/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 23 Oct 2017 - 17:47

DESCARGAR
Edición Impresa

29 de febrero de 1992
Desagradable pero necesario

Fotos: Rafael Nogales Apestoso como pocos, motivo de burlas y discriminación, y rara vez justamente bien valorado, es el útil e insustituible trabajo de un pequeño grupo de hombres que labora en contacto directo con algo que se considera sinónimo de lo último de la sociedad: la mierda.

Estómago a toda prueba y una voluntad más fuertes que la de los corredores de maratón hace falta para desempeñar tal oficio, a pesar de las mejorías introducidas paulatinamente por la técnica.
Me contaban los más viejos en estos menesteres que antes de la construcción del alcantarillado en la ciudad de Holguín, a principios de La década de los años 50, la limpieza de las fosas la realizaban algunos muy necesitados de empleo a manos “limpias” con cubos y un carretón.
Con la transformación que originó en todos los ámbitos el triunfo de la Revolución se produjo un desarrollo acelerado en la construcción de viviendas por medios propios, no siempre dirigida por los requisitos y normas de una urbanización planificada, como existe hoy.

Para muchas familias, la máxima prioridad esteba en adquirir el terreno y los materiales y levantar sus casas en el sitio más conveniente, sin tener en cuenta que más tarde tendrían que enfrentar el serio problema de cómo hacer desaparecer sus propias excretas.

A pesar de los esfuerzos en inversiones y ampliaciones para aliviar la situación, las redes del alcantarillado solo benefician a menos del 40 por ciento de la población de la capital de la provincia.

En consecuencia, la dirección municipal de Servicios Comunales tiene registradas 409 fosas, que corresponden a entidades estatales y 14 mil 48 a particulares, cifra que incluye gran cantidad de letrinas y todas, como es lógico, requieren limpieza periódica.

Para enfrentar la fuerte presión de esa demanda, se dispone de 8 camiones con sistema especial de extracción, de un parque de 12, debido a frecuentes roturas de los equipos, con 10 y hasta 20 años de rigurosa explotación.

Con una tripulación de 3 hombres, cada uno de esos vehículos realiza entre 7 y 8 viajes diarios, con una carga entre 2 mil y 3 mil galones de porquería, que vierten en lugares específicos de las conductoras maestras del alcantarillado.

De esos abnegados trabajadores y de los mecanismos depende la atención a las solicitudes a veces perentoria de los núcleos, porque no se puede vivir con una fosa desbordada en un cuarto o la sala, como las hay, o donde esté.

Según me explicaron, la capacidad de esos depósitos también repercute en el ciclo de su limpieza y hasta en enfrentar casos como el del reparto Villa Nueva, donde de 14 casas conectadas a una fosas se fueron agregando hasta llegar a 120, lo cual obliga a mantener a un carro allí.

La lluvia es otros de los factores que conspira contra la prontitud en brindar el servicio, pues luego de un copioso aguacero, crecen los reportes en las zonas de Comunales de la ciudad, en las que se había recibido más de 2 mil peticiones en pocos días, cantidad prácticamente imposible de atender en menos de dos meses.

Los inspectores priorizan las situaciones más críticas, cuyo número se eleva en un círculo que solo se puede controlar con el plan emergente, que se aplica ahora y la movilización de todas las fuerzas los fines de semana hacia zonas más complejas.

desagradable_pero_necesario1.jpgCON LOS PROTAGONISTAS

A Carlos Hidalgo Quiñones no le molesta en lo absoluto la burla de algunos chistosos que al verlo ante el volante de su cuidado camión gritan que llegó el carro de la peste.
Incorporado a Comunales en 1984 como chofer de recogida de basura, un año después cambió ese vehículo por otro de limpiar fosas, una tarea que ha tomado con tal seriedad que se ha mantenido como Vanguardia Nacional de desde 1989.

“Mi mayor preocupación es eliminar los atrasos y tratar de reducir al mínimo el ciclo, aunque tenga que trabajar 12 y 14 horas diarias.

“Yo sé lo que es tener todas esa cosa regada en una casa. Sin poder apenas ir al baño o fregar, por lo que cuando termina el turno normal muchas veces hago también de ayudante y solo salgo a poner manguera”.

En su empeño mucho le favorece el celo que tiene con su Kamaz de dos años de uso, el único con ese tiempo y 3 mil galones de capacidad, lo cual le permite “barrer” su zona en el reparto Alcides Pino.

“Es mucho lo que sufre el equipo, porque desde que amanece hasta que lo guardo tiene el motor andando y cuando funciona la turbina de vacío la marcha en alta. El más que ir a La Habana en un día”, comentó.

Con 31 años de edad de edad, ese joven no dejó de mencionar en la conversación el apoyo que recibe de su familia y el amor que siente por sus hijos, uno de 8 años y otro con apenas 4 meses.

“Sin la comprensión de mi esposa y de mi madre no podría hacer lo que hago, porque es muy poco el tiempo que estoy con ellos, ni sábados ni domingos”.
En el país, Carlos y otro chofer de Ciego de Ávila son los únicos que ostentan la condición de Vanguardia Nacional en esta actividad.

Él no me lo dijo, pero yo averigüé que, además de los 14 viajes que realiza cada día, es habitual que done parte de sus vacaciones en una faena no siempre popularmente reconocida.

“Hay gente que nos discrima sin saber el sacrificio que hacemos para resolverles su problema, porque sin nosotros muy mal la pasarían. Algunos hasta me dicen que cambie de trabajo, pero yo no les hago caso”, afirmó.

No demoramos más a Carlos. En apenas 10 minutos se había descargado por gravedad en el registro aquella masa semipastosa y medité que realmente la peste era mucha, pero no para burlar, sino para admirar.

Todavía estaba estas ideas, cuando fuimos al encuentro, en el reparto Pueblo Nuevo, de Pedro González Ricardo, un hombre de 56 años de edad, con una forma muy peculiar de hablar.

Son muchas las vivencias que puede contar desde que en 1968 decidió incorporarse como ayudante en una de estos camiones, después de más de tres décadas de labor en campos de caña y vaquerías.

“Al principio le disgustaba que nos dijeran cosas y nos pusieran nombretes, pero ya me da lo mismo que nos digan que llegaron “los comandos del silencio” o lo que sea. Es un trabajo como otro cualquiera y hay que hacerlo de todos mods y yo estoy enamorado de él, como de María, mi mujer”, dijo con desenfado.

“Lo peor de todo son las letrinas, porque a falta mucho líquido, la mierda se pone dura y hay que echarle agua y batirla para que la bomba la pueda sacar, además de que ahí va a parar todo lo que sobra en la casa, lo mismo una botella que una íntima usada. Esas cosas tupen las mangueras y hay que sacarlas con las manos. Da lo mismo que usted se ponga guantes o no.

“Imagínese, si dulcero se embarra de merengue, nosotros…” A pesar de las numerosas ofensas que han recibido por su indispensable oficio, Pedro me contó una anécdota que no ha podido olvidar.

“Una vez fuimos a una casa a limpiar una fosa y como nos vieron pasar tanto trabajo, quisieron tener un gesto con nosotros y al final nos brindaron café. Cuando terminamos de tomarlo, la mujer cogió los vasos y los botó a la basura.

“En muchos lugares nos dejan solos porque no resisten la peste. ¡Qué diremos nosotros, que tenemos que cargar y destupir a la ‘cariñosa’ a cada rato”.

Ante mi interrogante, respondió: “Le decimos ola ‘cariñosa’ al tramo de manguera que está directamente en contacto con la ‘jiña’, esa de todas formas baja al fondo y hay que tratar con ella”.

Vecino de Sao Arriba, desde donde antes de recibir una bicicleta venía a pie para cumplir con su deber, Pedro se siente orgulloso de sus seis hijos, el menor de 18 años.

“A todos los he criado con mi trabajo honrado y ninguno nunca me ha criticado por lo que hago, aunque sea un poco sucio y apestoso y hasta algo arriesgado.

“Una vez explotó una manguera que estaba tupida y el baño de mierda que me dio me llegó hasta los ojos, pero esas son cosas que ocurren, hay que seguir luchando”, afirmó.

Cuando me despedí de Pedro y sus compañeros de tripulación de la Zona Tres, ya de regreso para escribir estas líneas, recordé que le había tendido la mano dos veces y apareció en mi mente la imagen de la “cariñosa”.

No había mierda ni peste en mis manos, solo la sensación del apretón de los dedos de un hombre digno de la más alta estimación social, como todos los que, como él, se dedican limpiar lo que a otros desagrada.

desagradable_pero_necesario3.jpg


AddThis Social Bookmark Button