/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Mié, 16 Ago 2017 - 14:27

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Sin utopías irrealizables

Muchos definieron a la Revolución Cubana como una obra heroica, término de la dictadura de Batista y fruto de un proceso iniciado en el siglo XIX con el gesto independentista de Carlos Manuel de Céspedes de darles la libertad a los esclavos y comenzar la lucha contra el régimen colonial español en 1868.

Para los cubanos, tal acontecimiento, aparte de ser un triunfo de las fuerzas de izquierda, constituye la motivación esencial de una mayoría al tener, por primera vez, un gobierno que los representa y, cuyo interés, centraliza, principalmente, en dictar medidas favorecedoras para los más humildes, los olvidados de siempre.

El 1959 trajo un viraje radical, a más de medio siglo de seudorrepública, con poderes nefastos y alejados de la satisfacción del pueblo y el momento exacto de empezar una nueva Cuba, con el dominio del proletariado y el tiempo, cuando, lo humanístico-social adquiría primacía, por primera vez.

Ese preciso año comenzaron beneficios, anteriormente negados, como participación política y dignidad al ser tratado en cualquier situación de la vida.

Cuando “llegó el Comandante y mandó a parar”, La Revolución puso fin, a las inmoralidades públicas, hambre crónica, miseria, incultura, bandidaje, deshonra, mentiras, injusticias y la explotación del hombre por el hombre.

Termina con la vergonzosa sumisión a los intereses extranjeros, con los prejuicios y discriminaciones injustas. Despierta, en los cubanos y las cubanas, los más nobles propósitos de ideales, vergüenza nacional, en sus más extraordinarias virtudes.

A las zonas rurales, de más difíciles accesos, envían a miles de maestros para exterminar el analfabetismo, aparecen hospitales en los lugares más recónditos. Inicia el descenso de la mendicidad, de niños abandonados, sin amparos filiares, descalzos, semidesnudos pidiendo limosnas por las calles, quienes, de inmediato, reciben ofertas de estudios.

Esas son suficientes razones para defender lo entregado a los cubanos hace 59 años, un hecho inédito en el territorio nacional en materia de actuar a favor de los más desposeídos: Salud, educación, deporte, cultura, saberes, que adquirieren otras dimensiones, cuando inicia la simbiosis con lo popular.

La población conoce de derechos y, aunque algunos traten, ahora, de endilgarnos la falta de determinadas libertades en la amplia lista de conquistas alcanzadas, solo con el fanático deseo de criticarnos o minimizarnos, sabemos que la diferencia esencial entre una sociedad socialista, como la nuestra y, una capitalista, radica en la óptica de pensar siempre en el beneficio del pueblo.

Se imagina en un lugar donde reina el capital y la obtención del dinero dictamina cualquier motivación e interés, ¿Hay espacio para meditar en las necesidades populares?.
Difícil concebir a los todos poderosos diseñar el bien público, sin que exista la ganancia de por medio o al imperialista renunciar a las riquezas, para empoderar a los obreros, son como realidades de un mundo al revés, como dice la canción: “esta es la historia de un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos”.

Pero, ya son casi seis décadas y, el fervor revolucionario, cercano al Triunfo, no puede durar eternamente anclado en el glorioso pasado, sino que necesita de un presente motivante, reflexivo, de constante diálogo, de perenne rendición de cuentas de quienes representan al pueblo y llevar a los profesionales, obreros y campesinos a pensar en el porvenir colectivo, antes que en el beneficio individual a ciega.

Hablamos de actualizar nuestro modelo económico-social, es decir, atemperarlo a las condiciones actuales, para vivir holgadamente de nuestro trabajo y darle a la juventud el papel protagónico para la continuación histórica en un proceso complejo, mucho más que cuando dijo Fidel en 1959: “ Tal vez en lo adelante todo va a ser más difícil”, con total vigencia para la contemporaneidad.

Sería un error imperdonable, la no comprensión en esa misión de acondicionar la obra a esta realidad convulsa del significado de soberanía nacional y el cuidado de mantenerla con el más alto patriotismo en cada coterráneo. No ceder en cuestiones de principios es una lección imperecedera, para todos los tiempos.

No podemos pensar en progreso y mirar frontera afuera, porque sería renunciar a la capacidad de los cubanos de desarrollarnos a partir de los empeños de cada quien o, como dijo Fidel, en su último concepto de Revolución: “Emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”.

Eso de pensar en riquezas materiales sin trabajar o construcción del socialismo sin esfuerzos, ni sacrificios son utopías irrealizables, como es un capitalismo pensando en los humildes y para los humildes.


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