Transformaciones en Cuba, acto de soberanía en tiempos de asedio
- Por Liban Fernando Espinosa Hechavarría
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En el ojo del huracán económico y mediático, Cuba ha vuelto a ejercer su soberanía de la manera más legítima posible: decidiendo por sí misma su futuro. El reciente paquete de 176 transformaciones económicas y sociales no es un guion importado ni una respuesta automática a presiones exteriores. Es, ante todo, la constatación de que un país bloqueado durante más de seis décadas no puede permanecer inalterable si aspira a sobrevivir y desarrollarse. La soberanía, en este contexto, no es un eslogan nostálgico, sino una herramienta viva para adaptarse sin claudicar.
Frente al recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos, especialmente con la activación del Título III de la Ley Helms-Burton, la Isla ha debido buscar oxígeno donde otros solo ven asfixia. Pero lejos de rendirse, el gobierno cubano ha optado por la vía más difícil: transformar desde dentro, con recursos escasos, pero con voluntad política firme. Como afirmó el presidente Miguel Díaz-Canel, estas medidas son "el fruto de una decisión soberana de Cuba", y no responden a exigencias de ningún proceso negociador externo. Esa declaración no es menor: sitúa el debate en el terreno de la autodeterminación, ese principio que la comunidad internacional reconoce pero que pocos ejercen con tanta contundencia.
Las transformaciones abarcan 23 ejes estratégicos, desde la agricultura hasta la digitalización, pasando por el régimen cambiario, los precios mayoristas, el empleo no estatal y la inversión extranjera. Se trata de una reforma estructural profunda, no de un simple remiendo técnico. Lo que se busca es dinamizar la producción interna, estimular la iniciativa local y descentralizar decisiones que durante décadas estuvieron concentradas en el aparato estatal. Pero todo ello sin renunciar al principio socialista de que las conquistas universales —salud, educación, seguridad social— siguen siendo intocables. Ahí radica la originalidad del proceso: no es una copia del Consenso de Washington, ni una imitación de otros modelos poscomunistas. Es una apuesta por un socialismo que se actualiza, no que se desmorona.
Quienes esperaban un giro neoliberal quedarán decepcionados. Quienes auguraban un inmovilismo total también. Cuba ha elegido el camino del medio: más apertura, pero con control; más iniciativa privada, pero con planificación; más flexibilidad, pero con equidad. Esa tensión creativa entre eficiencia y justicia es, precisamente, el sello de la decisión soberana. No se trata de agradar a nadie fuera de las fronteras, sino de resolver problemas concretos de la población: el abastecimiento de alimentos, el transporte, la vivienda y el acceso a bienes y servicios básicos. La soberanía, en este sentido, se vuelve tangible: es poder decidir qué se produce, cómo se distribuye y a quién beneficia.
El proceso ha tenido una amplia consulta popular y parlamentaria. Se debatió en las bases del Partido Comunista, en los sindicatos, en las asambleas municipales y finalmente en la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde obtuvo un respaldo abrumador. Eso no es un mero trámite burocrático: es la demostración de que la decisión no ha sido impuesta, sino cocinada a fuego lento en el crisol del debate colectivo. El propio primer ministro, Manuel Marrero Cruz, subrayó que estas transformaciones "no constituyen una desviación del proyecto socialista, sino su lógica propia de desarrollo". Esa frase encierra una clave de lectura: el socialismo cubano es un proceso en construcción permanente. Y construir en medio de un bloqueo genocida, como califica Naciones Unidas al cerco estadounidense, exige audacia y realismo.
En el plano internacional, Cuba envía un mensaje nítido: no negocia su modelo de desarrollo con nadie, aunque está dispuesta a cooperar y a dialogar. Las transformaciones no son un gesto hacia Washington, ni un anticipo de concesiones en futuras conversaciones bilaterales. Son, ante todo, un asunto doméstico, una decisión de los cubanos para los cubanos. Eso no implica aislamiento, todo lo contrario: una economía más eficiente y abierta puede ser más atractiva para la inversión extranjera y para el comercio con socios diversos.
Queda claro, entonces, que el actual proceso de transformaciones no es un acto de debilidad, sino de fortaleza política. Solo un Estado con arraigo popular puede permitirse modificar su modelo sin que se resquebraje el consenso básico. Solo una dirigencia con legitimidad histórica puede pedir sacrificios adicionales a un pueblo ya cansado de carencias, pero aún dispuesto a dar el voto de confianza. La soberanía, en este punto, se confunde con la capacidad de liderazgo: la de persuadir, explicar y convocar, no la de imponer por decreto. Y ese liderazgo se ha puesto a prueba con un ejercicio inédito de diálogo social que ha incluido a sectores críticos y a actores no estatales. Incluso se han abierto canales para que los pequeños emprendedores y cooperativistas aporten sugerencias y reclamos. Esa pedagogía democrática es tan relevante como las propias medidas económicas.
Por todo ello, afirmar que las transformaciones son una decisión soberana no es un lugar común discursivo. Es una constatación factual: nacen de la necesidad interna, se diseñan con participación, se discuten en foros públicos y se implementan con calendario propio, sin tutelas ni condiciones. Cuba no pide permiso para reformarse, ni espera aplausos de nadie. Simplemente ejerce un derecho que jamás ha cedido: el de trazar su propio camino. En ese camino habrá aciertos y errores, ajustes y rectificaciones, como en cualquier proceso histórico vivo. Pero lo que no habrá es renuncia a la esencia de su proyecto: justicia social, independencia y dignidad nacional.