/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 18 Dic 2017 - 16:33

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Memorias de un diciembre inquietante

lina_derecha.jpgNo era fácil la vida en aquel diciembre de 1956 cuando Nicolás de la Peña Rubio y el fotógrafo Armandito recibieron instrucciones del Director del periódico Norte, a cuya redacción pertenecían, de entrevistar a Lina Ruz, madre de Fidel y Raúl. En esos días se decía que Fidel había muerto y la ocasión no era propicia desde el punto de vista sentimental para hacerle a la familia semejante pedido. Por intermedio de Ramón, el hermano mayor, llegaron hasta Birán, pero inicialmente la negativa de Lina fue categórica. Sólo la perseverancia permitió finalmente a Nicolás realizar su histórico trabajo que 40 años después recrea para los lectores de ¡ahora!

Hubo un silencio que se extendió no sé cuántos segundos, y finalmente apareció en la puerta de la habitación una mujer vestida de negro, con una mantilla también de ese color sobre la cabeza; con un semblante que quería ser duro, pero en el que se notaban las angustiosas horas que estaba viviendo.

lina_y_ramon1.jpgMe puse de pie súbitamente. Aquel atuendo luctuoso le hacía parecer más edad de la que en realidad debía tener. Ella avanzó hacia un balance que está frente a mí y se sentó. Ramón hizo la presentación formal, y cuando ella se percató de la presencia del fotógrafo, dijo tajantemente:
- ¡No quiero que me retrate! ¡Yo no quiero fotos…!
- Despreocúpese –le dije-. Si usted no quiero fotos no las habrá, y si no quiere que se publique nada de lo que conversemos, no se publicará. Se lo prometo.

La entristecida madre no parecía confiar en mis palabras. Cuando la conversación avanzó y le repetí cuál era mi misión, preguntó de nuevo cuánto le cobraría y le repetí mi respuesta anterior: no le cobraría nada. Conversamos durante más de media hora y tomé algunas notas. Otras las llevaba en la mente. Finalmente le dije:
- Ya ve usted. Hemos conversado bastante. Ahora dígame: ¿Me permite publicar esta conversación? No me conteste todavía, pues le voy a leer lo que le he escrito.
Así lo hice y ella estuvo de acuerdo. Entonces me atreví a decirle:
- Bueno, señora: y ya que nos conocemos mejor, ¿usted permitiría que el fotógrafo la retrate? Recuerde que antes le dije que eso lo decidiría usted…

- ¿Y para qué quiere usted un retrato mío…?

- Para publicarlo en el periódico con sus palabras. Eso le daría más fuerza a la información…

- Bueno, está bien –respondió algo inquieta, aunque no parecía muy convencida-. Y agregó: ¡Pero una sola…!

- Lo que usted diga. Y dirigiéndome a Armandito le pedí que la retratara. Él disparó dos o tres veces el flash y ella protestó:

- ¿Por qué tantas…? ¡Le dije que una!

- Es por si la cámara falla –le respondí.

lina_y_ovejos1.jpgNos despedimos. Le dí las gracias y le prometí mandarles varios periódicos con la entrevista publicada, a través de Ramón, y le reiteré que nada tendría que pagar.

De regreso, Ramón me dijo: “Me ganaste la apuesta…¡Todavía no me lo explico!”
Cuando la entrevista salió publicada en el periódico Norte, le llevé a Ramón varios ejemplares para que se los hiciera llegar a Lina.

nicolas_y_ramon1.jpgAsí comenzó una amistad que aún hoy perdura. A partir de entonces fui con frecuencia a Marcané y en varias ocasiones coincidí con la presencia de Lina en casa de Ramón, con quien conversé amistosamente. Tras aquel rostro enérgico había un alma bella y comunicativa.

Merecí su confianza, era muy conversadora, simpática y ocurrente. Me contó algunas anécdotas familiares… De un día que iba de Birán para Marcané en un camión de la colonia con varios trabajadores y al llegar al río éste estaba crecido y el chofer se negaba a cruzarlo. Ella le ordenó que lo hiciera y la corriente volteó el camión y no se ahogaron de milagro… Y cuando en otra ocasión estaba en avanzado estado de gestación, contrariando la observación hecha por su esposo, don Ángel Castro, montó un brioso caballo“para probarlo”, y éste la tiró. Reía a carcajadas como un niño ríe de sus travesuras, al recordar el hecho.

- ¿Sabe a quién tenía dentro de la barriga…? me dijo. ¡A Fidel! ¡Y no lo aborté…! Por eso dije entonces que si aquella criatura se había salvado cuando el caballo me tiró era porque iba a ser algo grande en la vida…! ¡Y mire usted…!

lina_y_fusil1.jpgEn uno de mis viajes a Marcané en los primeros meses de 1958 nos encontramos en casa de Ramón. Alegremente me dijo que había estado en la Comandancia de Las Calabazas. Raúl la había mandado a buscar, y contaba que lo sentó en sus piernas como cuando era niño… Y todo esto lo decía con tal ternura que conmovía.

Esta relación de amistad se mantuvo y se acrecentó, y cuando vine a darme cuenta ya estaba colaborando con Ramón en el Movimiento; cobrando algunos bonos que él había distribuido en Holguín, gestionando en la Casa Santos (Morales Lemus y Aguilera) cables e intercomunicadores para la Comandancia de Raúl y uniformes verde-olivo, y trasladando al entonces Capitán del Ejército Rebelde Abelardo Colomé Ibarra (Furry), tema que tal vez tratemos en otra ocasión, desde Marcané hasta un punto de la carretera de Cueto, entre otras cosas.

En mi larga carrera periodística aquel fue mi trabajo más difícil, y también el más emotivo, dadas las circunstancias especiales de aquellos momento.

Una noche, después de haber transcurrido alrededor de una semana de mi entrevista con Lina, entre los cables llegados a la Redacción de Norte, había uno procedente de México relacionado con familiares de Fidel, y la Dirección del diario tenía interés en ilustrarlos con alguna foto. Recordé que cuando fui a llevar los periódicos a Ramón con la entrevista de Lina, éste me enseñó unas fotos familiares, y entre estas estaba la que necesitaba.

Eran aproximadamente las 11 de la noche y me ofrecí para ir a Marcané con el fin de pedirle a Ramón la referida foto, pues la noticia debía salir al día siguiente. Me autorizaron el viaje y salimos. Íbamos Cuqui Pavón, a mi lado, y detrás Cornelio Batista, así como Noya, el jefe de Circulación del Periódico.

Llegamos a Marcané cerca de las doce y media de la noche o la una de la madrugada. En la casa todos dormían, excepto unos gigantescos perros pastores que la custodiaban y que ante mi presencia ladraban y se movían sin cesar.

Llegué hasta la puerta y llamé, identificándome. Ramón me abrió, y le expliqué el motivo de mi viaje. Mientras él buscaba la foto recordé que en la dirección de Norte existía el convencimiento de que Fidel y Raúl estaban vivos, conclusión a la que habían llegado después de conocer una cadena de hechos coincidentes, objetivos y subjetivos, y yo sabía que la noticia se iba a publicar de un momento a otro. Cuando Ramón me trajo la foto me arriesgué y se la anticipé con el ruego de que le avisara a Lina y demás familiares y guardaran absoluta reserva hasta que la noticia se publicara. Su alegría fue indescriptible.

Partimos hacia Holguín, pero fue tanto el nerviosismo que tomé un camino equivocado y metí el auto dentro de un cañaveral semidestruido por reciente fuego. Muy asustado por las consecuencias que podría traernos aquel extravío involuntario, si éramos sorprendidos por el Ejército a esa hora, logré orientarme, salir del cañaveral y tomar la carretera de regreso a Holguín.

Cuarenta años han transcurrido de estos hechos que hoy relato, y aún los recuerdo con claridad absoluta. Son memorias de un diciembre inquietante, cuando un grupo de jóvenes se decidió a conquistar la libertad de su Patria y dotarla de un régimen social donde imperara la justicia y la razón, sin importarles los sacrificios que tal empeño entrañaban y alentados por esta frase martiana: “Un principio justo en el fondo de una cueva, puede más que un ejército”.

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