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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 23 Oct 2017 - 17:47

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Memorias de La Higuera

 

Fotos: Cortesía del EntrevistadoSoy Guevariano, me dijo y yo ya lo sabía, porque no hay quien se resista a la pasión y al fervor con que el camarógrafo Eddi de la Pera habla del Che. Quizá porque reconoce en él algunos rasgos de su carácter, por eso me pide que no lo entreviste, pero me hago la desentendida y le pregunto por La Higuera y sé que he dado en el blanco.

“La primera vez que llegas a La Higuera, sientes una tristeza tremenda, llegas a trabajar y no puedes evitar que detrás de la cámara corran lágrimas. Llegas hasta la escuelita donde estuvo por última vez y te invade una mezcla de dolor, una sensación extraña… Quizás el clima tan frío, ese silencio en un lugar tan apartado, y te sientes sólo con tus sentimientos, y con todo lo que te enseñaron y has leído de él. Pero tienes que reponerte, tienes que tomar las imágenes, porque viajamos mucho para obtenerlas”

Por esta fecha La Higuera es un lugar místico, personas de países distintos recorren los 60 kilómetros que la separan de Vallegrande para sentir el agotamiento de la escalada agreste, el clima frío y la neblina impertinente con la mochila al hombro, a la manera del Che. Al llegar, todos se mezclan, hablan idiomas diferentes, pero logran comprenderse.

“Allí te puedes encontrar las manifestaciones más increíbles de culto al Che y no hablo de que sea cosa de un día, sino de varios. Cada quién hace un homenaje de acuerdo a su cultura. Un “hippie” te canta un blues, unos brasileños hacen un toque de tambor, los nigerianos invocan a sus dioses yorubas y todos encienden velas como esperando la resurrección”.

 

Eddi no ha hecho la travesía una, ni dos o tres veces sino 12, su trabajo lo ha puesto en Bolivia para eternizar las historias que hoy nos cuenta. Ha recogido con su lente la labor de médicos cubanos que le recuerdan siempre a Guevara por su labor internacionalista. De hecho, él también se identifica, porque este holguinero ha estado en Angola y en tres países de Latinoamérica cumpliendo con su deber.

Pero más que camarógrafo, es un aventurero con olfato de periodista que se cuela entre la gente para descubrir por qué tantos van a arrodillarse ante la piedra enorme de La Higuera.

Entrevista_2.jpg“Es curioso ver a una estudiante de Harvard que junto a sus compañeros ahorró durante dos años para viajar a La Higuera, o a una monja española que dice que el Che es igual a Jesucristo y, a nombre de San Ernesto, le hacen misas en la iglesia de Vallegrande. Es que allí no va solamente el hombre que por convicción es revolucionario o comunista, allí van las personas a rendir tributo a alguien que hizo el bien.”

Gracias a su trabajo pudo conversar con personas que lo conocieron, como Julia la maestra de la escuelita que, poco antes de su muerte, le llevó una sopa de maní a aquel hombre que ella imaginaba gigante y se lo encontró paliducho, famélico, pero que le preguntó con cariño por los niños de la escuela y le corrigió la tilde de la palabra ángulo escrita en la pizarra. También recuerda su encuentro con el comandante Leonardo que luchó en la guerrilla con el Che “no pude dejar de preguntarle si era un hombre duro y malhumorado como dicen de que son los argentinos, pero él me aseguró que era recto, valiente y muy solidario”

En Paraguay encontró a un señor que guardaba celosamente una imagen desgastada del guerrillero, y le contó como él y otros jóvenes revolucionarios de su época, conspiraban contra la dictadura de Stroessner, y aquella foto presidía los encuentros como el impulsor de la rebelión.

Pero no todos conocen quién fue y que hizo el Che. Algunos tienen una historia tergiversada, contada a malos trazos y sin argumentos.

Entrevista_3.jpg“Un día una muchacha argentina se acerca y con mala forma me dice -¡tú no sabes a quien traes en esa polera!, refiriéndose a la imagen del Che en mi pulóver y enseguida arremetió con insultos y yo más molesto que ella tuve que darle una clase de historia y la dejé pensativa y avergonzada.

En otra ocasión en el aeropuerto de Brasil me encontré a un hombre que me dijo que el Che era el mejor rockero del mundo y de eso es mejor ni hablar, porque siempre hay alguien que reescribe las historias mal contadas”.

Eddi siente, como tantos cubanos, que el legado del guerrillero le pertenece, por eso conserva siempre en su mesita de noche una edición del Diario del Che en Bolivia: “hay que leer este libro, para saber qué pasó allí, y conocerlo más, y a quienes lo acompañaron en su lucha, porque junto al Che murieron personas de un valor extraordinario, cada 8 de octubre el Che renace y renace con todos sus compañeros”.

Octubre es un mes gris en La Higuera, la neblina es muy densa y prima un silencio de muerte, aunque la muchedumbre haga ruido con sus cantos y plegarias. La gente no se conoce, pero se saluda y se entiende, los une algo más fuerte que la nacionalidad y la cultura. Por eso Eddi regresa sobre sus pasos y se ve de pie frente a la piedra y la estatua monumental, haciendo el mismo juramento de lealtad.


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