Con la mano en el acelerador
- Por Equipo Multimedia
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El matrimonio de Elizabeth Hidalgo y Rafael Domingo Pérez vive un infierno en la vivienda del padre de ella (Carretera a Gibara número 241), donde las aguas albañales de una fosa colectiva desbordada filtran por el piso del cuarto. El aliviadero se llena con facilidad, porque es pequeño, sirve a varias viviendas y hasta las excretas de varios corrales para puercos van a parar allí, por indolencia de algunos de sus usuarios.
Para Emilio, la muerte de su madre fue un golpe brutal. Llevaba varios días respirando con dificultad, y todos sabían que el desenlace era cuestión de tiempo. Sin embargo, esa certeza no menguó el dolor, y la familia se resistía a la despedida. Comenzaba un proceso de duelo, que adquirió matices de indignación cuando Emilio supo que la fábrica de coronas “Los Álamos”, ubicada en los altos de la funeraria del mismo nombre en la ciudad de Holguín, solo podía venderle dos ofrendas para el velatorio.
Allí trabaja, hace 16 años, Ana Elsa Bravo, y confiesa que cuando se ha normado la cantidad de coronas ha pasado momentos muy amargos. “Los familiares nos preguntan por qué no podemos hacerle más de una corona y en la fábrica particular, al frente, sí pueden. Yo le digo que no depende de nosotros. Hay quien lo entiende, pero otros nos maltratan y ofenden. Un día nos mandaron a sembrar boniatos”.