el propio José Antonio, ocupaba los estudios de Radio Reloj . ¿El objetivo? Ajusticiar al dictador y lanzar un mensaje al pueblo: había que despertar.
Y aquí es donde la historia se vuelve profundamente actual. José Antonio, en la cabina de Radio Reloj, alcanzó a decir: «¡Pueblo de Cuba! En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista...». Su alocución fue cortada, y minutos después, caía acribillado a los 24 años junto a la Universidad de La Habana. Su voz se apagó, pero su mensaje, ese «tic-tac» que marcaba los segundos de la historia, sigue resonando.
¿Qué nos dice ese «tic-tac» a los jóvenes de hoy? Nos dice que la valentía no tiene edad. Nos dice que, en un mundo donde a veces nos quieren hacer creer que lo único que importa es el consumo o el éxito individual, hubo quienes lo dieron todo por un ideal colectivo. Nos dice que, como afirmó nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, fue un acto de «extraordinaria audacia y valentía» , pero también un acto de amor. Amor por una Cuba libre, concepto que entonces significaba derrocar una tiranía y que hoy, para nosotros, significa luchar contra el desaliento, contra la mediocridad, contra todo lo que nos quiera robar el futuro.
Estos jóvenes no esperaron a tenerlo todo resuelto para actuar. Con planos imperfectos, con fallos e imponderables, como la escalera secreta por la que huyó Batista o la retirada que nunca llegó, se lanzaron a la pelea. Su sangre, como dijo José Antonio en su testamento político, señaló el camino hacia la libertad del 1ro de enero de 1959.
Hoy, en un contexto totalmente diferente, los jóvenes cubanos tenemos nuestros propios combates. Son las batallas diarias por construir un proyecto de vida, por innovar, por mantener viva la cultura, por defender la soberanía y por no rendirnos ante las dificultades.
Recordar el 13 de marzo no es solo un acto protocolario de poner una ofrenda floral. Es entender que la historia la escriben personas de carne y hueso. Es entender que, como a aquellos muchachos del '57, nos toca a nosotros ser los protagonistas de nuestro tiempo. Que no vale sentarse a esperar. Que la patria no es un concepto abstracto, sino algo que se construye, se defiende y se mejora cada día.
Que la sangre de José Antonio y de los mártires del Directorio no señale un camino de luto, sino de acción. Porque, como duele comprobar cada 13 de marzo, los jóvenes de ayer cayeron para que los de hoy tengamos un país por el cual luchar. Y en esa lucha, su ejemplo es más vivo y necesario que nunca. Como dijera aquel locutor: «Pueblo de Cuba...». Hoy, juventud de Cuba, el micrófono y la responsabilidad están en nuestras manos.
