Dos

  • Hits: 72

6dos poesia 1

De todos los muchachos que estaban allí, apenas dos parecían escuchar verdaderamente. Una niña que recordaba Che Comandante, de Nicolás Guillén, y un niño que conocía la historia de Pinocho. Los demás permanecían hundidos en sus sillas, entretenidos en conversaciones discretas o en ese universo particular al que los adolescentes saben retirarse incluso cuando tienen a alguien hablando frente a ellos.

Pensé entonces que el arte nunca había sido un asunto de unanimidades. Ni siquiera entre quienes lo amamos conseguimos coincidir en aquello que nos conmueve. Hay libros capaces de cambiarnos la vida que otros abandonan antes de llegar a la mitad. Hay poemas que nos dejan indiferentes hasta que un día, por razones que no conseguimos explicar, sus palabras encuentran dónde dolernos.

Quizás por eso no me pareció un fracaso que solo dos prestaran atención. Al contrario. Si entre veinte muchachos había dos que encontraban algo valioso en aquella conversación, el encuentro ya tenía una razón para existir.

Era la mañana del 14 de octubre. Como parte de la Jornada de la Cultura Cubana, Eliel Gómez, José Poveda y Luis Yussef participaban en el panel «65 años de la UNEAC: Aportes de la literatura holguinera al sistema cultural cubano». Frente a ellos, un grupo de estudiantes de séptimo grado pertenecientes a la escuela secundaria Juan José Fornet Piña escuchaba, con mayor o menor entusiasmo, las historias de tres hombres que habían dedicado buena parte de sus vidas a la cultura.

La conversación terminó recorriendo territorios personales. Se habló de la educación de los sentimientos, de la importancia de formar un criterio propio y de cuánto puede enseñarnos la literatura acerca de nosotros mismos.

Eliel Gómez defendió la necesidad de distinguir el valor artístico y recordó que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. También implica cultivar la sensibilidad, aprender a reconocer lo que merece nuestra atención y desarrollar una conciencia capaz de acompañarnos cuando ya no tengamos a nadie diciéndonos qué camino tomar.

Para explicarlo recurrió a Pinocho, a la escuela que el muñeco abandonó seducido por las promesas del gato y la zorra, y a esa voz interior que tantas veces preferimos ignorar. Fue entonces cuando uno de los estudiantes comenzó a responder sus preguntas. Entre tantas miradas distraídas, aquel niño parecía seguir el hilo de la historia.

Después habló Luis Yussef y, sin proponérselo, me devolvió a mis años de secundaria. Contó que había sido un muchacho extremadamente tímido, que le costaba relacionarse con sus compañeros y que encontraba en la lectura una manera de sobrellevar aquellos años. Mientras los demás aprovechaban el recreo, él permanecía en el aula, leyendo cuanto podía durante aquellos veinte minutos. 

Me reconocí inmediatamente.

dos poesia 2

Yo también había sido esa niña. Mientras mis compañeros parecían encontrar una alegría inexplicable en batirse unos a otros sobre la yerba de la escuela, yo prefería el silencio del aula vacía y los cientos de páginas que me esperaban sobre la mesa. Allí conocí los pasillos de Hogwarts de la mano de Harry Potter, recorrí las profundidades del océano en Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, y descubrí el universo familiar, político y fantástico de La casa de los espíritus, de Isabel Allende.

Afuera había gritos, carreras y uniformes manchados. Adentro, yo tenía mundos enteros a mi disposición. Nunca sentí que estuviera perdiéndome demasiado por quedarme allí. Al contrario, mientras los demás disfrutaban de aquellos minutos de libertad, yo encontraba la mía entre las páginas de un libro.

Quizás por eso, al escuchar a Luis Yussef, sentí que alguien estaba contando una parte de mi propia adolescencia. Habían pasado muchos años desde sus recreos y algunos menos desde los míos, pero los dos habíamos descubierto que, a veces, un aula vacía podía estar mucho más llena de vida que el patio de una escuela.

Lo curioso es que terminó estudiando Química Pura en la Universidad de Oriente. La literatura, sin embargo, permaneció a su lado. No siempre elegimos aquello que terminará definiéndonos. A veces creemos estar tomando un camino distinto y descubrimos, muchos años después, que nunca abandonamos del todo el primero.

José Poveda también regresó a sus años de formación. Recordó su experiencia como profesor, en la secundaria Fornet, sus lecturas en diferentes idiomas y el esfuerzo que le supuso recuperar la escritura en español después de una etapa profundamente vinculada a la lengua rusa. Habló de aquellos escritores holguineros que llevaban sus libros debajo del brazo, cuando publicarlos era una posibilidad distante, y de cómo la organización contribuyó a crear espacios para la literatura en la ciudad.

En sus recuerdos había algo que ninguna enumeración de logros institucionales habría podido transmitir con la misma claridad: detrás de la historia cultural de Holguín existen personas que han dedicado años a escribir, enseñar, publicar y defender aquello en lo que creen, incluso cuando las circunstancias no han sido favorables.

Entre las intervenciones volví a mirar a la niña que había mencionado a Guillén. Más tarde pude conversar brevemente con ella. Me contó que le gustaba mucho leer y que por aquellos días estaba disfrutando Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. El libro se lo había regalado su mamá.

Me gustó especialmente ese detalle. Quizá un día olvide buena parte de sus páginas. Quizá lo conserve durante años. Lo importante era que alguien había puesto una historia en sus manos y ella había decidido abrirla.

Entonces llegó la poesía.

dos poesia 3

Luis Yussef pidió atención para leer dos textos dedicados a su madre. Explicó que habían nacido en momentos diferentes y que ambos intentaban recuperar algo de la mujer que había perdido. En uno aparecía una taza de café, sobreviviente de los años y de las ausencias; en el otro, la imagen de su madre cuando era niña y los recuerdos de una infancia atravesada por la pobreza.

No recuerdo en qué verso comenzaron a salírseme las lágrimas.

Hacía mucho tiempo que un poema no conseguía conmoverme de aquella manera. Había escuchado poesía, leído algunos hermosos, admirado imágenes y metáforas extraordinarias, pero aquello fue diferente. Mientras Luis leía, dejé de pensar en la construcción de los versos o en cualquier análisis que pudiera hacer después. Solo podía escuchar.

Tal vez eso sea una de las cosas más difíciles de explicar acerca de la literatura. Podemos estudiar sus recursos, discutir sus valores estéticos, conocer la trayectoria de sus autores y aprender a interpretar sus símbolos.Pero nunca sabremos con certeza cuándo un poema dejará de ser solamente un poema para convertirse en algo profundamente nuestro.

Hacia el final del encuentro, los estudiantes acompañaron una lectura de los versos de Martí. Algunas voces se sumaron a las del panel y aquella mañanabque había comenzado entre distracciones terminó, al menos por unos instantes, alrededor de cultivo una rosa blanca.

No sé cuánto recordarán aquellos muchachos de lo que escucharon. Probablemente algunos olviden pronto los nombres de los escritores, las fechas y las reflexiones sobre los 65 años de la UNEAC. Tampoco sería justo exigirles que encontraran en la literatura las mismas emociones que nosotros. El gusto por el arte no se impone, y mucho menos se aprende por obligación.

Pero sí podemos acercarlo. Podemos poner un libro al alcance de alguien, contarle por qué nos gusta, leerle unos versos o dejar que descubra por sí mismo lo que nosotros encontramos muchos años atrás.

La literatura no siempre consigue llegar a todos, tampoco tiene que hacerlo. Pero aquella mañana encontró a dos muchachos dispuestos a escuchar y consiguió que alguien que llevaba años amándola volviera a emocionarse hasta las lágrimas.

A veces, dos son suficientes.

Isabel Hechavarría Hernández
Author: Isabel Hechavarría Hernández
MÁS ARTÍCULOS DE ESTE AUTOR
Nací para escribir, contar historias y acercarme, palabra a palabra, al corazón del mundo.

Escribir un comentario