Gibara insurgente: memoria de los combates de agosto de 1931

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En agosto de 1931, Cuba vivía uno de los períodos más difíciles de su historia republicana. Gerardo Machado gobernaba el país con mano dura. La represión contra quienes se oponían a su gobierno se había extendido por toda la Isla, mientras la crisis económica golpeaba con fuerza a trabajadores, campesinos y familias enteras.

 El mundo tampoco encontraba sosiego. Dos años después de la caída de la Bolsa de Nueva York, la Gran Depresión había provocado desempleo, pobreza y cierre de industrias en numerosos países. En Europa crecían los gobiernos autoritarios: Mussolini consolidaba el fascismo en Italia y el movimiento nazi avanzaba en Alemania.

Cuba no escapaba a aquel panorama. La caída de los precios del azúcar había reducido los ingresos del país y agravado las dificultades de una población que ya sufría bajos salarios, desempleo y pobreza. Las medidas tomadas por el gobierno para enfrentar la crisis no consiguieron aliviar la situación de las mayorías.

Machado, además, había logrado prolongar su permanencia en el poder mediante la reforma constitucional de 1927 y su reelección en 1928. La oposición política fue perseguida y las organizaciones obreras y estudiantiles enfrentaron una creciente represión.

La prensa de aquellos años reflejaba la gravedad de la situación. En enero de 1927, la revista Carteles advertía: «Donde hay hambre no puede haber gratitud». La frase resumía una realidad que se hacía cada vez más evidente: para buena parte de los cubanos, la vida cotidiana se había convertido en una lucha por sobrevivir.

En ese ambiente se produjo la huelga general del 20 de marzo de 1930, impulsada por la Confederación Nacional de Obreros de Cuba (CNOC) y vinculada a la figura de Rubén Martínez Villena. También los estudiantes asumieron un papel importante en la oposición al gobierno, especialmente a través del Directorio Estudiantil Universitario (DEU).

Una expedición hacia Cuba

Ante la creciente represión, diferentes grupos opositores comenzaron a organizar acciones armadas contra Machado. Algunos de ellos reunían a antiguos combatientes de las guerras de independencia y a sectores de la oposición que buscaban poner fin a la dictadura.

En ese contexto surgió la expedición del buque alemán Ilse Vormauer. El 17 de agosto de 1931, la embarcación llegó inesperadamente al puerto de Gibara procedente de Nueva York. A bordo viajaban 37 expedicionarios dirigidos por Carlos Hevia y Emilio Laurent. También venía a bordo el reconocido periodista Sergio Carbó.

Llevaban armas, municiones y ametralladoras. Su propósito era iniciar desde Cuba una lucha armada contra Machado. El desembarco tomó por sorpresa a las fuerzas del gobierno. La guarnición de Gibara fue reducida rápidamente y, según los relatos de la época, numerosos habitantes de la localidad se incorporaron al movimiento.

Desde las zonas rurales cercanas también llegaron combatientes. Entre ellos estaba el veterano coronel mambí Manuel “Lico” Balán Ramírez, quien reunió a más de doscientos hombres. Durante unas horas, Gibara quedó en manos de los sublevados. Pero la respuesta del gobierno no tardaría.

Gibara bajo el fuego

Machado decidió recuperar la ciudad por la fuerza. Para ello fueron movilizadas tropas del Ejército, la Marina de Guerra y la Aviación Militar.

La situación convirtió a Gibara en escenario de un enfrentamiento excepcional para aquellos años. Por mar, el crucero Patria cerró el acceso a la bahía y comenzó a disparar contra posiciones ocupadas por los rebeldes. Uno de los proyectiles alcanzó al joven gibareño Pedro González Camilo, quien murió durante los combates.

Por tierra, más de 400 soldados avanzaron desde Holguín para cerrar el cerco. Al frente de las tropas estaba el coronel Luis del Rosal.

Desde el aire llegaron también los aviones militares. Las aeronaves bombardearon y ametrallaron las posiciones de los combatientes, mientras en las calles se levantaban barricadas con los medios disponibles.

La población quedó atrapada en medio del fuego cruzado.

Uno de los episodios más recordados ocurrió cuando Emilio Laurent, utilizando un cañón antiaéreo, consiguió alcanzar varios aviones. Entre ellos estaba el aparato pilotado por el capitán Torres Menier, quien tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia cerca de la línea ferroviaria.

Los combatientes también intentaron romper el cerco por tierra. Para ello utilizaron un tren de carga, pero la operación fracasó cuando la máquina descarriló a causa de los obstáculos colocados en las vías, cerca de la entrada de un túnel ferroviario.

Durante dos días, Gibara resistió.

La superioridad de las fuerzas del gobierno terminó imponiéndose. El 19 de agosto, las tropas de Machado recuperaron el control de la ciudad. Después vendría la represión.

Nueve civiles murieron durante aquellos acontecimientos, entre ellos tres niñas, y numerosas personas resultaron heridas. La ciudad quedó marcada por la violencia de aquellos días.

Una ciudad que no olvidó

Los combates de agosto de 1931 quedaron profundamente grabados en la memoria de Gibara.

A la entrada de la ciudad se levanta hoy un monumento dedicado a aquella jornada. Más que recordar solamente una derrota militar, el sitio conserva la memoria de los hombres y mujeres que participaron en aquellos acontecimientos y de una población que vivió directamente uno de los episodios más violentos de la lucha revolucionaria.

Detrás de todo aquello estaba un país que atravesaba una profunda crisis y una sociedad cada vez más inconforme con la permanencia de Machado en el poder.

Una experiencia que dejó enseñanzas

La expedición de Gibara terminó en derrota, pero sus consecuencias fueron más allá del resultado militar.

Uno de los problemas señalados después de los combates fue la falta de un mando único y de una estrategia capaz de mantener la lucha durante más tiempo. Manuel “Lico” Balán había defendido la posibilidad de llevar la resistencia hacia las zonas montañosas y continuar allí la lucha, pero esa alternativa no llegó a desarrollarse.

El episodio también mostró que enfrentarse a la dictadura requería algo más que una acción armada aislada. La participación de trabajadores, campesinos, estudiantes y otros sectores de la población resultaba decisiva para sostener una disputa prolongada.

La dictadura de Machado, sin embargo, continuaría enfrentando una oposición cada vez mayor. Dos años después de los sucesos de Gibara, en agosto de 1933, una huelga general y la creciente presión popular terminarían provocando la caída del régimen.

Por eso, aquella jornada de agosto de 1931 ocupa un lugar particular en la historia cubana.

Gibara fue escenario de una muestra de resistencia. Allí, durante dos días, un grupo de expedicionarios y numerosos habitantes de la ciudad se enfrentaron a fuerzas militares muy superiores.

La historia no siempre se escribe solamente con las victorias. También las derrotas pueden dejar enseñanzas. La de Gibara mostró las dificultades de luchar contra una dictadura fuertemente armada, pero también reveló que el miedo no había conseguido apagar el deseo de cambio que recorría a la sociedad cubana.

Años después vendrían nuevas luchas, nuevos hombres y nuevos escenarios. La caída de aquel gobierno no significó el fin de los problemas de la República, pero la resistencia de aquellos años formó parte del largo proceso de luchas que marcaría la historia de Cuba durante las décadas siguientes.

Referencias bibliográficas

· Abreu Cardet, José. El "Patria" bombardea Gibara. Periódico ¡Ahora!, Holguín, 20 de noviembre de 2020.

· De la Peña Rubio, Nicolás. Gibara: Combates bajo el sol de agosto. Ediciones Holguín, Holguín, 2004.

· Gálvez Aguilera, Milagros. La Marina de Guerra de Cuba (1909-1958). Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.


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