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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Vie, 17 Nov 2017 - 23:56

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Pancho Amat en 1, 2 x tres

Fotos: Carlos RafaelSu padre “batió pa´ jonrón con bases llenas” cuando aceptó como pago por su saco de carbón una vieja guitarra. El niño se iniciaba en las matemáticas. Mas no le costó despejar la variable en un breve cálculo musical y obtener como resultado que el viejo instrumento era un “tres”. A partir de entonces formaron “un binomio tresero perfecto”.

Desde la cuna, o mejor dicho, el corral, Pancho Amat halló “la clave” para iniciar el pentagrama de su vida: “En mi casa se percataron pronto de que me gustaba la música. Mi madre, para colaborar con mi papá en la venta de carbón, me “toreaba” en un corral con un cacharro y una cuchara. Encendía la radio y cada vez que ponían las canciones yo armaba el alboroto. Empezaron a regalarme juguetes relacionados con la música y luego llegó la guitarra convertida en tres.

“Ya en la escuela primaria un día el director llamó a mi padre, porque me llevaron a su oficina. El problema era que pedía permiso en el aula para ir al baño, pero me escapaba para una clase de música. Sin embargo, el director le pide a mi padre que no me castigue, solo que tuviera el incidente en cuenta, porque a mí me gustaba mucho la música. Tanto así que me olvidaba de los amigos de mi edad y me iba para la Casa de Cultura de mi natal Güira de Melena. Disfrutaba aquel entorno de punto cubano, son y rumba. Allí tocaba tumbadora, tres, guitarra y nunca olvidé las lecciones que me transmitieron de forma oral los viejos músicos”.

A pesar de la temprana inclinación por el arte, otro sería el compás que le marcaba el destino: “Al terminar la secundaria quería entrar a la Escuela Nacional de Arte, pero mi papá había tenido un accidente y era insostenible económicamente que yo viajara diariamente a La Habana.

“Me decidí por una carrera pedagógica, pero cometí un error: escogí la licenciatura en Física-Química que eran las asignaturas que más me gustaban. Soñaba con la música, pero creí que ya no sería un instrumentista profesional. Debí estudiar Español e Inglés, más útiles para mí como compositor y para comunicarme con el público anglófono, porque paso tremendo trabajo con mi inglés de cuarta”.

Sin embargo, bien reza el refrán que “la yagua que está pa´ uno…”:

“Cuando hay empeño y un poquito de suerte se llega a la meta. La gran oportunidad de mi vida fue que viniera a Cuba el grupo chileno Quilapayún cuando estaba a punto de graduarme. Su proyecto consistía en crear una agrupación que defendiera la música sudamericana y a su vez le mostrara a ellos cómo hacer la cubana. Me dieron la misión de dirigir el grupo que luego llamaríamos Manguaré.

“Al concluir la universidad la directora del departamento de arte me había designado como su sustituto en el término de dos años. Tendría un salariazo, casa, carro y lo dejé todo por la música”.

A los 23 años, edad en que los músicos de academia están formados, Pancho comenzó a estudiar teoría y solfeo desde cero, carrera que terminaría en “1, 2 por tres”:
“Escogí la guitarra clásica, porque era lo más cercano al tres. Tocaba varios instrumentos, pero Martín Rojas (2), el guitarrista acompañante de Omara Portuondo, me dijo que yo no iba a tocar más tumbadora que Tata Güines ni más guitarra que Leo Brower.

Reconoció mi forma peculiar de tocar el tres y me indicó que ese era mi camino. En aquel entonces era un instrumento olvidado y los jóvenes no se interesaban en él.

“En cinco años tenía vencido los estudios de música y ya hacía arreglos para la orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión y el concurso Adolfo Guzmán. Después de 17 años con Manguaré me fui a trabajar con Adalberto Álvarez y su Son. Con su agrupación estuve 6 años. Por una visita a Cuba del músico español Santiago Auserón a Cuba, se acrecienta mi interés de formar un grupo de pequeño formato en el cual el tres fuera protagonista. Así surgió el Cabildo del Son en la década del ´90”.

A partir de entonces su carrera se desarrolló “a todo tres”, aunque a veces siente el desafío que le impuso su fidelidad al instrumento:

“Cuando un músico se destaca en un instrumento, este le pone una cortina de humo a todo lo demás. Pasaré a la historia como tresero, al igual que lo hizo como pianista Ernesto Lecuona, pero quien fue además un gran compositor. La mayoría de las canciones que toco son de mi autoría y la gente me desconoce como compositor”.

No obstante, agradece la nobleza del tres, a quien considera como la novia que se ha mantenido a su lado toda la vida:

“El tres es el instrumento más democrático del mundo: al final todo el mundo lo toca como le da la gana. Nació para la diversión, para ser tocado por personas que no sabían de música y no para orquesta sinfónica, aunque a mí me gusta mucho vestirlo de largo.

“Por suerte, el tres goza ahora de muy buena salud, pues hay muchos jóvenes tocándolo muy bien, solo que hay que encausarlos. En Holguín hay una experiencia peculiar en la Escuela Vocacional de Arte: el joven profesor Manuel Puentes prepara a sus alumnos en el instrumento. Esa es una excelente manera no solo de preservar la tradición del tres, sino de promocionar la música cubana”.

Estar de paso por el Festival del Son en Mayarí, la tierra de Frank Fernández lo motivó a quitarse su inseparable sombrero ante el pianista:

“Si hoy estoy aquí es por Frank. Él se convirtió en mi maestro fuera del techo académico desde los primeros días de Manguaré cuando debía asesorarnos musicalmente. Le agradezco infinitamente todos los consejos para eliminar mi mal gusto, incluido aquel en que me dijo que mi arreglo para una de las canciones del grupo estaba “picú”, para no decirme que aquello era un churro.

“Frank también me llama todos los años para recordarme que en Mayarí se hace un Festival del Son y quiere que yo asista. Le agradezco la invitación a un evento que potencia la difusión del género. El festival tiene un planteamiento estético y ético que me parece importante que se tenga en cuenta. El evento subraya los valores del son, se destacan sus esencias, saca a la luz sus distintas tendencias y estilos. Muchos hablan de “rescatar” el son y esa es una palabra que no me gusta, porque el son está ahí. Lo que debemos es crear espacios para que fluya y este es uno de esos.

“Sé que se ha tenido que luchar a capa y espada para mantener el festival por las limitaciones económicas, pero uno siempre enciende el fogón de la casa aunque solo tenga arroz y chícharo. Si eso es lo que hay, no podemos apagar el fogón, porque si no perdemos. En la capital murió un evento similar. Por eso considero que mantener un festival desde un municipio es un trabajo a destacar”.

“El rápido de Güira de Melena” es reconocido por ser más bólido que Usaint en el ámbito de las cuerdas, pero improvisar es algo que inventa en un “tres por cuatro”:
“Las musas de la improvisación bajan del camino recorrido, de lo atesorado durante toda la vida. El que improvisa lo hace a partir de conceptos y criterios que ya tiene incorporado. Dónde radica que un día que yo haga una improvisación mejor que otra: en mi estado de ánimo y mi concentración. Si una luz del escenario me molesta, si alguien del público me distrae, improviso sobre la base de lo conocido. Cuando estoy inspirado hago cosas que a veces después no puedo repetir”.

El guajiro de Güira anda por la vida convencido de que “tres” más Pancho Amat es siempre uno: “Se lo debo todo. Tenemos un acuerdo, una complicidad. Si no existiera el tres yo no existiera”.

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