Tengo, tengo, tengo…
- Por Luly Legrá Pichs
- Publicado en Opinión
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Uno de mis mayores anhelos es caminar por las calles de mi ciudad sin ser víctima de ningún tipo de acoso. Si ya de por sí el hostigamiento sexual es insoportable, y hay hasta quienes culpabilizan a la mujer por propiciarlo, el realizado por revendedores, también, es igual de insufrible.
Es una especie de acoso “mercantilista” por llamarlo decentemente, y está dirigido a cualquiera, no entiende de género o edad. Quienes lo ejercen son jóvenes, mujeres, ancianos, incluso hombres bien fornidos, que de seguro harían mucha falta en sectores como la construcción y las tareas agrícolas.
Su centro laboral, desde bien temprano en la mañana hasta el último rayo del sol, es frente a tiendas, mercados, casas de cambio, corredores, barrios; tal pareciera que compiten en una eterna emulación por la distinción de Vanguardia: siempre son los mismos rostros, nunca faltan ni llegan tarde a su “lucha”.
En el tramo del bulevar, entre las céntricas calles Martí y Luz Caballero, hay que caminar esquivándolos, pues te venden desde gafas hasta acompañan tu andar proponiendo cambiar dólares americanos, canadienses, euros y cuanta moneda extranjera exista.
En el portal de la tienda La Central, dedicada a la venta de materiales para la construcción, proponen todo lo que está en falta en establecimientos de ese tipo hasta tarjetas para “facilitar” la compra. Nada más acercarse el cliente lo envuelve un enjambre de hombres que casi no dejan traspasar la puerta, y cuando a duras penas consigue entrar al recinto choca con la dura decepción de que lo necesitado, ahí no está.
A la salida, comienza al acecho de nuevo; pero en esa ocasión lo percibo como un chantaje, porque es inconcebible que ellos estén mejor abastecidos que las cadenas a las cuales les surten esos productos directamente.
En ese momento, la paciencia, personalidad, años de estudio y educación luchan fuertemente contra la “marginalidad” del barrio para no darles a esos “chicos tan buenos” la dirección de su madre o mandarlos para el diablo.
Esa misma batalla interna muchos la podrán tener en los mercados de nuestra ciudad, cuando apresurados soñamos con alcanzar una tanquetica o cajita de helado y ya no hay, se acabó. Sin embargo; los revendedores tienen un alma tan “noble” que esperan ahí mismo a la entrada para ofrecértela a 5,00 cuc o 100 pesos, la guardan para ti; solo debes pagar un “pequeño” plus por esa obra de “generosidad”.
El acoso “mercantilista” continúa en nuestros hogares, como una bofetada de recordatorio de que ni ahí estamos a salvo, pues pasan seguido uno tras otro.
Lo irónico, es que a los administradores y colectivos de los recintos no les interesa lo que sucede puertas afuera, aun cuando estos acosadores están en su territorio y dañan la imagen y reputación de esos establecimientos. Cumplir un plan de ventas no es lo más importante, es prestar un servicio integral, en el que el cliente desde su arribo no tenga que lidiar con un continuo hostigamiento hasta encontrar ahí dentro lo que afuera le proponen de forma ilícita.
Es preocupante, que cada día se unen más a ese club, y aún no se ha propiciado un tratamiento consecuente y constante para enfrentarlos; para lograr que podamos caminar y acudir a lugares como esos sin que alguien repita bien cerquita de tu oído: tengo, tengo, tengo…