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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Vie, 22 Sep 2017 - 16:55

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Sin discapacidad en el alma

 

Foto: Cortesía del entrevistadoSe divierte mucho al contar cuando de pequeño le dieron anís estrellado y hasta perdió el conocimiento, quizás una premonición de que iba a ser un “imán”, aunque no solo para los problemas. Más crecidito, escapaba para la presa y para las fiestas con alguna novia. A pesar de que sus tantos maestros le decían lo mismo: “Tienes que estudiar” y por más que Irma y Rafael, sus padres, intentaron “meterle las letras por la cabeza”, en verdad no le gustaba mucho la escuela. Recuerda avergonzado cómo “le cortaron el agua y la luz” cuando desaprobó duodécimo grado y no tenía interés por carrera alguna. Y es que si bien Felipe Sánchez desde “chiquito” no era un niño modelo, la vida le colocó en situaciones que exigieron más que aprobar un examen o un comportamiento ejemplar: la vida “lo probó”, pero él no permitió que le cortaran las alas a sus sueños.

Era 26 de marzo de 2013, un día normal. Trabajaba en una máquina “devoradora” de piedras. Las cargaba primero y luego arrojaba al “tornado” que las devolvía en polvo. Lo había hecho tantas veces, ¿que podría salir mal? Pero ese día su pierna izquierda estuvo más cerca del borde, resbaló y todo sucedió tan rápido que al reaccionar, entre un “manantial” de sangre, observó cómo las medias y botas de goma que llevaba puestas apenas sujetaban la carne y el hueso molidos desde un poco más abajo de la rodilla, hasta la punta de los dedos del pie.

Sus compañeros de trabajo, paralizados en el instante, aplicaron luego un torniquete y llamaron a una ambulancia que lo trasladó al hospital docente universitario Vladimir Ilich Lenin. Aunque había perdido mucha sangre, estaba consciente. “No sé de dónde saqué valor y le pregunté al doctor Ever por dónde me iban a cortar la pierna...”.

A pesar de la estricta orden: “Díganle suave a mi mamá que estoy en el hospital, pero que estoy bien”, Irma se enteró en la calle y llegó llorando. “Yo traté de ser ecuánime ante el dolor insoportable, mi presión no se alteró y logré entrar bien al salón. Más de cuatro horas duró la operación”, recuerda.

felipeD.JPGY una vez más se comprobó que en los momentos difíciles es cuando acuden las verdaderas amistades. “Nunca imaginé que tanta gente fuera a verme... que me querían. Un día un amigo contó que me visitaron cerca de cien personas. A veces cuando no podían subir se rotaban el pase o me pedían que desde el quinto piso sacara la mano por la persiana y los saludara. Y cuando miraba hacia abajo, allí estaban. Eso me dio mucha fuerza, no tengo cómo agradecerles”.

La primera vez que intentó pararse con muletas fue muy duro. La sensación de la sangre bajando por el cuerpo lo hizo casi desmayarse, pero encontró apoyo en las manos firmes de sus padres.

A los cinco meses usó su primera prótesis. Intentaba asumir un objeto extraño como parte de su propio cuerpo, de su propio ser, en medio de un sentimiento de incomprensión, dolor, y el enorme deseo de tomar al mundo entre las manos y sacudirlo o todo eso junto. Sin dominio de cómo caminar con bastones, la prótesis era su mejor opción.

“Estuve en rehabilitación casi un mes para que me enseñaran a utilizarla y fortalecer los músculos de la pierna, y psicológicamente trataba de no pensar en el accidente y concentrarme en las cosas buenas”.

La prótesis de fibra de vidrio “era dura, fea y me hacía unas peladas insoportables. Parecía imposible adaptarme a ella y pensaba que nunca iba a tener una vida normal, hasta la batía contra el piso”.

Y pasaron semanas y meses hasta que un día llegó un “ángel” llamado Alejandro Vargas Barreto, expresidente de la Aclifim, con la buena voluntad y la invitación a formar parte de un proyecto para el desarrollo deportivo vinculado con la empresa alemana Ottobock, referente internacional en la producción de prótesis y aparatos ortopédicos.

“Inexperto en el deporte, me creí sin posibilidades”, confiesa. Al parecer tenía razón: seleccionaron a otro joven con resultados en el lanzamiento del disco y la jabalina. Desanimado, conversa con su mamá, cuando recibe una llamada. Al teléfono la voz conocida le dice: “Dale, recoge que te vas para La Habana. Imagínate…, era una gran oportunidad, además nunca había ido a La Habana; lo más lejos que conocía era Guantánamo”.

Ya en la capital, el cambio de prótesis fue increíble. La actual, de fibra de carbono y titanio, dura por fuera y blanda por dentro, ya no le hace las molestas peladas y es mucho más liviana. Controlando los movimientos de su pierna y con el entrenamiento adecuado, Felipe convierte al deporte en una nueva razón para vivir.

Cuando se vio encima de un avión, no se lo creía. Desde 2015 participa en diversas competencias en 100 metros y salto largo, como el Abierto Mexicano. En ese momento, y ante cada una de sus logros, cuando un frío le recorre la piel y, desde el podio, observa orgulloso ante todos ondear su Bandera y cantar su Himno, Felipe siente que no se equivoca.

Cuando corre en la pista muy irregular, busca alternativas como remendar los aditamentos del fleje (prótesis que utiliza para las carreras), que es muy costoso, sin contar el efecto de los baches en su pierna. Pero allí está junto a otros atletas discapacitados: en un cuarto en el área del Estadio Mayor General Calixto García que por estos días está en reparación, próximo al alojamiento de “Los Cachorros”.

Así, con mucha determinación y la confianza plena de sus seres queridos, este joven, reconocido como uno de los diez mejores atletas de la provincia, no se imagina sin el deporte, pues da lo máximo todos los días, y más que superar a los demás aspira a superarse a él mismo.

“Poco a poco con el apoyo de mi familia y pensamientos positivos, me di cuenta que en la vida todo el mundo pasa por cosas difíciles, lo que hay es que superarlas”. Confiesa percibir con mayor sensibilidad detalles que antes creía comunes. “A veces las personas sin discapacidad no saben valorar lo que tienen, y malgastan el tiempo rechazando a otros o apartados de quienes necesitan ayuda”. Sabe que a veces brindan más quienes tienen menos.

Con una enorme voluntad, este hombre rehusó en un inicio a asociarse a la Aclifim, porque no se sentía persona discapacitada. En cierta ocasión al interrogar al atleta brasileño que le hizo quedar en segundo puesto sobre cuánto tiempo llevaba de adaptación, este le respondió que seis años, y él solo cinco meses. Por eso, lejos de sentirse aliviado, decidió esforzarse más, y piensa que su mayor logro es levantarse ante situaciones difíciles y ser útil. Entonces, la discapacidad no se mide por cuantas partes del cuerpo se tiene, sino por las aptitudes del alma, y en la de Felipe, sobran.

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