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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Vie, 24 Mar 2017 - 19:13

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Las crueles lecciones de Hiroshima y Nagasaki

nagasaki.jpgComo fantasmas sin pelo, pues se les quemó en la explosión, fantasmas ciegos, que lo último que vieron fue el resplandor nuclear deambularon por horas, semanas y meses los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki. No quedó allí piedra sobre piedra, la catástrofe fue absoluta: no permaneció en pie ni una sola edificación y los árboles fueron arrancados desde la raíz.

Las ondas expansivas de las explosiones hicieron estallar vidrios de ventanas situadas, incluso, a ocho kilómetros .En los muros de algunos edificios, quedaron plasmadas las “sombras” de carbón de las personas que fueron desintegradas repentinamente.

Señoreó el fuego en ambas ciudades, especialmente Hiroshima, que con una población de 350 mil habitantes, perdió instantáneamente a 70 mil y en los siguientes cinco años murieron otras 70 mil más a causa de la radiación.

En Nagasaki, donde había 270 mil habitantes, murieron más de 70 mil antes de que terminara el año y miles más durante los siguientes años. En ambos sitios quienes lograron escapar de las quemaduras, murieron a los veinte o treinta días como consecuencia de los mortales rayos gamma. Generaciones de japoneses debieron soportar malformaciones en sus nacimientos por causa de la radiactividad.

Pero la historia de la bomba atómica no comenzó allí sino en agosto de 1939, cuando el presidente Roosevelt recibió una carta de Albert Einstein, en la que le informaba que la división (fisión) del núcleo del átomo de uranio era posible y liberaría una enorme energía. Habría que hablar entonces de esa terca ingenuidad que exhiben, a veces, los hombres de ciencia.

En 1940 el gobierno norteamericano comenzó el secreto proyecto Manhattan y después de invertir 2 mil millones de dólares en él, la primera prueba de la bomba tuvo lugar con éxito el 16 de julio de 1945 en el desierto cercano a Alamo Gordo, en Nuevo México. En esa fecha empezó la era nuclear y su mal uso, desafortunadamente, aún hoy no se desestima a pesar de Hiroshima y Nagasaki.

Continúan los proyectos secretos, militares y científicos, con sus nombres en clave similares al “Little Boy”, de la bomba de uranio, aquella que a las 8:15 de la mañana, el bombardero B-29, paradójicamente con el alegre nombre de “Enola Gay”, al mando del piloto Paul W. Tibblets, lanzó sobre Hiroshima. O el “Fat Boy” de la bomba de plutonio, con la capacidad de liberar el doble de energía que cayó sobre Nagasaki, lanzada desde el bombardero “Bock’s Car”.

Otra extraña conjetura la aporta el mismo Japón, que conmemora este jueves el Aniversario 70 del ataque atómico sobre dos de sus más importantes ciudades, en medio de las continuas protestas contra el Gobierno nipón por impulsar la reforma militar y la inminente reactivación de centrales nucleares tras el desastre de Fukushima.

Según reseña la agencia EFE en el Parque de la Paz de Hiroshima hubo un minuto de silencio justo a las 08.15 hora local. Siete décadas después, muchas heridas siguen abiertas. "Se hablaba de una bomba especial, pero durante mucho tiempo no se supo que se había utilizado un arma atómica por la censura impuesta bajo el dominio estadounidense tras la guerra", explica Keiko, que fue testigo de una destrucción que nadie acababa de entender.

Ogura, esposa de otro superviviente y madre de tres hijos, trabaja en el Parque de la Paz. "Tras el dolor y la rabia acumulada durante años llegué a la conclusión de que ser superviviente tenía que tener un significado. Y ahora lo tengo claro, se trata de contar al mundo de primera mano lo que pasó y convencer de que es esencial acabar con las armas nucleares".

Destrucción, cáncer, mutaciones genéticas y mortalidad infantil. Por estos días la humanidad recuerda a dónde nos puede llevar el mal uso de energía nuclear. Es una historia sin fecha de caducidad, porque 70 años después de ese crimen de lesa humanidad, no hemos aprendido sus amargas lecciones.


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