Soñar un país y la garantía de su continuidad
- Por Yanela Ruiz González
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Soñar un país ha sido un denominador común fundamental en el paso de una generación a otra, desde las luchas por la independencia de Cuba hasta nuestros días.
Bien lo reflejó Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, en su discurso de clausura del 8vo Congreso del Partido, cuando aludió a figuras representativas de la lucha por la libertad y soberanía de la nación, que con dientes y uñas, como se dice en la jerga popular, contribuyeron al gran logro de la Revolución cubana, con más de seis décadas de existencia activa.
La nómina es amplia, pues muchos son los que con el verbo, la acción, hasta sus propias vidas se dispusieron a la defensa de ese sueño, alcanzado en enero de 1959, momento cumbre que signó otra batalla no menos ardua, como vaticinó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en aquel entonces, en la que resulta imprescindible destacar uno de esos grandes y discretos guerreros que también ha “soñado” y puesto su empeño en la conducción de los destinos de esta Cuba, por la que sacrificó parte de su juventud desde los tiempos en que se luchaba contra una tiranía sangrienta y un gobierno subyugado a intereses imperiales.
El más pequeño de los Castro Ruz, hermano fiel e incondicional, expresión de la Generación del Centenario, que vino en el Yate Granma, sobrevivió al combate en Alegrías de Pío, y en ese momento fue uno de los 12 hombres con que contó la Revolución para hacerse, fundó un Segundo Frente Oriental y por mérito propio ganó el grado de Comandante en la Sierra y años después el de General de Ejército, consolidado como un estratega militar, se le asignó la misión de salvar al Oriente cubano tras el asedio que vivió el Archipiélago luego del triunfo revolucionario.
Tiene en su extensa hoja de vida, no solo el honor de haber llevado por rumbo seguro los intereses de la nación, defendidos en diversos escenarios dentro y fuera de las fronteras, sino haber sido el principal abanderado en el proceso de garantizar el relevo en la continuidad de la obra revolucionaria tras es el traspaso generacional.
Al hombre de precisas palabras, metódico y contundente actuar, tenemos que agradecerle, entre otras cosas, la gran tenacidad y valentía con que asumió el timonel en medio de complejidades económicas y que, como buen discípulo de Fidel, a quien siempre le profirió una admiración inigualable, prosiguió la búsqueda del perfeccionamiento de nuestra sociedad.
Parte de su entrega se visualiza en el protagonismo de profundas y vitales transformaciones, sazonadas con su ética revolucionaria, disciplina militar y responsabilidad, que hereda la nueva generación de dirigentes del país encabezada por Díaz-Canel, a quien le seguirá brindando el apoyo necesario, el consejo oportuno y la visión en el camino a seguir, como buen padre sabio que asesora a sus hijos cuando estos emprenden el vuelo en su proyecto de vida.
Llevo grabada en mi mente la imagen del abrazo a su hermano Fidel en la clausura del 7mo. Congreso de la organización rectora de la sociedad, a la que también le aportó su sapiencia. Ese acto afectivo llevaba impreso el compromiso de materializar la certera preparación de los que tienen ahora a su cargo la conducción de la Cuba diversa y no menos compleja, por la que, mientras viva, dijo, estará listo con el pie en el estribo para defender a la Patria, la Revolución y el Socialismo.
Soñar a Cuba con la garantía de una continuidad histórica, basada en su ejemplo de liderazgo y empuje ante cada tarea, es el legado que se resume en las palabras de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, cuando expresó: “Siempre será un honor estar a tu servicio Patria amada, me honra servirte”.