Byrne de bandera y violín
- Por Reynaldo Zaldívar
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Cada 3 de marzo, mientras se celebra el Día del Poeta Cubano en honor al natalicio de Bonifacio Byrne, pocos sospechan que ese mismo día celebramos a dos hombres distintos bajo un mismo nombre.
Uno es el Byrne que todos creemos conocer: el de la bandera que, aún desecha en menudos pedazos, sabrán defender los muertos por la Patria, y el Byrne impredecible, urbano, aquel que algunos ensayistas como Francisco Morán, profesor emérito de Literatura en Southern Methodist University, define de tonalidad lúdica, el modernista visionario que supo dialogar con Baudelaire y Rimbaud desde una isla que aún no estaba lista para sus textos.
Julián del Casal vio en él a un alma gemela. Lejos de criticar su exotismo, lo defendió. Afirmó que Byrne había logrado algo excepcional: "conservar íntegra su personalidad" en medio del ruido del periodismo y la política. Para Casal, esa capacidad de ser extraño era, precisamente, la esencia del verdadero artista.
Y es que, como señala la investigación académica actual, Byrne fue un lector voraz de Víctor Hugo, Baudelaire y Rimbaud. En poemas como "Analogías" o "El monarca", se percibe esa búsqueda de las "correspondencias" baudelerianas, esa conexión secreta entre el perfume, el color y el sonido que tanto fascinó a los simbolistas franceses.
La crítica ha debatido durante años sobre el lugar de Byrne en el canon. Mientras que para figuras como Cintio Vitier o Lezama Lima, su verdadero valor reside en esa etapa modernista, para el público general sigue siendo el poeta de la guerra. Y quizás ahí resida su grandeza: en la dualidad. Fue el hombre que fundó clubes revolucionarios en Tampa y trabajó como lector de tabaquerías en el exilio, pero también el que, presa de la bohemia, escribió sobre muebles que guardaban secretos y alcobas habitadas por espectros.
Byrne nació un 3 de marzo, y por eso en su fecha celebramos a todos los poetas cubanos. Pero al celebrarlo, celebramos también esa capacidad de ser múltiple. En "Excéntricas", hay un poema titulado "El diablo" donde aparece un violín "diminuto y encarnado". Es una imagen extraña, erótica y lúdica. Es el Byrne que no enarbola banderas, sino que toca música en la penumbra.
Quizá ha llegado la hora de, como lectores, dejar descansar un rato al Byrne cotidiano y prestar atención a ese otro violín. El que suena solo de noche y nos invita a descubrir a un poeta más íntimo, más humano y, si se lee con cuidado, con la misma frescura que un poeta contemporáneo.
