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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Mar, 23 May 2017 - 00:18

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Guerra necesaria y auténtica

Para que el futuro florezca, sus raíces deben estar bien plantadas en el pasado. Lo que fue, siempre ha sido abono para explicar el presente. La nación cubana tiene una de esas raíces en la última gesta independentista del siglo XIX: la Revolución del 95´. Durante 122 años ha sido estudiada y conocida de diversos modos, aunque no siempre hemos sabido asumirla en toda su integralidad histórica.

El 24 de febrero de 1895 comenzó el hecho cultural de mayor complejidad ideológica del siglo XIX cubano. Un domingo de carnaval fue el día escogido para reiniciar la lucha contra el colonialismo español. Más de 20 alzamientos dieron inicio al levantamiento masivo.

De manera común hemos codificado que la Revolución de 1895 fue la superación de los dilemas de la Revolución de 1868; así, hechos como la Asamblea y Constitución de Jimaguayú (septiembre de 1895) se piensan como logros martianos, cuando sus resultados y letra fueron insuficientes para alcanzar el sueño de “con todos y para el bien de todos”.

Si bien el 68 dejó problemas a resolver para la inmediatez patriótica, el 95 generó sus propias dinámicas, que en muy buena medida se hicieron más complejas que las del 68; por ende, la Guerra Necesaria no pudo resolver todos los problemas heredados por la insurrección de Yara. Incluso, sus problemas, asociados a una sociedad mucho más moderna que la de 1868, llegaron al siglo XX formando parte sustancial de los avatares políticos de la República mediatizada (1902-1958).

La Revolución del 95 fue la mayor empresa ideológica y social de los cubanos seguidores de José Martí y conducidos por Gómez y Maceo. Miles de hombres pelearon por la expulsión española. Esta gesta tuvo una vez más el infortunio de que se repitieran errores de la Guerra Grande, como la falta de unidad entre los jefes militares, algo que aprovechó Estados Unidos.

La ausencia de consenso entre los líderes de la campaña posibilitó que el país norteño encontrara una brecha para aniquilar los órganos representativos de la nación cubana. También se sumó la pérdida de líderes político-militares aglutinadores como Antonio Maceo y José Martí, quienes perecieron en el campo de batalla.

Sus ideales dieron paso a una cultura mambisa a través de la oratoria, la música, el teatro, la pintura, el periodismo, la poesía y las diferentes obras de la literatura de campaña. Decir mambí a fines del siglo XIX denotaba una actitud ante la vida, un modo de ser auténticamente cubano. Esa imagen echó raíces para convertirse hasta hoy en un indispensable pasado de la nación cubana.

Ya en pleno siglo XXI, las jóvenes y futuras generaciones han ido construyendo sus propias visiones del independentismo cubano. Es la inevitable lógica de que cada generación hace su relectura de la historia. Es preciso entonces entregar una imagen más humana y multifacética sobre el 24 de febrero de 1895.

Los agudos problemas reproducidos inconscientemente o generados por sus propios hacedores, no nos deben asustar, sino alertarnos. La historia no es una imagen detenida en el tiempo que basta con maquillarla y presentarla en nuevas tecnologías. Es una ciencia en constante redescubrimiento. Su actualización es una necesidad ideológica y cultural que conecta el pasado y el presente. De ese modo a los jóvenes de hoy les continuará preocupando su historia, y dentro de 122 años podrán dialogar con los cubanos del siglo XXII sobre una fecha crucial de la nación, desde la cual el pasado es futuro.

Con información de Nathali Espinosa Castellanos


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