Jorge Anazco sostiene, con su guitarra, el mundo

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Jorge Anazcoh1Fotos: Del autor

A Jorge Anazco lo descubrí por ausentarse. Mientras la atención del público se distrae en la voz de Lianet Velázquez, él habita el escenario como una silueta imprescindible, casi traspuesta, sosteniendo una guitarra que no parece un instrumento, sino una extremidad natural, un apéndice de madera por el que respira sin hacer ruido. Jorge parece no estar del todo en la escena. Sus ojos se abren a intervalos distantes como si desde algún universo paralelo dirigiera cada arpegio. No hay en sus manos ni un ademán de soberbia, ni la más mínima urgencia de disputar el suceso. Solo deja caer las notas estrictas, las limpias, las exactas, para que la voz de Lianet florezca.

 

Estoy convencido de que no es solo un acompañante musical. Jorge Anazco pertenece a una estirpe secreta de hombres y mujeres que tejen, en el más absoluto y sabio de los silencios, el cimiento incorpóreo sobre el cual la belleza de otros puede ponerse de pie.

Tenía 12 años y el ímpetu elemental de la infancia cuando pidió una bicicleta. Soñaba con la libertad errante de las tardes en Pedernales, su pueblito natal. Pero el miedo de los padres es a veces el bo-ceto del destino. Temiendo a la caída del hijo sus padres torcieron el rumbo y le entregaron de rega-lo, al terminar el séptimo grado, una guitarra. Poco después la familia se mudó para el reparto Emilio Bárcena, en Holguín, y allí, sin pisar jamás una academia, comenzó su pacto tácito con las cuerdas.

 Jorge Anazco2

“Yo no vengo de la enseñanza artística, vengo de aprender en la calle”, me dice, y en su voz no hay vanidad ni lamento, sino la constatación de quien ha labrado su oficio a golpes de vida, de aprender mirando, de seguir los consejos de otros. La pedagogía y la contabilidad fueron solo paréntesis, re-fugios temporales. Hubo que esperar hasta los 40años para que el destino reclamara lo suyo: en 2013 soltó los balances contables para vivir, definitivamente, para la música.

Pero si en la música Jorge habita la penumbra elegida del acompañante, en su casa es el centro ab-soluto de un universo complejo. La guitarra cede paso al sostén cotidiano de un padre que lleva cinco años al frente de su hogar, solo con sus hijas. Hay una épica silenciosa en sus mañanas: levantarse al alba, buscar la comida, fregar, cocinar, cuidar a la pequeña Gabriela, de 11 años y orientar a Gise-lle, de 18, que repasa los caminos de la danza. Desde la distancia, la mayor, Sadia Lorena, se abre paso en Estados Unidos.

Jorge Anazco y Lianet Velazquez3

Hay un café de por medio. Hablamos de su día a día, el saco de carbón a la semana, del hombre que aun bajo el peso de las obligaciones de la casa encuentra el espacio para sentarse a estudiar las canciones de la próxima peña. Me asegura que su guitarra tiene el temperamento del feeling. Habla de su devoción por Marta Valdés, de la arquitectura donde la música no adorna, sino que dialoga con el alma.

Los acompañantes suelen habitar un anonimato misterioso. La prensa persigue la luz del rostro que canta y muchas veces olvida la mano que construye el cimiento. A Jorge no le desvela la sombra. Se confiesa amante de lo que hace.
Estoy en su peña habitual. Hay poca luz y la gente ha venido desde varios ángulos de la ciudad para entregarse al rito de la música. En el rincón de siempre, Jorge Anazco mueve con delicadeza sus manos, como si en cada gesto descubriera un himno nuevo, como si con ellas estuviera limpiando los abrojos del camino para que la voz de Lianet pase intacta. Lo miro desde la penumbra y lo com-prendo todo: la verdadera victoria de este hombre radica precisamente en esa manera de borrarse. Jorge no necesitaba una bicicleta para ir lejos; le bastaban seis cuerdas y la certeza de que no hace falta disputar el centro del escenario cuando uno ha aprendido, en silencio, a sostener el mundo.


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