Logística de una muerte anunciada
- Por Lourdes Pichs Rodríguez y Jorge Fernández Pérez
- Publicado en Especiales
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Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro…
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Nadie está preparado para la muerte de un ser querido. Cuando llega la fatal noticia, el corazón casi se paraliza o late con fuerza al pensar que nunca más veremos su sonrisa; sentiremos su abrazo o volveremos a escuchar su voz. ¿Cómo hacer para mantener el mejor recuerdo de quien ya no está y no el desagradable momento de su fallecimiento?
A Nicolás la pérdida de su abuela le sobrevino como un golpe durísimo, el mayor que había sufrido en su mediana vida. No sospechaba que lo peor vendría después. Uno no piensa que la despedida se puede ver tristemente matizada por carencias, pero más por actitudes negligentes o falta de organización previa y de comunicación oportuna y coherente de funcionarios a dolientes.
“Conozco que en varios consejos populares rurales del municipio de Holguín la mayoría de los entierros se hacen en carros particulares, pues la respuesta habitual es que no hay carros fúnebres. El sarcófago es otra historia y muchas veces si no sueltas entre 15 mil y 20 mil pesos te pasas horas y no llega”.
“Eso no es ahora porque pasó un huracán o a raíz del recrudecimiento de bloqueo norteamericano, desde antes ya estaba pasando. Esta demora no solo ha sido con mi abuela, conozco varios casos similares. Después, cuando llegas a la funeraria, te topas con que hay tres cristalitos que se rotan entre los ataúd de los fallecidos”, relata.
Para Patricia, residente en Buenaventura, no fue posible brindarle el último adiós a su tío.
“Cuando la funeraria de aquí llamo a la de Holguín les dijeron que resolvieran mi problema porque no había carro. Se decidió que directo para el cementerio. No pude hacerle ni velorio. Todo el que ama a su familiar sabe lo que estoy sintiendo”.
Carlitos falleció en la casa por la noche en medio de un apagón en los últimos días de enero y el tío -su único familiar cercano- salió en busca del médico y a hacer los trámites precisos para cuando una persona muere en su casa. Regresó en la mañana con la noticia de que no había ataúd para el muerto. Hubo que esperar fabricaran uno y, pasadas las dos de la tarde, fue que apareció el carro y fue necesario enterrarlo directamente.
María también vivió una pesadilla con el fallecimiento de su madre.
“El 26 de octubre murió y no había carro para trasladarla. Nos sugirieron buscar uno o alquilarlo y ya era entierro directo por el estado en el que estaba. Solicitamos cremarla y no estaban dando ese servicio, eso sin contar que el cementerio no tenía disponibilidad”.
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Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay muerte en los huesos,
como un sonido puro…
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La primera pista nos llevó a un sitio con pinta de abandonado. Cualquiera puede pensar que la fábrica de sarcófagos de la capital provincial fue sacada de una película de terror; sin embargo, el auténtico terror se vivió allí tras el paso del huracán Melissa. El río colindante arrastró todo lo que quiso.
Ese lugar y sus trabajadores fueron reubicados en la empresa Médano, bastante lejos de la ciudad, pero el día de nuestra visita estaban trabajando allí, o al menos esperando a que pusieran la corriente, ante la imposibilidad de un transporte para su traslado.
En el medio, se veía un montón de madera con pinta de haber estado almacenada por mucho tiempo, pues la humedad había dejado sus huellas en las tablas. Estaba acabada de llegar y se trataba de almácigo, aclararon enseguida.
“Debería de llegar pino, pero, como no hay de la de Mayarí, trabajamos con lo que tenemos. Normalmente, debemos recibir madera tres veces por semana. Esa que ven ahí la buscamos ayer. Lo que más nos golpea son los recursos y los equipos para trabajar”, explicó Reynaldo Río Escobar, jefe de brigada
“Depende de las tablones que envíen, es la cantidad de ataúdes. Esto que ven aquí da para 40 cajas. Hay diferentes medidas. A la normal le decimos 7/4, esa es la estándar. Llevo aquí 28 años y siempre le hemos dicho así. En caso de las personas que no caben en la habitual, se les hace según sus necesidades”, aclaró.
Luis Castro Góngora, tapicero del lugar, dice que “cuando no hay pino para trabajar estamos obligados a acudir a otras maderas que son más malas. Esta nos la mandaron de Camazán y, como se vira, afecta la estética. La calidad no es la necesaria”.
Precisa que en un día pueden hacer 30 sarcófagos, pues son tres tapiceros y cada uno tiene 10 como norma. Allí trabajan alrededor de 15 personas, de una plantilla que debiera sobrepasar la treintena. Antes, sus salarios apenas rozaban los 2 mil 200 pesos, pero en los últimos meses han adoptado un sistema de estimulación que puede llegar a sextuplicar esa cantidad.
“Bastante nosotros hacemos, aquí no hay condiciones para nada. Los obreros, junto al administrador y el almacenero, hacemos posible el trabajo. Hemos sabido irnos de madrugada para regresar a las seis de la mañana cuando no hay madera y entra de momento. Siempre buscamos alternativas para hacer las cosas”, comentó el carpintero José Alberto Gang Torres.
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Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres
de trenzas muertas…
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En la dirección de la Empresa Provincial de Aseguramiento y Servicio a la Actividad Comunal, que hoy ocupa Amado Caballero Padilla, hay una gran fotografía de Fidel. Precisamente, en el año del centenario de nuestro eterno Comandante en Jefe, urge mantener vigente su legado y, en lugar de jactarse de pensar en el pueblo, pensar como lo hace este, aún en los momentos más difíciles.
“Desde Moa hasta Calixto García, los propios municipios están produciendo sus ¨cajas¨. Con la situación tan terrible luego del huracán Melissa y el aumento de las arbovirosis, la producción ha afrontado varias dificultades y hemos tenido días críticos, fundamentalmente en la cabecera provincial”.
“Nosotros recibimos un parte diario de cada territorio, donde se precisa la disponibilidad de ataúdes y el número de fallecidos para poder mantener una cobertura coherente. Hay que aclarar que el último evento meteorológico derrumbó la fábrica del municipio cabecera, lo que ha hecho todo mucho más difícil”.
“La falta de insumos nos golpea. No contamos con clavos para tapizar y estamos negociando con un trabajador por cuenta propia de Camagüey que nos los provee, pero a altos precios. El tejido viene de Villa Clara, mas solo nos entregaron el correspondiente a enero, por fallos en la importación”.
“La empresa Gran Comercial de La Habana es la que debería proveer del resto de los insumos (puntillas, adornos, cartón, cristal, la tachuela…), pero ya esto no ocurre de esta forma y hemos tenido que buscar alternativas con los particulares, que nos tensan la situación”.
“La madera la recibimos de Mayarí. La establecida para la entrega es clase A, pero en lo que va de año no nos han hecho ninguna. Por eso, hemos buscado alternativas como el almácigo, que está muy lejos de ser la ideal. Alrededor de 15 tablas de almácigo son necesarias para hacer un ataúd. La insatisfacción de la población también es nuestra”.
Al respecto, Silvano Anache Casael, director de la empresa agroforestal Mayarí, explicó que su colectivo tiene los deseos y voluntad de cumplir los compromisos contraídos; sin embargo, con esto solo no se puede, pues afrontan serios problemas objetivos, hace mucho, con la disponibilidad de combustible para entrar al campo, una distancia entre 30 a 50 kilómetros campo adentro.
“Para enfrentar esta tarea requerimos de diesel y gasolina. Es trasladarse hasta el monte, cortar y después aserrar la madera, que tiene como limitante también la falta de electricidad. En 2025 no pudimos totalizar con las cantidades a entregar, que son 68 metros cúbicos mensuales. Diez cajas se llevan como promedio un metro cúbico. Y este año vamos por el mismo camino o peor, pues en enero solo recibimos mil quince litros de combustible para todas las actividades de la empresa y hasta el 7 de febrero no nos habían asignado ni una gota”.
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A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin
hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y
sin dedo…
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“¿Ustedes son periodistas?”, preguntó Rafael Carralero Aguilar. Parecía molesto, un tanto desesperado, y no era para menos.
“Mi familiar se llama Elsa y me dicen que no hay hoyo en el cementerio para enterrar a los muertos. Ya no programan los entierros, todo es de acuerdo con las posibilidades. La fallecida que tengo está botando líquido, pero hay otro caso a la que tuvieron que amarrarle la cara por lo hinchada que está”.
“Hay mucho mal olor y moscas. Tuvimos que poner una toalla debajo de la caja para recoger el líquido. Ella tenía un problema serio en las piernas y en el estómago. La sacamos del hospital pensando que el proceso de entierro sería rápido y aquí no ha venido ningún carro”. Eran las 10 de la mañana y acabábamos de llegar a la funeraria Los Álamos, donde ya no está la pizarra informativa con el nombre de los fallecidos y la hora de entierro.
Flora Pérez Vázquez es la administradora de ese lugar, cuyos aires acondicionados no funcionan y solo cuenta con un baño en uso del cual no es necesario saber su ubicación, los desagradables olores indican el camino. También carece de personal de limpieza: sobre cinco trabajadores descansa toda la carga de las jornadas; a pesar de eso, no dudó en atendernos solícita.
“Esos dos casos tendrán prioridad apenas llegue el primer carro y nos notifiquen que acabaron las exhumaciones en Mayabe. Realmente no sabemos hora estimada, pues ellos no se subordinan a nosotros. Entendemos lo tenso de la situación”, dijo al escuchar la queja. Seguidamente aclaró otras interrogantes, sobre el tortuoso y burocrático proceso a vencer por una persona cuyo familiar fallece en la vivienda.
“Después que el médico da el certificado de defunción, el familiar debe traerlo a la funeraria junto al carné de identidad y entonces procedemos a brindar el servicio. En caso de que quieran velarlo en el domicilio, le mandamos el sarcófago, el cristal y dos banquetas”.
“Si lo harán en la funeraria, lo trasladamos hasta aquí. Todo el servicio es completamente gratuito, salvo la cremación, en la que se paga el ánfora. Los sarcófagos nos los traen de la fábrica y la cantidad varía según la disponibilidad que tengan. Nos hemos visto en la situación de no contar con ninguno, pero se resuelve enseguida”.
“No tenemos cristales suficientes como para dejarlo en la caja de cada fallecido. En existencia tenemos 14 cristales. Aquí hay diez capillas, 11 con la de ceremonia, pero hemos estado en momentos fuertes en los que ha habido fallecidos hasta en los pasillos, como en algunas etapas de la COVID-19 y otros eventos”.
“¿Los aires acondicionados? Funcionan poco. Hace como seis o siete meses que no se les da mantenimiento. El baño que queda está en muy malas condiciones. Aquí entran mucho los deambulantes, que se asentaron en el exterior de la funeraria y han roto varias cosas. Hemos llamado a la policía y al centro de ellos, pero los recogen y al otro día vuelven”.
En ninguna de las cajas cubiertas con la casi transparente tela gris o combinada con tejido blanco están los adornos de los costados y, mucho menos, los tornillos de la tapa.
A la hora del entierro, llega a la capilla una de las empleadas con martillo en manos y clavos entre 2,5 a 3,0 milímetros para apartar el cristal y dejar sellado el sarcófago, pero lo más criticable, presenciamos cómo solicitó a uno de los familiares dar los martillazos que retumban y se sienten, en ese difícil momento, en cada presente.
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Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de
violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra…
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¿Alguna vez pensamos en el lugar de descanso final? Quizá, cuando sentimos la muerte cerca, la idea del camposanto en el que reposaremos nos invada. Tal vez no. ¿Vale la pena dedicar nuestros últimos pensamientos a un cementerio?
En Mayabe descansan varios miles de personas. Al ser un cementerio estatal, todo el que no dispone de un panteón privado debe llevar a su fallecido para ese lugar, que en varias ocasiones ha sido blanco de cuestionamientos y fuertes críticas.
Hoy, su realidad es muy dura. Existen limitaciones con los recursos materiales para construir nuevas capacidades de osarios y de nichos. En el 2024, las limitaciones con el acero y el cemento solo se cumplieron al 75 por ciento del plan de inversiones. En el 2025, apenas al 25 por ciento.
Ahora mismo, no existe el recurso para construir nuevas capacidades en esos espacios. A raíz del incremento de los fallecimientos en los meses más críticos de las arbovirsosis (octubre y noviembre), las 600 capacidades libres se agotaron.
Las exhumaciones deben hacerse a los dos años y un día, pero no todos los familiares acuden. No importa si fueron citados. Entonces, se procede a exhumar los restos de oficio para buscar capacidades para los próximos días. Es decir, que a veces el margen es mínimo. Las exhumaciones comienzan a las 11 de la mañana. Todo esto lo supimos después, en conversación con el máximo responsable de la necrología en Holguín.
Cabe preguntar, ¿por qué no se prioriza esta actividad en el municipio de Holguín, donde hace años vienen afrontándose dificultades con la disponibilidad de capacidades para dar sepultura a los fallecidos? Esta situación es de más atrás a la pandemia de la COVID-19.
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Pero la muerte va también por el mundo
vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba…
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El municipio cabecera tiene en funcionamiento dos carros fúnebres. Estos son una especie de sobrevivientes de un parque automotor obsoleto con más de dos décadas de explotación. De más está decir que, ni por asomo, dan abasto.
Así lo confirmó el director provincial de Servicios Necrológicos Norge Silva Batista, quien precisó que “para garantizar que la demora no sea excesiva se ha dispuesto movilizar carros de la economía para suplir el déficit. En cada municipio se mueve un transporte con el correspondiente apoyo del combustible”.
“En la capital provincial, trabajan tres como promedio. A veces hay menos, y otras más, en dependencia de la cantidad de servicios. Cuando alguien fallece, el servicio se puede brindar luego de que se emite el certificado de defunción por el facultativo de Salud Pública”.
“Después de eso, el familiar debe personarse en la funeraria. Eso lleva un tiempo, que nos lo cargan a nosotros, pero contamos con un registro donde se anota la hora específica en la que se solicitó. A partir de ahí, tenemos hasta dos horas para efectuar el traslado”.
El directivo reconoció que, a pesar de todo el aparataje organizativo, han incurrido en tardanzas excesivas, por razones ajenas a su voluntad. “Holguín traslada los fallecidos de cuatro hospitales, para los municipios y las provincias. Cuando se unen muchos casos así es inevitable las demoras”.
¿Y qué pasa con los entierros? Al respecto, dijo que a cada servicio se le pone una hora establecida, que se coordina con el familiar, aspecto que difiere a lo que conocimos en voz de los dolientes.
“Hay un hábito en la población de no querer velar a los fallecidos. Quieren enterrarlos enseguida y, con los medios limitados que tenemos, el sistema se siente sobrepasado. En medio del dolor de las personas, tratamos de complacerlas, pero no siempre es posible. Un fallecido puede estar hasta 24 horas en la funeraria, sin problemas”.
“Hay casos en los que realmente no aguantan, por diversos motivos, y se le da prioridad, pero todo pasa por el número de equipos con los que contamos y la cantidad de casos en espera. Incluso, movemos carrozas fúnebres para acá de los municipios más cercanos, cuando terminan su trabajo”.
“A nadie se le indica que haga el traslado por sus medios. Carros hay, pero no siempre en el momento en que se necesitan. Por ejemplo, si tenemos 10 fallecidos del hospital, no podemos sacarlos al mismo tiempo. Todo es por horario”.
Sobre lo que pasa en el cementerio de Mayabe también habló el directivo. “La CCS fortalecida Adel Calderón nos terminó seiscientas capacidades de osarios. Con el Fondo Cubano de Bienes Culturales se están ejecutando mil doscientas, lo que nos ampliará la disponibilidad”.
“Para los enterramientos están previstas 60 nuevas capacidades, que son dos bloques, pero el tema del cemento y el acero nos limita. Hasta este minuto (27 de enero) no tenemos confirmado nuestro plan de inversión para el presente año y también es necesario ampliar las capacidades en el resto de los municipios”.
“Siempre le explicamos a los familiares las situaciones que tenemos. Algunos entienden, otro no, pero nosotros comprendemos. Somos seres humanos. Este es un servicio muy sensible y complejo”.
El crematorio y su funcionamiento es tema para otro trabajo, a partir de la irregularidad con que presta servicio a una población ya con una cultura hacia esta manera de dejar el mundo de los vivos.
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La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas
negras
vive tendida, y de repente sopla
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Tal vez, si miramos desde fuera, es factible comprender lo que está pasando. El país está atravesando una situación compleja, agravada aún más desde enero de este año y de la que no escapa ningún sector. Nadie está cruzado de brazos. Se intenta hacer con lo que se tiene, buscar soluciones, viabilizarlas. Pero esto no siempre es suficiente. También se conoce que muy pocos quieren ser sepultureros, trabajar en una funeraria o manejar un carro fúnebre.
¿Cómo explicarle todo esto a alguien que enfrenta el dolor que deja la muerte a su paso? ¿Están obligados a entender de explicaciones y avatares contextuales? Lo cierto es que, a pesar de lo adverso, los servicios necrológicos deben ser vistos con una mirada diferente, debido a su alto componente de sensibilidad. Los que parten a otra dimensión y los que se quedan para llorarlos merecen paz, sosiego y, además, un adiós digno.
*Fragmentos del poema “Solo la muerte” de Pablo Neruda.
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