Las historias de vida, para comparar, crecer
- Por Calixto González Betancourt
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Momentos de mi primera niñez, antes de 1959, volvieron nuevamente a mi memoria en un reciente coloquio de historiadores, que, entre otros temas, derivó en la importancia que tiene para las nuevas y futuras generaciones las historias de vida de aquella etapa, que precedió al triunfo de la Revolución.
Y muchas de esas vivencias se conocen, se han contado y escrito, pero no lo suficiente para que los jóvenes de hoy y mañana puedan “beber” de aquellas realidades, narradas por experiencias propias. Así podrán comparar mejor, reflexionar y llegar a conclusiones.
Lo que se dice en los libros de textos es importante, para los saberes, porque se explican causas y consecuencias de los hechos, se hacen análisis con aplicaciones pedagógicas y científicas, pero no bastan ni hacen el mismo efecto que oír o leer los testimonios de las personas que sufrieron y vieron tiempos de desigualdades e injusticias.
En el mencionado coloquio pensé: si yo de forma limitada y modestamente podría decir algo de mi vida en la neocolonia que era Cuba, cuánto pueden contar otros que vivieron más tiempo esas décadas, como testigos y/o víctimas.
Yo vi el capitalismo a retazos, pero lo suficiente para que se grabaran en mí ser, de un niño de menos de ocho años, sucesos que la “bruma” del tiempo, de más de 60 abriles, no ha podido destruir.
El mayor tiempo lo pasaba como mis abuelos paternos y varios tíos, en un campo tranquilo, Potrerillo, entonces perteneciente a Gibara. Era una familia pobre, pero con unos terrenos para cultivar y criar animales. Yo era el niño rey, como primer nieto y sobrino.
Pero qué diferente cuando venía, como visita o temporadas, a casa de mis padres y hermana, en Holguín. No olvido la imagen de aquellos niños vecinos, hambrientos, que me arrebataban de mis manos y devoraban en segundos el pan que yo, a escondidas, le sustraía a mi madre, en un hogar también con muchas limitaciones.
Esos infantes residían en una cuartería cercana a mi casa. Con ellos, hembras y varones, yo jugaba. Oscilábamos entre cinco y ocho años de edad. Un día estábamos cerca de la calle; pasó un casquito (soldado del ejército de Fulgencio Batista) y le dio un puntapié a uno de mis amiguitos.
Yo le pregunté al uniformado: “por qué le pegas si él no te ha hecho nada; el soldado vino hacía a mí, pero yo y los demás salimos corriendo. En nuestras mentes infantiles, no entendíamos, aunque sabíamos, que muchos de esos militares eran unos abusadores y les teníamos terror.
Recuerdo de una gran tienda, atestada de todos, yo iba a comprar unos kilos de arroz, azúcar… todas las tiendas estaban llenas, pero había mucha hambre, miseria y enfermedades, por eso me indigno cuando alguien me habla ahora de derechos humanos o de represión, porque un policía reduce a un delincuente o a un vendepatria asalariado, que intenta regresarnos a aquella época de oprobios.
O cuando tratan de confundir y engañar al decir de la bonanza económica de la seudorrepública. Sí, había buena economía para los ricos, explotadores y consorcios extranjeros, mayormente de Estados Unidos.
Tenemos muchas carencias y privaciones por el Bloqueo y nuestras propias insuficiencias. No vivimos en un paraíso y falta mucho por arreglar, pero la salvación está en mirar hacia adelante, perfeccionar nuestra sociedad y que el socialismo próspero no sea una consigna hueca sino un compromiso ineludible.
