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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Mié, 16 Ago 2017 - 14:39

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Maestros: Dioses de carne y huesos

Mis maestros han sido dioses para mí y no me abandonan nunca. Cierro los ojos y puedo verlos escribir en la pizarra, desplazar el puntero sobre un mapa o declamar, con el mayor de los talentos, unas rimas de Bécquer.

Algunos llegaban cargados de libros, que aun con especial recelo terminaban prestados en las manos de estudiantes interesados, así descubrí El rojo y el negro, de Stendal, El jardín de los cerezos, de Chejov, Cien años de Soledad, de García Márquez y los dos magníficos tomos de La Guerra de los Diez años.

Otros, los de ciencias, sobre todo, eran energía pura en desplazamiento dentro de las cuatro paredes que formaban el aula. Traían ejercicios complejos para discípulos avezados, menos difíciles para los promedios y hasta libros con curiosidades como: Física Recreativa, Química para todos o El hombre que calculaba, para los “polilla”, siempre adictos a la palabra impresa.

Un mar de años después comprendo que ese amor y respeto se cimientan en el ejemplo personal de cada uno de ellos, su vocación y entrega, la dignidad con la cual asumían la profesión, pero, por encima de todo, en lo aprendido en casa porque los maestros, los pocos que tuvieron desafortunadamente, también fueron dioses para mis padres.

Supe por mis ancestros lo difícil que fue aprender después de una jornada de siembra, chapea o arado, cómo el peor castigo era no dejarlos ir a la aulita rural desvencijada o cuánto les dolía que, después de caminar casi cinco kilómetros bajo el ardiente sol, el maestro no llegara.

Supe, además, de aquel “maestrico flaco” que llegó de San Germán y le mostró a mi abuela la luz de la verdad, así fue como ella leyó por primera vez un periódico, dejó de firmar con una cruz y puso con orgullo sobre el papel: Elba Rosa Infante.

Por todo eso no salgo del asombro cuando una alumna de secundaria me cuenta que su profesora de Historia, casi entre sollozos, recogió los libros y se fue del aula, quizás hasta de la escuela, cuando un padre iracundo la abochornó, de palabra y obra, frente a sus estudiantes.

Más allá de las culpas también hay límites y un maestro merece todo el respeto del mundo aun cuando esté equivocado, para eso existe el dialogo entre los adultos, los encargados de formar y no de deformar a las nuevas generaciones.

Pero aquí la pirámide se invierte totalmente de forma tan lenta y gradual que atemoriza. Resulta que hoy cuando el profesor se queja, señala, advierte, es “el malo de la película o la tiene cogida con el muchacho o la muchacha” y las reuniones de padres se llenan de “madres” que solo levantan los ojos del celular para decir: es que no sé qué hacer con él o ella, como si fuera un problema de otro.

La educación comienza en la cuna y acaba en la tumba decía Martí y tenía toda la razón: los primeros maestros son los padres, y aunque los hijos se parezcan más a su tiempo que a sus progenitores es el deber de los mayores enseñar valores como la humildad, el respeto, la solidaridad y la bondad, esa que abre todas las puertas.

De eso trata lo expresado por ese gran pedagogo que fue José de la Luz y Caballero: educar solo puede aquel que sea un evangelio vivo, y estos dos últimos vocablos traspasan y superan el sentido religioso y devienen certidumbre, verdad, evidencia, realidad, que se articula con el ejemplo de una vida lo más limpia posible.

No podemos querer hijos mejores si no los enseñamos a serlo, no podemos pedirle peras al olmo que sembramos o al marabú pinchoso que dejamos crecer. Detesto a quienes se lamentan de nuevas generaciones que ellos mismos han consentido y mal educado, porque un error de ellos es nuestro también.

Pero también me indignan mucho “los prostitutos y prostitutas” del magisterio, quienes guardan la mejor nota para el mejor postor, el de pequeños y grandes sobornos disfrazados de regalos e incluso favorecen a aquellas alumnas “sobresalientes” con busto generoso y la saya más corta.

Maestro es una palabra inmensa, con ella se designan las personas más importantes del mundo en todos los idiomas, con ella se distingue a los genios, a los líderes, los guías y hasta los más grandes profetas hebreos, del cristianismo o el Islám.

Realmente el respeto y el amor por ellos empieza en los hogares donde los padres cumplan con el deber sagrado de educar, pero pasa también por la dignificación propia de cada profesional de este sector, sus aptitudes y esas ansias inalienables de ser fuente viva de conocimiento y sabiduría. Solo así volverán a ser, para padres, estudiantes y sociedad, dioses de carne y hueso.
 


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