Leer es un placer

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Desde que aprendí a leer a la edad de cuatro años –excluyo las rimas infantiles que me aprendí asociándolas con las imágenes, de modo que parecía que el niño ya sabía leer prematuramente-, nada ha sido lo suficientemente poderoso o adverso como para alejarme de un libro.

He leído en momentos singulares. Recuerdo, por ejemplo, en vísperas de una cirugía, cuando tenía seis años, el inconfundible torrente coloquial martiano de La Edad de Oro, narrando sobre “Un juego nuevo y otros viejos” o “La historia del hombre contada por sus casas”. De esa edición heredada de mi bisabuelo, no olvido el estilo de las imágenes, deudor de la pintura académica con su posado dramatismo, sobre todo en “La Ilíada de Homero”.



Creo que tener acceso a libros poseedores de ciertos estándares estéticos me “echó a perder” para ediciones menos cuidadas, o experimentales, desde el punto de vista gráfico. De pequeño me leían un libraco venido del dibujo animado: Cindy, Yogi y Boo Boo, y también El libro de la selva versionado por Disney. Su línea y el colorido, así como las peripecias narradas, eran ideales para entretener a cualquier niño.

Luego, me sedujeron las ediciones barcelonesas que colmaban los estantes de mi biblioteca escolar, con particular énfasis en lo visual. Especialmente tres libros me sedujeron: Shysh, la pantera brava que se hizo mansa; Suavín, el ratón de palacio y otro, de cuyo nombre no quiero acordarme, que narraba las peripecias de una familia europea en África y cuyas ilustraciones eran espectaculares. ¿O sería mi impresionable ojo infantil quien les otorgaba tan relevancia? No he vuelto a hojear esos libros, ni siquiera lo he intentado, quizá por tomarme en serio la recomendación de no volver a los lugares donde uno fue feliz.

Y estaban los maravillosos libros ilustrados que venían de la Europa socialista, cuentos de hadas y otros modernos en ediciones de gran formato, plenas de gráfica en una diversidad de estilos pictóricos, como El cuento del zar Saltán y El caballito jorobadito, soviéticos, que la Editorial Gente Nueva reeditó para esta Feria del Libro y tienen además la incomparable seducción del cuento en versos, en traducciones de gran calidad.



De los cubanos, las primeras ediciones de El caballito blanco, de Onelio Jorge Cardoso; El cochero azul, de Dora Alonso, y Cuentos de Guane, de Nersys Felipe eran mis favoritos, unidas al pequeño volumen de Matilda, de Edwiges Barroso, que mostraba una pequeña animación de la protagonista cuando se hacían correr sus páginas rápidamente entre los dedos.

No falta un par de libros que, andando el tiempo, logré tener gracias a los buenos oficios de mi amiga Cary Blanco, lamentablemente fallecida y en cuyo negocio de libros de uso uno hallaba auténticas maravillas literarias y no pocas curiosidades bibliográficas. En mi librero están, y son hojeados a menudo, Aventuras de Nadasabe y sus amigos, de Nikolai Nosov, y Rompetacones del español republicano Antoniorrobles, ambos publicados por Gente Nueva. Leerlos ya no es igual, porque he “crecido” pero algunas historias conservan el encanto y la gracia que me impulsaban a reír desaforadamente y hacía a algunos adultos exclamar: “Ese muchacho parece bobo”.



Leí decenas de ejemplares de los “fondos” de las bibliotecas; los libros que me compraban mis padres y mi tía Bella; aquellos prestados por familiares y amigos, como Tico Romero Moncada, mi erudito vecino bibliófilo, que me facilitó Las mil y una noches, el Decamerón, las novelas de Balzac, Galdós, los dos Dumas, Salgari y tantos clásicos de la colección Huracán; los que me regalaron y los que compré yo a lo largo de los años, husmeando sin cesar en los estantes de las librerías, esos cultos bazares que proporcionan el raro placer de la página impresa.

He leído en casa, acostado, mi postura favorita para leer, pero también sentado en las silenciosas bibliotecas durante horas; en las aulas, mientras los maestros explicaban las lecciones; en el transcurso de viajes mientras esperaba o ya montado en un auto, ómnibus, tren, un avión; en las horas muertas de los salones de espera para realizar un trámite, aguardar por un servicio médico o burocrático; durante reuniones extensas y no siempre productivas; en funerales y fiestas y hasta en prácticas militares escolares cuyo entorno favorecía el recogimiento y el disfrute literario; por ejemplo, Crónica de una muerte anunciada me la leí en Purnio, camuflado en un marabuzal.

Y leo asiduamente libros electrónicos durante los eternos apagones. He reincidido con dame Agatha Christie vilipendiada por los amantes de la literatura llamada seria; la saga de la Fundación de Isaac Asimov y la de Dune, de Frank Herbert; las obras de Stephen King, Chuck Palachniuk, Mario Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Borges, Terenci Moix y otros tantos autores reconocidos, pero también he leído muchos títulos, autores y sagas de la llamada “literatura de aeropuerto” cuyas tramas me divierten. Porque la lectura ha sido para mí, primeramente, un acto hedonista, lúdico, placentero, liberador, desde que aprendí a leer.


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