Yo quería en avión. Pero al final opté por la única opción disponible: los “divinos” Ómnibus Nacionales. Cubana de Aviación estaba llena, como siempre. Directo a La Habana, bueno, eso creía. Atrás quedaba Las Tunas, Camagüey, Ciego de Ávila, Sancti Spíritus, hasta que llegué a Santa Clara. Allí, nada estaba claro, y los santos, al parecer, se escondieron.