Florecer a oscuras

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Existe una costumbre bastante extendida: asociar los girasoles con la felicidad, la infancia con la inocencia y los libros ilustrados con lecturas inofensivas. Tres prejuicios por el precio de uno. Basta abrir Girasoles en el armario, de Giselle Lucía Navarro, para descubrir que una niña puede comprender más de lo que los adultos admiten y que la belleza no tiene por qué ser inocente.

¿Por qué comienzo hablando de prejuicios y no de la autora? Porque este poemario, publicado por Ediciones La Luz en 2024, desmiente la apariencia de su cubierta. Uno espera versos amables y termina en una casa habitada por la memoria, las ausencias, la escasez, los mandatos impuestos a las mujeres y el miedo a perder a quienes amamos. Todo contado por una niña que conversa con girasoles. Y que conste: no es un libro infantil, aunque sepa mirar con ojos de niña.

Nacida en Alquízar en 1995, Giselle Lucía Navarro es escritora, artista visual y diseñadora, ganadora de premios como el David, Pinos Nuevos, Edad de Oro y Calendario. Su obra incluye Contrapeso, Criogenia y Un niño perfecto. En el volumen que nos ocupa, esas vocaciones confluyen: las palabras pintan, las imágenes cuentan y la voz lírica sostiene una historia familiar sin renunciar a las libertades del poema. No es poco en un género donde a veces la acumulación de imágenes se confunde con profundidad.

Son 31 composiciones, numeradas como «Pétalos», que pueden leerse independientemente, pero ganan sentido en conjunto. Hay una protagonista reconocible, una casa, un hermano, una madre, unos abuelos, un tío y un padre cuyas botas dicen más que sus palabras. Navarro organiza el libro como quien abre gavetas: cada una guarda un recuerdo del mismo armario. Construye así unidad temática y una suerte de relato de formación en verso libre.

El «Pétalo #1» establece las reglas: «Un armario es un lugar peligroso». Ese mueble deja de servir para guardar ropa. Es refugio, archivo familiar y frontera entre lo que mostramos y lo que ocultamos. La imagen admite lecturas distintas sin agotarse en ninguna. Hay que reconocerle a Navarro el acierto de sostener la contradicción fundamental del libro: los girasoles necesitan luz, pero crecen dentro de un armario.

En el «Pétalo #6», una conversación aparentemente ingenua sobre el color de los girasoles desemboca en algo más incómodo: la obligación de parecerse a los demás. Y en el «Pétalo #8» la niña ofrece plantas, dibujos y versos porque no puede comprar regalos. Esos textos demuestran cómo trabaja Navarro: parte de un gesto pequeño para hablar de asuntos que nos conciernen a todos. A veces la intención se advierte demasiado pronto, como si la moraleja caminara delante del poema; otras, basta una imagen para desarmarnos.

Lo mejor aparece cuando la imaginación no disfraza la realidad, sino que la revela. En el «Pétalo #10», la familia no celebra cumpleaños, pero recoge prendas ajenas y las transforma. La ropa heredada pasa de indicio de carencia a testimonio afectivo. La máquina de coser y las telas hablan de una economía doméstica reconocible, sin que el poema precise explicar cuánto dinero falta. Sugerir en vez de subrayar: he ahí uno de sus hallazgos.

La galería femenina merece detenerse. La abuela del «Pétalo #14» es una «mujer-hormiga» que sostiene la casa sobre sus hombros. Quiere que la nieta estudie y no repita su destino. ¿Cuántas mujeres de nuestras familias se reconocerían en esa escena? La niña la admira, pero no comprende que una vida dedicada a cuidar de otros pueda vivirse como condena. La poesía habla de desigualdad doméstica sin convertir el poema en discurso.

En el «Pétalo #15», las muchachas buenas ya no son las que callan: pueden ser lluvia que acaricia las semillas o arranca árboles de raíz. En el «Pétalo #23», la menstruación aparece entre curiosidad y desconcierto. Se agradece que Navarro aborde el cuerpo femenino sin vergüenza ni escándalo, aunque a ratos el afán de embellecerlo vuelva demasiado decorativa una experiencia que también tiene incomodidad.

Entre los mejores incluiría el «Pétalo #17». Las botas del padre, lustradas y listas para partir, condensan una ausencia y la sospecha de que lastimó a otros. No hacen falta confesiones desgarradas. Bastan unas botas. En el «Pétalo #18», la niña guarda mechones del cabello recién cortado a su abuela, como si pudiera detener el tiempo. Son poemas de objetos concretos y emoción contenida. Por eso dejan huella.

En el «Pétalo #22», la niña pretende distraer a la muerte con canciones para mantenerla lejos de la abuela. En el «Pétalo #24», la enfermedad del abuelo coincide con la falta de medicinas y surgen remedios imaginarios, hechos de abrazos y afecto. No cabe confundirlos con soluciones a la precariedad: la fantasía no reemplaza lo que falta, pero expresa cuanto una niña puede ofrecer ante lo que no controla. Ese contraste salva al texto de la ocurrencia fácil.

Me detengo en los girasoles azules del «Pétalo #26», una de las alegorías más eficaces. Son distintos, los otros no los comprenden y temen salir del armario. La niña enseña que también hay belleza en girar hacia la noche. Es difícil no advertir una reflexión sobre la exclusión y el derecho a la diferencia. Navarro no necesita asignar etiquetas: le basta una pregunta ética. ¿Por qué valdría menos una flor por no parecerse a las otras?

Navarro privilegia la personificación, la metáfora vegetal, las preguntas y los diálogos que acercan el poema al cuento. Repite motivos —puertas, semillas, costuras, relojes— y modifica su función según la escena. Sus invenciones verbales dialogan con las ilustraciones de Chelsy Escalona. La cubierta de Robert Ráez y la diagramación de Isamary Doimeadios contribuyen a que el cuaderno sea también una experiencia visual.

Sería poco serio confundir simpatía con ejecución impecable. A ratos una metáfora sucede a otra hasta enterrar la emoción bajo sus adornos. Algunas reflexiones sobre el amor o el tiempo convencen menos que las escenas que las originan. El libro alcanza mayor altura cuando una bota, una tijera o una blusa sostienen el sentido; pierde precisión cuando pretende iluminarlo todo. No todos los «Pétalos» poseen igual fuerza, pero la unidad sobrevive a esas diferencias. La poesía no está obligada a consolarnos: también puede dejarnos ante lo que no sabemos reparar.

En el «Pétalo #30», el hermano reclama su girasol y la protagonista comprende que el jardín no será suyo para siempre. El poema final deja abiertas las puertas. No hay desenlace argumental, pero sí resolución simbólica: después del miedo y el aprendizaje, algo debe salir a la luz. El orden del volumen responde a una voluntad de sentido, no a una numeración caprichosa.

Es un libro que sabe convertir la intimidad familiar en reflexión colectiva. Quien busque girasoles bonitos encontrará ausencias, mujeres cansadas y criaturas que no quieren ocultarse. Abrir el armario no elimina la oscuridad, pero permite comprobar que ninguna flor tiene por qué pedir permiso para crecer.

Author: Isabel Hechavarría Hernández
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Nací para escribir, contar historias y acercarme, palabra a palabra, al corazón del mundo.

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