El vapeo no es juego, es un peligro más

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En Holguín, como en muchas ciudades cubanas, el "vapeo" dejó de ser una rareza para convertirse en paisaje. Está en las esquinas, en los parques, en los centros de estudio y, sobre todo, en la noche, donde el humo parece desvanecer los sentidos.

No es un fenómeno aislado ni anecdótico: es la forma más reciente, – y más silenciosa y dañina– de una adicción que cambió de estética, pero no de fondo, que sin dudas, es lo más preocupante debido a que los cigarrillos electrónicos contienen nicotina, con efectos en la salud muy bien demostrados, porque esta sustancia suele afectar el desarrollo del cerebro de los adolescentes y jóvenes.

Aunque no existan cifras oficiales específicas para la provincia, basta con caminar la ciudad para notar el aumento del uso de cigarrillos electrónicos. La edad de inicio en el consumo de nicotina ha descendido en Cuba y, en muchos casos, ya no comienza con el cigarro tradicional, sino directamente con esos dispositivos envueltos en sabores dulces, luces y una narrativa de modernidad. Vapear no se percibe como fumar; se percibe como pertenecer.

Y ahí está una de las claves del problema. El vapeador no es solo un objeto funcional, es un símbolo. En un contexto donde casi todo escasea, tener algo distinto, caro y “que viene de afuera”, importa. Circula por vías informales, se exhibe sin culpa y construye estatus.

El humo no solo se inhala: se muestra y lanza hacia cualquier dirección, se comparte y convierte en gesto. En grupo, el acto se legitima; en silencio, se normaliza.

A ese episodio se suma una percepción peligrosa: la idea de que vapear es menos dañino, casi inofensivo. La ausencia de olor fuerte, la estética “limpia” y la repetición del mito han hecho su trabajo. Sin embargo, la evidencia médica —cubana e internacional— dice otra cosa.

El doctor holguinero Juan Pablo Carballido advierte que, aunque el vapeo elimina la combustión del tabaco, mantiene el núcleo del problema: la nicotina. Sustancias tóxicas, dependencia y efectos respiratorios están ahí, aunque el humo no huela igual. En los cuerpos de guardia, cada vez aparecen más jóvenes con síntomas asociados al uso frecuente de vapeadores. No es aire con sabor. No es juego.

Pero reducir el debate a lo clínico sería quedarse corto. El vapeo no se explica solo desde los pulmones; se explica también desde la simbología. Para José Ernesto Rodríguez Rojas, joven holguinero de 29 años, el vapeo tiene una carga estética y social evidente. Fumar de esta manera proyecta imagen: control, relajación, cierto aire de “saber estar”. El dispositivo eléctrico, más caro y menos accesible, funciona como marcador de poder adquisitivo. En buen cubano: es una forma de "inflar".

Ahí se abre la grieta más preocupante. Cuando una práctica asociada al riesgo se vuelve estética, deja de percibirse como peligrosa. El humo no entra solo por la boca: entra por el deseo de pertenecer, de destacar, de parecer adulto, moderno, exitoso. Y esa narrativa, amplificada por redes sociales y referentes culturales, resulta más persuasiva que cualquier cartel de prevención.

La prohibición oficial de importación y comercialización de cigarrillos electrónicos en Cuba no ha eliminado su presencia; por el contrario, ha abierto un espacio que la economía informal se encarga de ocupar. En ese circuito paralelo circulan dispositivos de vapeo sin control sanitario ni regulación institucional, lo que impide conocer su procedencia, composición real o condiciones de fabricación.

Esta ausencia de supervisión convierte al consumidor en un sujeto vulnerable, expuesto no solo a productos defectuosos, sino también a líquidos adulterados o con concentraciones de nicotina y otras sustancias potencialmente más peligrosas que las declaradas, agravando así un problema de salud pública que opera en la sombra.

Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a advertencias genéricas o discursos alarmistas. Hace falta algo más difícil y más honesto: espacios reales para los jóvenes, donde el centro no sea la adicción ni el consumo como forma de validación. Espacios culturales, deportivos, creativos, donde pertenecer no implique dañarse. Donde la identidad no se construya alrededor de una nube de humo.

Hace falta hablar claro. Sin subestimar, sin infantilizar, sin moralina barata. Nombrar el riesgo, desmontar el mito y aceptar que el vapeo no es solo un problema de salud, sino, también, un síntoma social. Pero, además, la familia tiene su cuota de alta responsabilidad de saber qué hacen sus hijos, qué, cómo y cuándo consumen y más aún de dónde obtienen el dinero para comprar ese “juguetico” del mercado negro, por cierto, nada barato.

Detrás de cada bocanada hay una pregunta que arde y no se dice en voz alta. No es solo qué se fuma, sino por qué. Qué vacío se intenta llenar, qué ansiedad se calma por segundos, qué pertenencia se compra a cambio del cuerpo. Y cuando ya no molesta, cuando deja de incomodar, cuando nadie pregunta nada, es ahí cuando la adicción gana terreno sin resistencia.

Esta es una batalla de todos en la cual la prevención debe, tiene que llegar a tiempo, para que no nos corroan los modelos importados sin filtro o lo que es peor la droga dura. Y así, sin estruendo ni alarma, hay que evitar, a toda costa, que nuestra generación termine sellando su destino en su propio humo.


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