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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Mar, 23 May 2017 - 14:01

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El largo camino del amolador

amolador-01.jpgEn Holguín no quedan más de cinco amoladores de tijeras, un oficio que llegó a Cuba por los españoles, y que Juan Miguel Ochoa intenta conservar.

Se escucha el sonido del chiflo por la calle Fomento y la abuela aún en bata de dormir sale corriendo por las tijeras. Le avisa al “viejo” que está en el baño que se apure y busque el cuchillo grande porque ya está llegando. Este par de abuelos no van a protagonizar un crimen con arma blanca. Juan Miguel Ochoa es un amolador que pasa cada fin de semana y del cual son clientes asiduos. No son muchos los amoladores de tijeras en Holguín, un oficio que nos dejaron los españoles y que anuncia con desaparecer en el tiempo.

Nuestro entrevistado es quizás el más joven del territorio, tiene 49 años y ha llegado a enamorarse del pregón musical, de la rueda de amolar que heredó de su padre y de sus largos recorridos, Juan Miguel porque es un caminante olímpico.

“No sé mucho de la historia real de los amoladores de tijeras. Llegué aquí, por iniciativa propia, fue más bien una herencia. Un cuñado de mi papá le enseñó y él se dedicó siempre a amolar, después llegué yo que tenía alma de atleta, pero poco interés por el estudio y así terminé tomando el trabajo de mi padre y de paso me complazco al caminar por toda la ciudad y más allá.”

amolador-03.jpg¿La máquina de amolar que utiliza también forma parte de esa herencia?

“La que uso actualmente no, esta es de metal y la ensamblé yo mismo, corté las piezas y la diseñé idéntica a la original, que era de madera, y aunque resistente comenzó a deteriorarse, y se rompía a cada rato. Esta es más fuerte, y no me deja a pie en ningún lado, bueno, es una forma de decir porque a pie siempre ando”.

¿Qué habilidades requiere el oficio?

“Como todo lo aprendí empíricamente para mí lo más importante es la precisión, la gente piensa que es fácil, pero un golpe o una mala inclinación al amolar, puede quebrar el instrumento que estés trabajando o echarlo a perder. La práctica dice cómo hacer las cosas, si es una tijera grande se le puede dar mayor velocidad al disco de amolar y si es una herramienta pequeña como un alicate de manicura, una pinza de cejas e incluso las cuchillas de una maquinilla hay que ser cuidadoso, ir despacio y tener buena vista”.

¿Cuáles son tus itinerarios habituales?

“Cada mañana cuando me levanto me hago un plan con el recorrido que voy hacer y me divido por lo repartos de la ciudad y salgo de Alcides Pino, bien temprano para llegar cuando la gente está despertando. ¡Claro!, no voy todos los días al mismo lugar, siempre dejo un par de semanas por medio porque si no voy por gusto. Aunque también soy un poco intermunicipal, voy a Gibara, Velasco, Guardalavaca, Cantón. Hace unos días llegué de Chaparra, monté mi máquina en una guagua a las 4 de la mañana y llegué allá amaneciendo, esperé que la gente se levantara y empecé la jornada, ya me conozco todos los rincones del pueblo”.

Algunas personas piensan que por el propio desarrollo ya no hay mucho trabajo para el amolador.

“¡Qué va!, eso es porque no se han ido conmigo por ahí para que vean que todavía hay muchos cuchillos y tijeras que amolar, además hay muchos instrumentos que necesitan filo. Es más, el desarrollo exige que uno exista porque cada día estos instrumentos que la gente compra salen más malos y para eso estoy yo”.

¿Qué es lo que más le satisface de su trabajo?

“Que la gente me espere y que queden satisfechos. Aunque no somos muchos los que nos dedicamos a este trabajo, tengo clientes fijos que no dejan que nadie más les amuele sus tijeras, cuchillos, los alicaticos de las manicuras y eso me satisface mucho porque quiere decir que lo hago bien”.

¿Qué significa para usted, el instrumento con que se anuncia, esa flauta de pan que llaman chiflo?

“¡Oooh!, sin eso no soy nadie, ese es mi pregón. Qué bueno que usted me dice el nombre porque le juro que yo no sabía cómo se llama esta flautica. Yo no pregono de otro modo que no sea soplando el chiflo (sonríe). Y mire que estoy preocupado porque no he encontrado ninguna para remplazar el que tengo, que está viejo y remendado. Imagínese que lo tengo desde que comencé, hace casi 25 años. Se vendió como un juguete para niños y nunca más he visto alguna. Lo he encargado a varios lugares, incluso en el extranjero, pero nada.

Sin ese sonido no hay amolador, es lo que nos identifica, es la forma de avisar de que estoy llegando, la gente se orienta y sabe que hay un amolador cerca. Hay hasta quienes ya conocen mi silbido y dicen que es distinto al de los demás”.

Juan Miguel, con el clima de Cuba caminar por las calles es toda una osadía, ¿no lo cree?
“Muchacha, el sol pica que parte el lomo y yo trabajo todos los días, por eso siempre salgo amaneciendo y regreso antes del mediodía para mi casa. Aunque no le tengo miedo al sol, me pongo una camisa mangas largas y una gorra. Ya no uso sombrero porque el viento me lo lleva y entonces tengo que correr varias cuadras para rescatarlo. Me gusta caminar, ando varios kilómetros y no me canso. Siempre tengo mucha energía, a veces por las tardes corro en la pista y hago ejercicio, no se explicarlo, pero al final creo que el oficio me vino como anillo al dedo”.

Conocí a Juan Miguel en las calles más céntricas de Holguín y me hizo pensar en esos personajes coloridos, típicos de épocas pasadas y en el largo camino de un oficio que sobrevive. Entonces, no pude evitar comparar la escena con un cuadro colonial, con la Periquera de fondo y el inconfundible sonido del amolador de tijeras amenizando el despertar de la ciudad.
 


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