Sin el conocimiento de la historia, no tenemos perspectiva de futuro
- Por Reynaldo Zaldívar
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Hiram Pérez Concepción es una de las memorias vivas más lúcidas de la historiografía en el oriente cubano. Nacido el 12 de septiembre de 1945, este consagrado investigador creció en un hogar donde la escasez de instrucción formal jamás fue barrera para cultivar una honda sensibilidad hacia el pasado y el compromiso patrio. En una conversación íntima, el célebre historiador desentraña los hilos de su infancia en Barajagua, la impronta de una familia enteramente volcada a la Revolución y la gestación de los primeros museos que definieron la identidad de la ciudad de Holguín.
Su familia tiene una trayectoria profundamente ligada a la clandestinidad y la lucha insurreccional. ¿Cómo recuerda aquellos años de la infancia bajo el acoso de la tiranía?
Nuestra familia es, por definición, revolucionaria. Nacimos cuatro hermanos varones y, curiosamente, los cuatro nos dedicamos con el tiempo a la historia. Mi hermano mayor, Hernán Pérez —quien ya falleció—, fue capitán del Ejército Rebelde y jefe de Acción y Sabotaje en la zona de Bayamo bajo las órdenes de Camilo Cienfuegos. Él estuvo estrechamente vinculado al Movimiento 26 de Julio y participó en el reclutamiento del grupo que llevó a cabo el ajusticiamiento del esbirro conocido como «Cobra».
A raíz de ese hecho, la dictadura arremetió contra mi padre. Fueron a registrar nuestra casa en Barajagua buscando a Hernán. Al no encontrarlo, se llevaron a mi papá y lo sometieron a terribles torturas. Estuvo en la lista de los que iban a ser asesinados, pero salvó la vida de milagro debido a una delación bajo tortura de otro implicado, lo que desvió la atención de los verdugos hacia los jóvenes que hoy recordamos solemnemente como los seis mártires holguineros, muertos en el lugar donde hoy se levanta el monumento conocido como Seis Columnas.
Siendo apenas un niño de 12 o 13 años, ¿llegó a involucrarse de alguna manera en ese entramado de resistencia popular?
Totalmente. En el campo, las familias enteras se integraban a la causa; era la única forma en que la Revolución podía triunfar, mediante el apoyo popular. Yo era un muchacho y no tenía real dimensión del peligro al que me exponía. Mi mamá y mis tíos —que eran once hermanos y todos colaboraban— me preparaban un caballo con un cerón. Lo llenaban de medicinas en el fondo, ponían viandas encima para camuflarlo, y yo cruzaba desde Barajagua hasta Puntezuelo para hacer la entrega a los alzados.
Es sorprendente que de un hogar humilde nacieran cuatro intelectuales de la historia. ¿De dónde provino esa vocación?
De la educación de mi padre y el apoyo incondicional de mi madre. Mis padres apenas alcanzaron un cuarto grado de escolaridad formal, pero poseían una cultura inmensa. Mi papá leía la revista Bohemia, era masón, estudiaba la Biblia desde una perspectiva histórica y poseía una sensibilidad exquisita que supo cultivar. Él fue el primero que me sembró el amor por Holguín, hablándome del valor monumental de La Periquera y de Calixto García. Nos demostró que la cultura y la sensibilidad humana van mucho más allá.
En su juventud, usted lideró un movimiento juvenil que transformó el panorama cultural de la provincia. ¿Cómo nació el Grupo García Feria?
En 1966, cuando apenas teníamos 18 o 19 años y éramos estudiantes de bachillerato, fundamos el Grupo Científico de Holguín «García Feria», en honor al padre del destacado intelectual José García Castañeda, «Pepito». Pepito había sido nuestro profesor y se convirtió en nuestro gran asesor y mentor.
Éramos jóvenes apasionados por la espeleología, las ciencias naturales y la arqueología. Llegamos a realizar más de quince excavaciones arqueológicas de gran valor. A la constancia de ese núcleo inicial —del cual hoy quedamos vivos solo cuatro— se le debe la existencia de la red de museos de Holguín.
Curiosamente, el primer museo que fundaron no fue de historia social, sino de ciencias.
Así es. El Museo de Historia Natural fue nuestra primera gran obra. Pepito García Castañeda siempre nos decía una frase que nos marcó: “Para que una ciudad pueda considerarse verdaderamente una ciudad, debe tener, primero que todo, un museo de historia natural”. Le tomamos la palabra, gestionamos los locales con las autoridades del Partido y del Gobierno de la época, que afortunadamente contaban con dirigentes muy sensibles y colaboradores como Gaspar Pérez, Alfonso Quintián y, posteriormente, Miguel Cano Blanco. Cano fue un puntal tremendo; durante su mandato impulsó la restauración integral del edificio de La Periquera, en cuya labor de rescate me involucré directamente desde octubre de 1969.
En los tiempos actuales, donde la inmediatez digital impera, ¿cuál considera que es el papel del historiador de cara al futuro?
Lo veo como algo absolutamente fundamental. Sin el conocimiento de la historia no hay perspectiva de futuro posible, ni se puede consolidar una cultura general integral. Hoy en día, en las redes sociales, se ha puesto de moda una tendencia muy peligrosa: desmantelar la historia, buscarle defectos mezquinos a los héroes o, de plano, inventar relatos falsos. Ese es un mal que va a ir agravándose y con el cual los historiadores del mañana tendrán que lidiar con mucha firmeza.
Las mentiras en las plataformas digitales te las visten de verdades de una forma muy atractiva. Por eso, el investigador contemporáneo tiene que ser una persona consagrada, amante apasionada de su oficio y poseer una sólida preparación para discriminar lo que es un hecho histórico real de lo que es mera manipulación.
Frente a esa oleada de revisionismo digital, ¿guarda la esperanza de que prevalezca el legado histórico real?
Yo tengo la firme convicción de que la verdad, a la larga, siempre se abre camino y termina imponiéndose sobre la realidad, ya sea que tome diez años o un siglo. Pero esa victoria de la verdad no cae del cielo: depende de que nosotros, los historiadores, seamos profundamente persistentes en nuestra labor de divulgación y defensa de nuestra memoria compartida.