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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Mar, 17 Ene 2017 - 11:30

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Delfín Prats, el esplendor de la charla

lachy-2.jpgEl poeta estaba extrañamente locuaz, quizás porque lo acompañaba en la mesa un periodista adiestrado también en los oficios de la literatura. Rubén Rodríguez demostró que para conseguir una buena entrevista, no basta con tener en la otra orilla a la persona correcta, hay que saber formular las preguntas precisas.

Rubén remueve la corteza del hombre que es Delfín Prats, levanta (valiéndose de su sentido del humor) las capas que aíslan al poeta, y de pronto sus palabras comienzan a fluir, como las aguas que circulan en uno de sus textos más conocidos.

La sustancia que produce el núcleo de su obra cobró forma definitiva con las lecturas de los grandes poetas rusos románticos, y con los ecos literarios de la Isla que le alcanzaban en esas tierras lejanas. “Hay una huella romántica que atraviesa toda mi poesía, de ahí que algunos la califiquen como amatoria”, nos dice mientras agita las manos libremente sobre su cabeza.

Sin dudas, todas las brújulas parecen magnetizarse con un año: 1968. Su breve cuaderno Lenguaje de mudos, se alzó con el Premio David de la UNEAC, y de ahí en lo adelante vinieron otras entregas que consolidaban a su autor dentro del panorama de la Literatura Cubana, Para festejar el ascenso de Ícaro, y El esplendor y el caos. Libros que son una suerte de raras avis en la bibliografía de Delfín, fueron traídos a la superficie del diálogo por la acuciosa memoria del entrevistador; fue así como Cinco envíos a Arboleda, y Striptease o el eclipse de las almas pasaron a formar parte integrante de la conversación.

El tiempo se había detenido. Entre los asistentes estaban Ronel González, poeta e investigador de la obra de Delfín, y el escritor tunero Carlos Esquivel, miembro del jurado del Premio de la Ciudad en esta XXXIV edición de la Semana de la Cultura Holguinera. La amistad con Reynaldo Arenas, fue otro de los temas que no tardó en aparecer, y Delfín ofreció su valoración sobre la obra de este importante narrador cubano, haciendo énfasis en novelas como El mundo alucinante, Celestino antes del alba, y El palacio de las blanquísimas mofetas. “Era alguien dotado por un extraordinario poder de fabulación”, concluye Delfín y pide permiso para estirar un poco las piernas y aclararse la garganta antes de leer el poema Aguas.

Los dispositivos de grabación que permanecen sobre la mesa están a punto de dejar constancia de un texto que Delfín rara vez lee en público por considerarlo muy extenso, pero hoy, ciertas claves de la filosofía orientalista del poeta parecen alinearse para complacer al público. ¿Son esos movimientos involuntarios ejercicios del budismo? No lo sabremos, aunque ha confesado que le espanta la idea de reencarnar. Su voz llena el espacio, por momentos nos parece que se trata de la sonoridad de las formas rusas, esas que leyó cuando era joven. Termina el poema y nosotros nos quedamos inmóviles, en una extraña orfandad donde solo hay lugar para los aplausos. / Tomado de Baibrama

 


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