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Holguín, Jueves, 11 de Marzo de 2010  /  ISSN 1607-6389
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Cabeza fría y corazón caliente
Por Jorge Luis Cruz B. / jcruz@ahora.cu / Jueves, 19 de Noviembre de 2009 09:07

Hace muy poco tiempo, apenas unos 120 años, una revista de 32 páginas y portadas azules nos trazó el camino de cómo debíamos hablarle a los niños cubanos. Su editor principal era un hombre flaco, de mucha instrucción, poco dinero y bigotes muy grandes que gustaba mucho de conversar, y la publicación respondía al inusual nombre de La Edad de Oro.
Cuando en julio de 1899 se editó el primer número de esa revista, Martí, que así se llamaba el periodista nos dejó allí un gran mensaje:
“Para los niños no debemos emplear un lenguaje “ñoño” creyendo que esa pudiera ser la mejor de manera comprensión para ellos, sino despertar su imaginación mediante la palabra, pues su educación empieza con la vida y no se acaba sino con la muerte".
Y a partir de ahí escribió cuentos, poesías, creo fábulas, recreó personajes, y tradujo y adaptó todo cuanto su ideal estético y educativo le permitió hacerlo.
Fueron tan revolucionarios los objetivos y la forma en que se presentó aquella revista, que ahora cuesta un poco de trabajo estar reunidos aquí unos cuantos aprendices de escribanos, como lo somos todos nosotros, debatiendo el tema de si la solución del periodismo para jóvenes lectores estriba en un lenguaje “fresco” o en la comunicación fluida.
Pero como este oficio es, en primerísimo lugar, militancia; un soldado de la palabra como yo jamás podría negarse al encarecido ruego de Karina, nuestra jefa de la comisión científica, mucho menos si este había sido expresado, como es usual en ella, en segunda persona del singular del modo imperativo: ¡entrega tu ponencia y ya!
Por eso ahí les van mis muy voluntarias opiniones:
Siempre digo que Cortázar es la mejor puerta de entrada para los jóvenes, quizás por el lenguaje empleado por él en la todavía demasiado desconocida obra suya: La vuelta al día en 80 mundos, o porque sencillamente una vez que le preguntaron sobre el lenguaje de la literatura para jóvenes, él contestara: “yo sólo escribo, si además de eso los jóvenes me leen, pues brindo por ello”.
Eso dicho por alguien que guardó para sí la capacidad de enganchar al público más joven, y que lo consiguió tanto con los jóvenes de los años 70, como con los de los nueve primeros años del siglo XXI, es siempre un feliz aliciente.
Escribir para los jóvenes, pienso yo, implica sobre todo mucho compromiso en lo referido al respeto por las diferencias intergeneracionales. Para nadie es secreto de que los hijos se parecen mucho más a los tiempos que a sus padres. De nada valen, por tanto, los preceptos dogmáticos vengan de donde vengan, ni las fórmulas a priori, aunque nos lleguen con el cuño y la firma de la metodología pedagógica más actualizada.
Ajeno al discurso para jóvenes debe estar la moraleja por la moraleja que siempre resulta demasiado retórica y obsoleta…
Muchas veces cuando pensamos en alguna sección dedicada a los jóvenes obramos como si nunca hubiésemos experimentado el presuntuoso oficio de haberlo sido. Como si nos hubieran amputado la locura o el obrar sin pensar demasiado. Como si ya no nos gustaran los chistes, reirnos del que pasa o simplemente ser uno mismo.
Si el director nos encomienda escribir algo para los jóvenes empezamos a pensar enseguida en lo que sería “mejor para ellos”, y terminamos recurriendo, en definitiva, a recetas educativas prediseñadas, como si se pudiera enseñar a vivir, o como si a los mayores se nos hubiera legado la legítima facultad de hablar por otros.
De ahí que la idea de una columna como la Esquina en nuestro periódico no haya sido para sus creadores, ni mucho menos para mí que lo único que hago es escribirla, la de censurar; sino el de espolear el criterio sin culpables. Respetarles a todos el derecho natural de discrepar sin entredichos; aplaudir las opiniones en blanco y negro; y, sobretodo, fertilizar los juicios que no permitan concesiones al embuste, y que se libren del teque que nos lleva irremediablemente al convencimiento a toda costa.
Escribir para los jóvenes no se opone tampoco al hecho de tener tranquila nuestra “conciencia de periodistas formadores de conciencia”. Se les forma también sin decirles que su música es mala. Basta con convidarlos a que se sienten en una “esquina” como la nuestra y escuchen otra música diferente, sin etiquetarla a priori de “buena” o “mejor”.
De ahí que las secciones para jóvenes deban de ser espacios sin promesas. Catárticos. Dónde volquemos toda necesidad de ventilar claustrofobias. Ideal para limpiar toda añoranza de conversación íntima, sin adjetivos vacíos, ni palabras “camuflajes”, y donde te sientas tan cómodo como en aquel entrañable barrio donde jugaste de niño, conversaste a diario con amigos, enamoraste por primera vez, reíste hasta que te dolieran las tripas, lloraste por un imposible, o donde trataste por primera vez de arreglar el mundo…
Muchas veces hay quien piensa que escribir para los jóvenes es hablar de lo actual y nos olvidamos en cambio de algo que en sociología nombran “generaciones”. Justo el lugar donde descansan las raíces de los adolescentes y en el que hay lugar para los padres, los abuelos y hasta bisabuelos peninsulares o africanos, cual sea el caso, con diferentes y divergentes puntos de vista ante el amor y el humor, como diferentes y divergentes son también las desavenencias lógicas que se producen en el diario intercambio de la cotidianidad.
Jamás me canso de decir que vivimos en un mundo audiovisual y multimediático en el que nuestros jóvenes están asediados e incitados por influencias comunicativas muy fuertes en las cuales se utilizan todo tipo de tecnologías atractivas ydinámicas, a las cuales muchas veces escapa el libro o el periódico.
No queda más remedio entonces en el periodismo actual que contar historias y entretener, como lo haría un buen filme o una teleserie de aventuras, sin excesos melodramáticos, ni esfuerzos lacrimosos, aún cuando sea una crónica que asuma dentro de la historia el sentido inevitable de la pérdida por la muerte de un familiar o la ausencia de un amigo.
Cada texto debe ser un regalo que se agradece, sobre todo cuando se realiza con la inteligencia y la sensibilidad suficientes para trasmitir el mensaje.
Lamentablemente, hay colegas de más o menos tiempo en esta profesión que siguen asumiendo el lenguaje de la fuente y transformando su discurso desde la mirada de un funcionario público o de un dirigente de alguna organización política o de masas.
Es imposible escribir para jóvenes sin reflejar los temas candentes y polémicos de nuestra sociedad, sin cuestionarnos las áreas de apagones o las zonas de tabú, que todavía tenemos en demasiada cuantía.
No podemos pensar ingenuamente que escribir para los jóvenes es sólo dedicar algunos párrafos a hablar sobre los trabajadores sociales, la municipalización de la enseñanza o los Joven Club de computación.
No es del reflejo de la vida real del joven de lo que estamos hablando. Eso se lo dejo a la recién finalizada novela cubana que intentó dinamizar tanto la realidad que vivimos que dejó tras de su puesta en pantalla un considerable aumento de los problemas cervicales, nervisosos, y encefálicos en la población cubana.
Se trata, como alguien me comentó alguna vez, de olvidarnos de ese espacio que muchas veces pretende dibujar una sociedad inmaculadamente ideal, y no la Cuba contradictoria y bella que ven todos los días los jóvenes en las colas o en el parque oscuro donde hacen el amor apresuradamente, ante la falta de lugares donde darle más confort a su placer.
Soy de los que piensa, queridos colegas, que para escribir para los jóvenes no hay que hablar rega’o, usar los pantalones a la cadera, ni descargar con Baby Lores y el Chacal en una noche de arrebato. Basta con hablar de todos los temas posibles, sin prohibiciones, ni falsas censuras. Pues no podemos olvidar que las autoridades sanitarias no se cansan de aclarar que Fumar daña su Salud, y el tabaco continúa siendo uno de los negocios más lucrativos que existen en este mundo.
Por lo pronto, y como en los periódicos seguirán escribiendo periodistas y no DJ, al menos por el momento. Creo que un buen comienzo al escribir para los jóvenes sería preguntarles a ellos mismos qué es lo que quieren leer en lugar de volvernos locos pensando, sin preguntarles directamente. Si estamos discutiendo sobre cómo hacer un periodismo para ellos, por qué no hacerlo mejor con ellos, digo yo.
De si luego se nos da mejor o peor el intento, son ya individualidades aparte. Hay a quienes se les dan bien los homenajes, y otros que hacen maravillas con las “despedidas de duelo”. A mí me seguirá funcionando un consejo dado por un joven periodista ya entonces jubilado, en el periódico Sierra Maestra, el lugar donde fueron a parar mis primeros garabatos como periodista: “muchacho para escribir hay que tener la cabeza bien fría y el corazón muy caliente”. Aunque a decir verdad sigo sin saber a qué se refería.

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