Más allá del clóset

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Lo supo a los 14 años y juró que jamás iba a verle. Aquello era más difícil de entender que los trinomios cuadrados perfectos y la simplificación de fracciones algebraicas. Papá había acabado con la familia y de la peor manera.

Supuso que ya no estaría en las fotos de sus 15. Ya ni quería fiesta de quinceañera. Solo quería regresar a las tardes en que juntos se escapaban a algún lugar de comida rápida y servicio lento para cumplir con su estricta dieta de comerse el mundo y ocuparse en las cosas que les hacían felices.

Su mamá nada le contó. Guardaba los secretos en el baúl de los “estoy bien” y “no pasa nada”, aunque la ropa no le ajustara a la figura. Pero la abuela sí dijo que la niña estaba grande ya y tenía derecho a saber de dónde había salido su padre.

“Del clóset”, le soltó la abuela con la rabia y el dolor de una madre a quien le dañan a su hija. La niña no entendió muy bien, ni imaginó lo que vendría después.

Toda la familia desterró a su papá de los retratos y los recuerdos. Nadie hablaba de él. Solo los tíos se atrevían a mencionarlo alguna vez para recriminar sus decisiones, “porque si sabía que era m…, por qué había formado una familia, y había tenido una hija, ¿para hacerlas sufrir?”.

Ni en la escuela tuvo reposo. Cuando se enteraron los muchachos, tuvo que calzar la mirada en los zapatos.

A pesar de todo y de todos, incluso de su juramento, “echaba de menos” a su padre y quería “atraerlo de más”. Multiplicó por cero a quienes se oponían al encuentro con él y, con esa operación matemática tan sencilla, encontró la solución al problema.

Se escaparon de nuevo a aquel lugar de comida rápida en el cual, gracias a su servicio, tuvieron mucho tiempo para conversar. Él se disculpó con su pequeña por la pesadilla en la que le hizo despertar y le explicó las cosas que siempre quiso decirle. Y le pidió que no se molestara ni con su abuela, ni su mamá, ni sus tíos, porque hay que entender que es muy duro para la familia aceptar esta situación, porque todo lo que tenía se acabó y se rompió el arquetipo que tenían de él.

“Desgraciadamente hay muchos prejuicios y, sobre todo, mucha ignorancia. Aún nos formamos en una estructura cultural milenaria y de creencias muy profundas que no pueden modificarse de hoy para mañana”, le dijo. Y como él se toma la vida matemáticamente hablando, con “suma” tranquilidad, la invitó a dejar pasar el tiempo.

Y le enseñó que no hay como respetar y aceptar la diversidad de pensamientos y lo que de verdad nos hace felices como humanos, que fue lo que nunca vivió él con su papá.

Y le demostró que en la vida real también hay finales felices, porque “primero tienes que entender que si no eres libre, no podrás amar libremente. La orientación sexual no está relacionada con mi instinto paterno. Mi capacidad de amarte es exactamente igual. Te quiero sin adverbios de cantidad”.
 
Author: Rosana Rivero Ricardo
Rosana Rivero Ricardo. Periodista 25 horas al día. Amante de las lenguas... extranjeras, por supuesto. Escribo de todo, porque “la cultura no tiene momento fijo
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Comentarios  

# José Luis Cruz Alonso 06-09-2018 16:36
Una manera maravillosa de tratar un tema tan actual y sensible,sobre todo en época de cambios constitucionales y de mentalidad , que son los más difíciles, un llamado a la tolerancia, a la aceptación, a la convivencia pacífica, al respeto a lo diverso,a lo individual, que es lo que nos define como únicos, al crecimiento personal y espiritual...Genial artículo,con un genial mensaje, felicidades.
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